Elena Ocampo.
Ni visionario ni pijo ni asceta. Calificativos que niega sin mediar preguntas. Honesto, claro y pragmático. Conceptos autobiográficos que también se atribuye sin interrogantes previos. La esencia de Ferran Adrià destila un aire hiperactivo y bohemia de reserva. En sólo minutos se puede sentir el hervidero de ideas que emanan de su cabeza y escucharlo en sus palabras a borbotones, de difícil cadencia. La nueva empresa que lo ocupa: la fundación privada y sin ánimo de lucro El Bulli y el nuevo concepto de ´think tank´ o fábrica de ideas en el que se convertirá su restaurante, centras las aclaraciones en esta entrevista. "Es el primero que se hace en el mundo de la cocina", sostiene.
–Menudo follón. Que el cierre de un restaurante sea primera página de un diario de información general, salga en The New York Times, The Daily Mail, Financial Times, y que Le Monde atribuya el parón de El Bulli a una demanda... ¿Es normal?
–Tras conocerse la noticia del supuesto cierre definitivo, recibimos miles de llamadas, de mensajes con propuestas en el taller; la gente me pedía por la calle que no lo cerrase. Influyó, claro, internet, que es inmediato, y también que hubo muchas especulaciones. Nunca he entrado en la polémica porque uno tiene que saber que no puede gustar a todos: es imposible. Las cosas pasan; no hay que echarle la culpa a nadie. Es hoy, que luego es ayer... La verdad es que éste es un caso para estudiar en las facultades de Periodismo. ¿Cómo puede ser? Se desencadenan una serie de hechos, pasan y salen noticias con los ojos cerrados. Bueno, al final, lo importante es cómo acaban las películas y todo el mundo está supercontento en su casa. Es la sal de la vida.
–Sea sincero, ¿qué le han dicho su mujer y su socio?
–Han escuchado la propuesta y ellos me han apoyado.
–¿Cuánto fue el máximo tiempo que hubo que esperar para comer en El Bulli?
–Lo máximo ha sido un año; los que caben por temporada. Hay muchos mitos. Pero si hay dos millones de peticiones para ir, y caben siete mil....
–Concrete más cómo se llegó a la idea de la Fundación.
–Ocurre como cuando uno ve a un hombre y no sabe si se enamorará. Había muchas opciones y ésta era una de las posibles, la más arriesgada. Pero tenía un compromiso con la sociedad; tenía que devolverle un poquito.
–¿Pero reabrirán la cocina?
–El ´think tank´ es un nuevo modelo, el único en el mundo. Aún no sabemos de qué forma, pero sí habrá más comidas.
–¿Cómo seleccionarán a los 25 becarios?
–Decidimos becarios porque a la gente joven le cuesta. Y porque es lo normal. Si tú haces pagar 8.000 euros, como en el modelo americano con créditos, no vendrían. El proceso comenzará el 1 de enero de 2014.
–¿Y cuál es el encaje ahí de Alícia (Fundació Alimentació i Ciència) creada con su amigo Vicent Soler y donde entran Caixa Manresa y la Generalitat de Cataluña?
–Serán complementarias. Sabemos mucho de una fundación pequeña. Tenemos experiencia en gestionar ésta dedicada a la alimentación y la ciencia, con 700.000 euros de presupuesto. Nos pagamos los taxis.
–Próximamente.
–De septiembre a diciembre de 2010 daremos un curso en la Universidad de Harvard de cocina en el marco de Alícia.
–¿Tendrá Obra Social?
–No. Eso son los becarios que estarán diez meses y el tema más solidario, a través de Alícia. Esto será creatividad.
–Durante 15 años cobró 130.000 pesetas. ¿Inversión y esfuerzo como receta de éxito? Ofrezca un consejo.
–Mira de ser feliz, cuando hagas lo que hagas, hazlo para ser feliz. Es muy duro no serlo. Las ansias por llegar al primer puesto son muy malas. Cuando uno es tremendamente ambicioso, no consigue nada.
–Le reto a comprobar una de sus costumbres menos sabidas. Adrià se lleva bolígrafos de todos los hoteles de los lugares a los que viaja. ¿Sigue sumando piezas a su colección de ya medio millar?
–[Sonríe] ¿Quiere ver el que me llevé ayer en Santiago de Compostela?