MANUEL LARA ZERÓN
"Cada día trae su afán". La idea, que nos llega del Antiguo Testamento, suena a conseja popular. A tradición de gentes que se pasa lo que sabe, de generación en generación, por la palabra viva, no por textos que con la lectura, primero, y con la interiorización después, se hace "uno con los escritos, con los textos." Hacernos "uno con el texto" significa que lo interiorizamos o, si se prefiere, que nos sumergimos en él. Y de él, del texto, nos empapamos. Como quien se lanza al mar, y en él se engolfa: como se engolfaba el lengedario Leandro, amante de una sacerdotisa, (la bellísima Hero), del templo de Afrodita, situado frente a Abydos, al otro lado del Helesponto. Los mitos: ¡qué mundos tan fantásticos!
No hace mucho una persona para mí muy querida y entrañable me dio a leer un texto suyo: no lo pude leer una sóla vez. Era tan rico y de tal calidad de matices lo que yo leía, (¿debería aclarar ahora que se trataba de un texto literario?), que una sóla y única lectura no me era suficiente para "entrarme en el texto". O para "entrar el texto en mí", que tanto monta. ¿Quién, que sea lector de poesía, ignora que los libros de poemas, los poemas, todos y cada uno de ellos, son como oraciones que hemos de repetir, de leer, de re-leer, una y otra vez? ¿Acaso la mayoría de las oraciones mismas no están concebidas como poemas?
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