La otra juventud

"Admiro de la Roja su modo de jugar, pero sobre todo, el hacerlo como caballeros", por Lola Clavero

 10:23  

Lola Clavero Para aficionarse a la Roja, no hace falta ser demasiado futbolero ni especialmente patriota. El juego de nuestra actual Selección resulta tan diáfano, limpio y admirable, que engancha igualmente a foráneos y profanos. Prueba de ello es la legión de seguidores extranjeros que empiezan a aliarse con entusiasmo a nuestros colores y el hecho de que cada partido que jueguen se convierta en programa de máxima audiencia- sin exclusión de aquellos que, por tradición, veían en el fútbol un deporte chabacano, bárbaro o aburrido-. Hasta los intelectuales y las mujeres, por lo general ariscos a los torneos de balompié, aúpan cada actuación de la Roja sin perder un minuto de atenta expectación en cada encuentro. La Roja, no por casualidad, genera simpatías y empatías en todos los sectores, más allá del sexo, la condición y las fronteras, porque transmite una eficacia deportiva impecable sin desmerecer de esos valores humanos que tanto se lamentan por perdidos en nuestro entorno convivencial y, especialmente, en el fútbol, donde han solido abundar personajes engreídos y chulescos, diosecillos impertinentes y despectivos con el común de los mortales, ofreciendo con petulancia la planta de sus pies al beso servil de la afición. Nada que ver con este equipo de muchachos, que, como la prensa no se cansa de repetir ni nosotros de admirar, hace bandera de la humildad, la modestia y las buenas maneras, que demuestran cómo se puede jugar –y ganar- al fútbol sin dejar de ser unos perfectos caballeros. Sin descomponerse aún durante aquel más bien desencuentro con Paraguay, donde la ofensiva del contrario a tal punto tramposa y carnicera con patadas y zancadillas primando por sus fueros –bastante elocuente fue la cabeza vendada de Sergio Ramos- y la actuación de ese arbitrario arbitro guatemalteco, invalidando y omitiendo penaltis, harían perder el temple hasta al más santo varón. No así a Iniesta, quien, entrevistado en los vestuarios, aún en caliente, después del partido, defendió con cívica serenidad el trabajo duro y difícil que había tenido que desempeñar este señor –cabrito, en mente de todos los demás españoles al otro lado de la pantalla- que a poco les caga la victoria. Lo dijo Iniesta, pero igual lo pudo haber dicho Villa o Piqué o Torres o Puyol. La educación del completo de los jugadores españoles es unánime al punto de resultar extraordinariamente llamativa en un país que parece, hace tiempo, haber perdido las formas. También su modo solidario de sentirse equipo, sin que ninguno caiga en la fácil tentación del estrellato por libre, ni siquiera el pichichi, David Villa, que sabe de la generosidad de ceder su sitio cuando corresponde. El triunfo de la Roja es, además del triunfo de una aptitud, su gran potencial deportista, el de una actitud, su encomiable espíritu deportivo. Un equipo donde no hay más líder que el equipo mismo, jugando todos a una en una fórmula de grupo que ha desbancado en este Mundial las sólitas estrategias de los delanteros estrella tipo Maradona, poniendo en boga un tipo de actuación donde cada jugador es una pieza fundamental y cada cual rinde lo suyo en su espacio del engranaje. Lo que tendría que ser siempre el fútbol, en definitiva. Una fórmula exacta y modélica que no hay que olvidar, arranca de la Eurocopa y se debe a una idea magistral de Luis Aragonés. Comprendo, como todo lo humano, el despecho en las declaraciones del ex –seleccionador, pues, si bien Vicente del Bosque está siguiendo criterios prudentes y acertados, en gran parte, recoge los frutos que ya estaban sembrados por uno de los entrenadores más polémicos y discutidos del fútbol español. Una táctica feliz, gracias a la que, el pasado miércoles, pudimos ver uno de los partidos más bien concebidos y trabajados de nuestros anales futbolísticos. No sólo por el espectacular cabezazo de Puyol que ha llevado de cabeza a España a la Final, sino porque disfrutamos cada uno de esos noventa minutos de encuentro con un juego que nunca perdió en intensidad e interés por la coordinación, sintonía, equilibrio y limpieza con la que se manejaba todo el equipo nacional en el campo; sin tiempos muertos, sin perder distancia de la portería enemiga y, en todo momento, dominando al rival con una facilidad –sólo- aparente, que anulaba toda iniciativa de la fuerte Alemania y el temido Klose... (sigue leyendo)

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