17 de abril de 2018
17.04.2018
Tribuna

El máster

17.04.2018 | 05:00

Vamos a ver. Hace pocos días recibí un correo de esos que recomiendan "pásalo" con la esperanza de que todos comulguemos con la idiotez que propone. Me parece que era de algún entusiasta del PP y venía a decir que las trampas de Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, eran pecadillos veniales carentes de la más mínima importancia. Travesuras de estudiantes. Y los rojos venga de atacar a la pobre señora por una mentirijilla mientras se dedican a silenciar la corrupción de su gente en donde quiera que gobierne, en Valencia, en Andalucía, qué sé yo (aunque sugiero que, al menos en la Comunidad Valenciana, todos son culpables a derecha e izquierda).

Estas almas corrompidas, indulgentes con las ofensas a la moral, no se enteran de nada. Apuesto a que el del correo no pasó por las aulas universitarias.

Cuando yo era estudiante, hace ya décadas, ay, nuestros padres, las autoridades académicas y la policía política del régimen porra en mano nos decían que el estudiante estaba en la universidad para estudiar y no para dedicarse a desestabilizar la sociedad ni a pensar por su cuenta. ¿Qué era esto de manifestarse, ir a la huelga, desafiar a las autoridades? Tú a lo tuyo. ¡A estudiar para hacerse gente de bien! Para eso lo pagamos de nuestro bolsillo, no para que andéis tirando por la borda nuestros ahorros y vuestros honrados futuros. Hombre hecho y derecho, se decía entonces. Y eso que entonces no llevábamos el pelo largo.

Parece mentira que a estas alturas del siglo XXI no se hayan dado cuenta de que la universidad está no solo para enseñar un oficio o una carrera sino, sobre todo, para dar educación moral. Es en esos años juveniles cuando se forma el carácter y se aprende a tomar decisiones éticamente correctas. Es en esos años cuando se forman las conciencias políticas, las pertenencias ideológicas, la madurez, sí, para aprender a pensar por cuenta propia. Y es en esos años cuando los mayores (no solo los profesores) tienen que fomentar la discusión y el respeto mutuo. Y el culto a la verdad. Los jóvenes aprenden ideas, amores, borracheras: empiezan a andar. La responsabilidad de los maestros es ingente.

Por esta razón, cuando un idiota cualquiera desprecia el nacimiento de ideas y opiniones, de controversias y pelo largo, está haciéndole un flaco favor a la sociedad. Pensar que esta es una cuestión nimia si se la compara con lo corrupto es no comprender nada. Todo lo que enseña a corromper igual que lo ya corrompido está al mismo nivel de depravación.

Este es el problema central de la crisis de Cristina Cifuentes. Si ella (y Pablo Casado, el pillín) ha engañado en relación con sus méritos académicos, es justo que se la prive de ellos (en otros tempos se diría "en la plaza pública"). Pero en este caso, además, es justo que contemple cómo se ha acabado su carrera política puesto que ya no merece representar a nadie: su presencia en un lugar de responsabilidad no tendría la condición moral irreprochable que debería podérsele exigir. Fin de etapa.

Y aquí, aunque es marginal a mi tesis, es donde se complica todo aún más en la Asamblea de Madrid. Unos, el PSOE, quieren plantear una moción de censura para desensillar a Cristina Cifuentes y que luego pueda elegirse a Ángel Gabilondo. Otros, Ciudadanos, pretenden que se cree una comisión de investigación (no parece que haya ya mucho que investigar) que aclare el embrollo; como no va a poder ser, en su defecto, hacerla dimitir y que se escoja a otro del mismo partido. Y finalmente otros, el PP, quieren sustentarla mientras se pueda, que se puede poco. Todo, con tal de que no pueda ocupar la presidencia de la Comunidad madrileña un socialista. Pero comparen: pongamos los méritos de tres sucesivos presidentes conservadores (Esperanza Aguirre, Ignacio González y Cristina Cifuentes) frente a los del candidato de la izquierda, Ángel Gabilondo. Este buen hombre no solo es catedrático de Filosofía (¡de ética!) en la UAM, ha sido rector de ella y presidente de la Conferencia de Rectores españoles, ha escrito una decena de libros sensatos y es uno de los hombres más honrados e inteligentes que conozco, capaz de llevar mesura y capacidad de gestión a ese batiburrillo. La cosa habla por sí sola, Dios nos asista. No veo mucho respeto por la ética. Y, desde luego, ninguno por la estética.

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