17 de mayo de 2018
17.05.2018
Perdidos y encontrados

La espalda y la cara

Insistes en que cuando un país supera los 22.000 euros de renta per cápita ya nadie se va a levantar para arreglar nada

17.05.2018 | 00:06

El sol se acuesta en el asiento de atrás. Molesta su destello en el espejo retrovisor a medida que Málaga se aleja. Cuando empieza todo a ser carretera voy a verte, porque cumples 70 años y hace demasiados que no nos vemos. El coche no es el mismo ni las manos que se aferran al volante lo aprietan con la ilusión de cuando me llamabas para que fuera a Sevilla para emprender la aventura de hacer televisión. Hoy ya no eres aquel Eolo con cuyo soplo y un préstamo avalado con el contrato de la cadena todo el equipo se ponía en marcha. Tú eras nuestra espalda y yo la cara.

Inquieto, me llamas al móvil. Estoy aparcando. Ah. Te hago una broma por el cristal cuando te sorprendo sentado a la mesa, y te levantas. Nos damos un beso en la mejilla, yo te aprieto la cabeza con las manos y tú respondes apretándome por los hombros. Todo muy rápido, tonterías no. Cómo te va nos preguntamos al sentarnos con torpeza simultánea. No me ha dado tiempo a comprarte nada, la comida es mi regalo. Pero chiquillo cómo vas a pagar tú esto. Es lo que hay, no le des más vueltas. Bueno, bueno y ¿hasta qué hora tienes, has quedado con alguien luego? No. Pero ¿has venido sólo para verme? Claro, amigo, claro. Joder, niño, respondes abrumado y molesto.

Guillermo del Toro habló en Málaga de los tres minutos finales que justificaban tomar decisiones antes de cagarla. Me lo ha recordado otro amigo a la vuelta, él sí es feliz. Me da rabia que tú no lo seas. La vida puede parecer una mierda aun teniéndolo todo cuando hay que levantarse a mear cuando uno no quiere. Pero no lo es. Has cotizado al máximo, posees cosas que otros envidian, tienes hijos, nietos, pero aquel brillo que convertía tu mirada en la de un tigre hambriento ya no está. Por eso te sorprende mi ´entusiasmo´, algo que yo no sabía que tenía. No te gusta lo que haces, pero no estás dispuesto a dejarlo. Te sigo preocupando, pero, como entonces, no vas a hacer demasiado para ayudarme. La incongruencia moral de siempre. Estar preso de uno mismo pudiendo abrir la jaula dorada con un dedo y caminar sin ese peso, porque ya no hace falta correr tanto para seguir haciendo camino, al andar, aunque más despacio, hacia esos puñeteros tres minutos.

Intentamos arreglar el mundo un rato, pero insistes en que cuando un país supera los 22.000 euros de renta per cápita ya nadie se va a levantar para arreglar nada. Conoces bien la podredumbre que rezuman las componendas que aquilatan a quienes terminarán jubilándose siendo un fraude, cobrando de todos sin hacer nadas. Mientras, el resto se parte en algunos con mucho y en muchos celebrando 900 euros al mes como si fuera la mayor de las suertes, y de entre ellos en demasiados que no encuentran dónde trabajar para ganarlos. De sobra sabes que los años 80 no se murieron solos. Aquella ilusión se malgastó por quienes tenían la responsabilidad política de invertirla en la mejora de los demás, no en la cultura del pelotazo que decían combatir cuando pedían el voto.

Pero volvemos a hablar de televisión. Quien tanto tuvo mucho retiene. Aunque te vence el sueño a las cuatro de la tarde. Nos levantamos. Quienes nos miran quizá te ven como a un padre que despide a su hijo. Pero sólo somos dos amigos, perdidos en un restaurante, demasiados años después de haberse encontrado.

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