La ciencia evoluciona favorablemente en el descubrimiento de nuevas técnicas y tratamientos que paulatinamente alargan la vida de los seres humanos. Las enfermedades que antes nos aquejaban, epidemias que no tenían solución hoy sólo son malos recuerdos del pasado gracias al descubrimiento de nuevos y más efectivos medicamentos, pero este avance científico no sería posible sin el apoyo que se ha recibido de los animales, en algunos casos con mucho éxito, en otros con no tanta fortuna para ellos.
¿Pueden estos seres que no hablan nuestro idioma y que están tan cerca de nosotros ayudarnos a lograr una vida mejor? La respuesta es sí, pues nos sirven de terapeutas en muchos casos ayudándonos a tranquilizarnos cuando nos notan alterados, nos obligan hacer ejercicio diariamente y son capaces de detectar una enfermedad con una certeza en muchos casos superior a cualquier equipo médico creado por el hombre. Pero lo más importante: hacen que afloren nuestros mejores sentimientos.
¿Cómo lo logran? ¿Cómo pueden sacarnos una sonrisa cuando estamos tristes, qué cualidad tienen que hace que nos conozcan tanto sin mediar conversación alguna? Puede no importarles en qué casa vivimos, que ropa usamos, cuánto dinero poseemos o qué conocimientos tenemos para actuar siempre de la misma manera, entregándonos siempre sólo amor y lealtad a toda prueba. La respuesta es simple y fácil de contestar: en sus cerebros no anidan sentimientos de maldad, ambición, venganza o desamor, son 'puros' y sólo buscan el bien, dejan vivir en paz a los demás y si actúan agresivamente en determinados casos, eso sólo obedece a una imperiosa necesidad de cuidar a los suyos defendiéndose frente al agresor, o simplemente a la necesidad de cazar para alimentarse y subsistir.
Recientes estudios demuestran que las personas de la tercera edad que tienen mascotas se encuentran tanto psíquicamente como físicamente mejor que las que no las tienen, sus ganas de vivir son mucho más fuertes, hacen más ejercicios diariamente, interactúan más dentro de la sociedad, ejercitan sus músculos constantemente y, por último, sus capacidades mentales sufren menos el deterioro de los años. Recuerdo que a mi padre le regalé un cachorrito cuando cumplió 84 años y fue su amigo inseparable por un largo periodo de tiempo. Este amigo juguetón de cuatro patas llenó un espacio vacío en su casa, sus conversaciones cuando solíamos estar juntos se centraban principalmente en relatarme las diferentes cosas que hacía su perro, lo inteligente que era, las gracias que hacía y el tiempo que le demandaba preocuparse de él. Aunque a veces se quejaba por algún destrozo que le había ocasionado no es menos cierto que yo notaba que Florín, su peludo amigo, lo era todo para él. Los diez años que vivió junto a él fueron lindos para ambos, se ayudaron y acompañaron mutuamente, nunca sufrió ninguna enfermedad que lo imposibilitara, los paseos diarios lo ayudaban a realizar ejercicio y su mente estuvo lúcida hasta el último de sus días. Tanto fue el amor que ambos se profesaban que, posteriormente al fallecimiento de mi padre, el carácter y la actitud de Florín sufrió un cambio irreversible, no tenía ya más ganas de vivir y nada ni nadie lo hacía estar contento. Yo le agradezco desde lo más hondo de mi corazón todo lo que hizo por el viejo.
Tengamos presente que una mascota es más que un animal de compañía, es un amigo en casa, un sanador de tu cuerpo y tu espíritu, un compañero fiel que no te hace preguntas ni cuestiona nada de tus actos y que sólo sabe entregar amor. Correspondamos con lo mismo.