14 de junio de 2018
14.06.2018

Cartas al director

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13.06.2018 | 23:43

COSTA DE SOL-IRADIDAD

La decisión del Gobierno español de hacerse cargo de la deriva inhumana del Aquarius abre el debate de la solidaridad en una Europa que parece ya inmunizada ante esta letal y escandalosa tragedia. Son varias ciudades de nuestro país las que abren sus brazos a la acogida.

Aquí, en la Costa del Sol, fama tenemos de acoger. Eso sí, nuestros brazos se abren en relación a la cantidad de dinero que el acogido traiga consigo. Es conocido ya por todos nuestro grado de servilismo ante una buena cartera. Es hora, la oportunidad está en la puerta, de demostrar que nuestra tierra –tierra andaluza, «sea por Andalucía libre, España y la Humanidad»– también sabe querer sin interés de por medio. Eso quiero creer.

¿Qué creen nuestros alcaldes? Veremos.
Francisco García Castro.
Estepona

EN EL RELLANO DE MI ESCALERA

Inquietantes, como poco, fueron las declaraciones de Josep Borrell en el Objetivo de la Sexta diciendo que la sociedad catalana está al borde de un enfrentamiento civil y mi pregunta es: ¿cómo se ha llegado a esto? Para hacer un breve análisis de la sinrazón que enardece el sectarismo, que no el racismo, me voy a fijar en una sociedad, la ruandesa, que en 1994 experimentó en sus carnes un grave enfrentamiento civil entre sus dos comunidades, Hutus y Tutsis, que los llevó a uno de los peores genocidios del siglo XX, a pesar de pertenecer a la misma etnia, la banyaruanda. El problema fue que durante años se fueron avivando unas diferencias inexistentes, en las que se incluyeron los mismos clichés que ahora se están explotando de forma torticera en Cataluña, discursos de odio basados en alimentar lo que nos diferencia en vez de lo que nos une, un relato histórico plagado de patrañas de ida y vuelta, líderes religiosos convertidos en bomberos pirómanos y sobre todo la impresión de que todo es una cortina de humo que esconde motivaciones hegemónicas en lo económico con actores extranjeros de por medio. Y el gran drama viene cuando un ciudadano cualquiera de un barrio cualquiera de Barcelona, Reus, o cualquier otro punto de Cataluña, le retira la palabra de forma incomprensible e incluso involuntaria, a su vecino del mismo rellano de la escalera con el que lleva conviviendo toda la vida. Queda claro que el discurso cala en el subconsciente y esto quizás es lo más grave.
Francisco Javier España Moscoso.
Málaga

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