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César Jones

Un himno inconducente

"¿'Seamos vitalistas, hagamos lo posible' no sería un lema más saludable que aquel otro utópico y sesentista...?"

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Imagen de una de las concentraciones de protesta del movimiento 15-M.
Imagen de una de las concentraciones de protesta del movimiento 15-M. EFE

CÉSAR JONES ¿Las barricadas del Mayo Francés? No. ¿La Primavera de Praga? Tampoco. ¿Argentina 2001? Un poco. En aquellos años y con epicentro en Buenos Aires la consigna era "que se vayan todos". Buena parte de la población se sentía estafada y traicionada por una dirigencia política de intereses siempre contrapuestos a los de sus representados. ¿Seguro?, ¿siempre? Ahá, comprendo. Por otro lado, nadie acertaba a precisar de qué lejana galaxia arribaba constante esta odiosa legión de líderes y funcionarios de todo orden cuya única meta en la vida, parecía, de pronto, fastidiar la nuestra. Poco importaba en todo caso, mientras varios literalizaban el hoy ya legendario cántico y proponían… el vacío. Que se vayan todos, que no quede ni uno solo, clamaban. La política, los políticos y las instituciones eran el enemigo y debían ser disueltos, negados, ahogados por el rugido de la multitud enardecida. Muy bien, ¿y después? Silenzio stampa.

La respuesta desde el poder a este descontento sin precedentes se tradujo en el alejamiento del entonces presidente –pintoresca vía aérea mediante y con una ayudita de los inefables amigos del peronismo bonaerense, vale acotar–, decenas de muertos tras una represión de virulencia casi surrealista, jefes del ejecutivo que asumían y eran depuestos en cuestión de horas como resultado de siniestros cónclaves con visos de aquelarre y otras maravillas de similar brillo y tenor. Finalmente el hoy estadista iberoamericano Eduardo Duhalde tomó por asalto la Casa Rosada y se quedó un buen tiempo, más o menos hasta que la propia y asesina torpeza de su gobierno lo eyectó sin retorno, obligándolo –de muy mala gana– a adelantar las elecciones generales. Muchos querrían ahora el happy end: y entonces fue que llegó un flaco soñador de Santa Cruz y devolvió a la Argentina a su sendero de gloria restañando las heridas de un pueblo lastimado y descreído que hoy vuelve a sonreír con esperanza. Lo cierto es que el relato encara más por el lado del realismo sucio, qué remedio: los vientos favorables de ciertas variables macroeconómicas internacionales y la apropiación infame de una de las tragedias más dolorosas que ha sufrido este país conformaron el velo perfecto para esta mascarada sin precedentes que algunos han dado en llamar la era K...

Pero volvamos al 15-M, que de eso se trata. Los reclamos son y parecen justos, la indignación lejos está de la gratuidad. Sin embargo, el acampe indefinido y las consignas vaporosas entonan un himno inconducente. Inconducente e inquietantemente evocador de aquellos slogans criollos aullados hasta el paroxismo a principios de la década pasada por estas tierras. Cambiar lo que sea que nos afecta en tanto sociedades o grupos sociales implica el involucramiento político, no su rechazo visceral –que no es más que un cándido disparo con ametralladoras de margaritas y miras flagrantemente desviadas-, y quizás allí radique el pronóstico menos alentador para este impresionante desfogue masivo. Mientras los indignados sigan ocupados estándolo y no logren decodificar qué es lo que desean modificar, concretamente y punto a punto, y a partir de allí echar mano de las innumerables herramientas que ofrece la subvaluada plasticidad de una democracia republicana, mucho temo que, antes o después, las plazas se irán despoblando, los gritos tornando sordos y tal vez algún solitario persistente eche raíces en las calles de la Madre Patria, transformado con el paso del tiempo en extraño personaje kafkiano o atractivo turístico de tercer orden para sonrientes flashes nipones.

¿'Seamos vitalistas, hagamos lo posible', no sería por caso, y en tren de agenciarnos un lema-guía, más saludable que aquel otro utópico y sesentista que a la distancia no rezuma más que impotencia e inviabilidad?

Cabe también la posibilidad, dado el tenue conocimiento que tengo de los acontecimientos objeto de este artículo y mi incontrastable ignorancia integral -para decirlo rápidamente-, cabe la posibilidad, entonces, de que las que pasaron sean algunas de las líneas más equivocadas en la historia del análisis político aficionado.

Suerte allá.

César Jones es director de cine argentino.

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