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Lucas Martín
a Costa del Sol nunca ha sido un elogio a la cultura de enciclopedia. Al menos en sus capas más evidentes. Las sombrillas rara vez cubren a lectores de poesía francesa, los chiringuitos no destilan la Traviata y apenas se ve a bañistas que fumen en pipa y jueguen al ajedrez envueltos en togas virgilianas. Aún así la historia del destino se cincela sobre capítulos gloriosos y de grandes citas, de anécdotas que ya las quisieran para sí el entramado de Berkeley o las puertas de la Academia de la Lengua.
El litoral de la provincia ha sido hollado por pies casi acostumbrados a los bustos de mármol. Lo curioso es que, a excepción de Thomas Bernhard, la mayoría ha mostrado aquí su vertiente más disipada. Debe estar en el genoma de los chiringuitos y de Málaga. Si dos intelectuales se encuentran en Torremolinos, lo natural es que acaben a trompazos o despellejándole la ropa a una escandinava. Quizá no. Pero preexiste la cultura del desparrame. Incluso, entre las referencias más respetadas, circunstancia que ayuda a entender que la provincia fuera el escenario de una de las disputas literarias más exquisitas del siglo, titán contra titán, Gerald Brenan frente a Ernest Hemingway.
Doble desencuentro
Los dos gigantes hispanistas no llegaron a las manos, pero sus desencuentros, primero en La Cónsula y, posteriormente, en la casa del autor de ´El laberinto español´, en Churriana, fueron notorios y casi traumáticos. La mujer de Hemingway llegó a decir, incluso, que no soportaba a Brenan por su lenguaje, acodado en aquella época en giros y perífrasis propios de los ´beatniks´. Si no fuera por el civismo anglosajón, probablemente se habrían batido en duelo o hubieran acabado como Quevedo y Góngora.
Patologías inconciliables
Cuenta Carlos Pranger, poeta y albacea literario de Brenan, que el barbudo de Ilinois estaba entusiasmado con la obra del británico. A su llegada a La Cónsula, propiedad en aquel momento del matrimonio Davis, les pidió a sus anfitriones que concertaran un encuentro. Don Gerardo, como se le conocía en Churriana, acudió a la finca, presa a su vez de la fascinación que le despertaba el americano. Ambos estaban condenados a entenderse. Les unía la literatura y su pasión por España, además de una tentativa poética prematuramente frustrada. Lo tenían todo para fundar hermandades. Pero no. Brean no tardó en sentirse abrumado. Fue un combate de patologías. Al británico le abrumaba el carácter de Hemingway, que con su fanfarronería y su rotundidad le recordaba a su padre. El americano, por su parte, se sentía intimidado y trataba de imponerse, como siempre hacía, según Valerie, su nuera y secretaria, cada vez que admiraba a algún escritor.
Diferencias sobre la guerra
Los complejos de salón compartieron mantel con los escritores. La Cónsula fue testigo del fracaso. "Era como si cuando estaba en la sala, no quedase aire para el resto de los presentes", escribió Brenan en sus memorias. No hubo remisión ni en el segundo round. El autor de ´Al Sur de Granada´ trató de llevar la conversación hacia un terreno más dócil, la literatura, pero Hemingway se negaba. El barbudo sólo quería hablar de toros y de mujeres. Los requirimientos del británico, cada vez más apocado, sucumbieron frente a sus risotadas mesiánicas.
Aun así el mayor punto de fricción se produjo al mencionar la palabra España. Hemingway confesó a Brenan, en gran parte por la necesidad de deslumbrar y marcarse una ´boutade´, que no le interesaba la ideología de la Guerra Civil, que su fascinación respondía en exclusiva a la batalla. Una reflexión intolerable para el británico, hipersensible e interesado en el análisis sesudo de los combatientes y sus circunstancias. De las porfías de los gigantes de la literatura británica, quedó una simpatía distante y la seguridad de prescindir de nuevos encuentros. Quién sabe. Quizá a la misma hora que una rubia se baña, nace en la Costa una nueva página
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