Tribuna

Misericordes oculos

Estos son los ojos de Málaga. Los que no se clavan en nosotros como jueces de nuestros actos. Nunca acusadores, nos miran desde el amor. Son los que comprenden las dudas

08.09.2015 | 05:00

Volvemos a escribir a partir de hoy un nuevo año en nuestro especial calendario. A pesar del respeto que da esta hoja vacía, sobre la que parece temblar el lápiz, dibujemos una renovada historia con ilusión y alegría. Comencemos esta primera página observando la Catedral. Mirándola y oyendo sus campanas. Desde el penúltimo domingo de agosto ha estado la Catedral acabada. Y no me refiero a su torre sur a medio hacer, ni a su ausente cubierta a dos aguas, ni a la estatuaria que no luce en sus cornisas. Ni a todos esos detalles ausentes que la hacen única. Nuestra Catedral está todos los años terminada cuando a finales de agosto vienen sus ojos. Así de sencillo. Sin más ornamentación ni arquitecturas. Ni vestiduras bordadas, ni flores, ni velas. No necesita más que sus ojos para estar completa.

Llegaron en la amanecida desde la atalaya donde todo el año nos miran. Desde ese faro que se clava en el cielo para ser su puerta, donde las nubes se confunden con las yeserías. Llegaron en esa mañana donde las flores vencieron el olor a ocaso festivo, en una ciudad que había ardido en llamas de vanidades y excesos, y que ahora, de golpe, guarda silencio.

Llegaron mirándolo todo pero sin asustarse pues nunca le han temido a nada. Desde ese día la Catedral ha sido solo eso: Sus ojos. Aparentemente melancólicos, pero sobre todo maternales. Dos espejos sin mancha que reflejan y purifican todo lo que ven. Son conocedores de nuestras alegrías, de nuestros sinsabores. Son consoladores, amorosos y tiernos. Son regaladores de confianza. Son los ojos que nos miran con esperanza.

Estos son los ojos de Málaga. Los que no se clavan en nosotros como jueces de nuestros actos. Nunca acusadores, nos miran desde el amor. Son los que comprenden las dudas. Los que brillan en la entrega. Los que iluminan a los abatidos. Los que aman a los que se alejan. Los que acogen a quienes por fin regresan.

Hoy, la Catedral se quedará a oscuras cuando esos «sus ojos» se vayan. Pero no olvidemos donde siempre brillan. En su bendita cara. La de esa madre siempre orgullosa de ser la Madre de Málaga.

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