FRANCISCO M. PASTOR
Claro, ahora nadie dice nada, porque eso de que Málaga tenga rutas con tropecientas ciudades de toda Europa está muy bien. Pero hay quien tiene la mosca detrás de la oreja desde mucho antes que Michael O´Leary montara el circo para presentar la nueva base española de Ryanair en Málaga. Ya nos pasó con Delta Air Lines y el famoso vuelo a Nueva York y lo que nadie quiere es que vuelva a pasarnos. Por lo pronto, la compañía irlandesa ha anunciado hace unos días que deja de operar un montón de rutas desde los aeropuertos de Granada y Valencia. Vaya, que acabada la subvención, adiós a los vuelos. El tema éste de los incentivos (ayudas opacas las llama el director de Air Berlín en España, Álvaro Middelmann) es, desde luego, bastante complejo. Desde el año 2005, la Comisión Europea, para que no pudieran darse casos de competencia desleal, estableció que las autoridades regionales y los consorcios locales podrían subvencionar a fondo perdido, con un tope de hasta el 40%, los costes de lanzamiento de nuevas rutas aéreas. Eso sí, sólo desde los aeropuertos con menos de cinco millones de pasajeros al año. Hecha la ley, hecha la trampa. Porque al final se han dado ayudas para rutas desde aeródromos mucho más grandes (Málaga, por ejemplo) amparadas en convenios para la promoción del destino y cosas similares. Y es que este tipo de subvenciones pueden estar muy bien, siempre y cuando sean transparentes, claras y no dejen lugar para el engaño. Después, tendremos que preguntarnos, además, si sirven para conseguir el fin que buscamos. ¿Traen al turista que necesita la Costa del Sol?, ¿qué nivel de gasto dejan estos visitantes?, ¿las conexiones aéreas son con las ciudades que nos convienen? Son preguntas que habrá que ir contestando.
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