Recuerdos nazarenos

Mena y Soledad: Una fusión necesaria

Ninguna de las dos cofradías, ni la del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas ni la antiquísima de la Virgen de la Soledad, ambas con sede en Santo Domingo, pasaban por su mejor momento en 1915

10.10.2015 | 00:40
El Cristo de Mena expuesto en Semana Santa solo, aún sin guardia legionaria (c. 1925).

En este año se conmemora el centenario de la fundación de la congregación de Mena, fruto de la fusión entre la hermandad de Nuestro Padre Jesús Crucificado de la Buena Muerte y Ánimas y la antigua cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Se producía así la unión de dos corporaciones bien distintas.

La hermandad de la Buena Muerte y Ánimas se fundó en la iglesia de Santo Domingo en 1862, en torno a un Crucificado venerado en el camarín de la segunda capilla del lado de la epístola, con el busto de una dolorosa a sus pies. En sus inicios la hermandad únicamente celebraba cultos internos, el día de los fieles difuntos, y destinaba su labor al enterramiento, adquiriéndose al Ayuntamiento un terreno en el cementerio de San Miguel donde se construyó un panteón con cuarenta y cuatro nichos. A pesar de la ausencia de culto externo, en los primeros estatutos de 1864 se hacía referencia a cómo debía ser la salida procesional, el Viernes Santo: los hermanos irían vestidos en traje de penitente, color negro, escapulario blanco con vivos negros y en el centro el escudo de metal blanco, cíngulo negro y corona de espinas; la efigie sería llevada a correón.

Hito fundamental lo constituiría el descubrimiento de la talla de un Crucificado obra de Pedro de Mena, siendo crucial la intervención del padre jesuita Juan Moga, quien confirmó esta atribución. La imagen se hallaba en la parte alta del retablo de madera del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo, donde apenas se la veía. Fue restaurada a principios de 1883, siguiendo las directrices de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, por el profesor Antonio Gutiérrez de León, ya que le faltaban algunas partes de los dedos de las manos y tenía bastante suciedad. Según Juan Temboury, al Crucificado se le había conocido hasta ese momento con el nombre de Cristo de las Cinco Llagas. Dada la valía del descubrimiento, los hermanos de la Buena Muerte decidieron con buen criterio cambiar su imagen titular, que pasó al retablo del altar mayor, por la obra de Mena. 

En la Semana Santa de 1883 procesionaron al Cristo de Mena por las calles de Málaga. La lluvia impidió que saliera procesión alguna hasta la misma tarde del Viernes Santo. La hermandad había encargado en la ciudad de Sevilla el magnífico trono en el que fue procesionado el Cristo, así como un lujoso estandarte que lució en la procesión. Se había generado mucha expectación en los días previos a la Semana Santa por ver en la calle a la valiosísima escultura. La imagen, procesionada sola, impactó, haciendo justicia a la expectación creada sobre la misma: «(...) y anteanoche al ser admirada por nuestro pueblo, todos, inteligentes y profanos, convenían en que la realidad supera en mucho a cuanto de ella pueda decirse (...)». La puesta en escena de la propia hermandad tampoco dejó a nadie indiferente, «por su orden, por el número de las luces, por el lujo de las vestiduras, por la pompa con que ha salido, es indudablemente la mejor de cuantas hemos presenciado en Málaga», se decía en la prensa. Al año siguiente la hermandad de la Buena Muerte y Ánimas realizó estación de penitencia en la Catedral.

A pesar del asombro que causó en las calles la portentosa imagen, dejó de procesionar en 1885 y comenzó a languidecer la hermandad, dedicándose nuevamente solo a mutualidad de entierros. Ricardo de Orueta se refería así en 1914 al olvido en que quedó sumido, nuevamente, el Cristo de Mena: «Esta hermosa escultura, olvidada hoy por los malagueños y arrinconada en la capilla de peor luz de la iglesia y en tan malas condiciones que apenas se la puede ver, fue hace unos treinta años popularísima en la ciudad y ocasionó que el apellido de su autor diera origen a un término local que todavía se conserva», Se trataba del término «niños de Mena» o «menosos», calificativo que se dio en Málaga a los jóvenes del pueblo que se distinguían por su vida desarreglada y por el cuidado excesivo que ponían en sus personas.

En la capilla contigua, primera del lado de la epístola, se encontraba la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, con su imagen titular colocada en un hermoso retablo de madera dorada. Esta cofradía tampoco pasaba por su mejor momento en el año 1914, al menos en lo que se refiere a los cultos externos. La antigua cofradía, con origen anterior a 1579, mantenía la solemnidad de los cultos internos, pero habría dejado de procesionar, según los datos que se tienen, allá por 1879, año en el que tuvo que acelerar el paso al verse sorprendida la cofradía por la lluvia.

La importancia social de esta cofradía es constatable a lo largo de su dilatada historia. Desde el siglo XVI y hasta finales del siglo XVII es extensa la lista de personas que ordenaron ser sepultadas en la capilla de la Soledad de Santo Domingo.

Mantuvo su pujanza en las centurias siguientes, integrándose en ella lo más selecto de la burguesía malagueña. Probablemente, a principios del siglo XVIII se produciría el cambio de imagen por la que aparece en las primeras fotografías que se conservan. En dicha centuria, concretamente en 1756, obtuvo la Misa de Privilegio, concesión papal que permitía el oficio de la misma el Sábado Santo, debido a la intercesión de la sagrada titular en el salvamento de la tripulación de una fragata de la Armada Española frente a las costas malagueñas. Misa de Privilegio mantenida y potenciada, incluso, en los peores momentos de la cofradía.

La imagen entraba en la Catedral por la fachada principal de la plaza del Obispo, saliendo por la Puerta de las Cadenas; y cuando no realizaba estación de penitencia, o en ocasiones antes de la misma, se organizaba un acto religioso en el que intervenían reputados oradores y se interpretaba el Stabat Mater de Rossini.

Durante el siglo XIX tenía a gala su procesión llevar seiscientos penitentes, en su mayoría caballeros de la burguesía, ataviados con levitas negras. Ya en 1851 contaba con escolta militar formada por una compañía de artillería, un batallón completo del regimiento Navarra, con banda de música, y algunas fuerzas de caballería. De su solemne estación de penitencia los Viernes Santos escribió el historiador Medina Conde que era «el simulacro de la mayor veneración del pueblo».

Ambas corporaciones necesitaban la unión: la hermandad de la Buena Muerte para evitar una posible desaparición; y la de la Soledad para volver a la majestuosidad y relevancia de su culto externo, a lo que contribuiría incorporar como imagen titular la obra de arte de Pedro de Mena.

En los albores del siglo XX se vive en Málaga un cierto resurgir procesionista. Una nueva generación estaba al mando de debilitadas cofradías decimonónicas, propiciando el renacer de antiguas cofradías o el fortalecimiento de las mismas a través de uniones. Este último fue el caso de la incorporación en 1913 de Exaltación a las cofradías ya fusionadas de Azotes y Columna, Vera+Cruz y Ánimas de Ciegos; suponiendo la salvación de estas últimas.

En el marco de este movimiento de recuperación cofrade, que tuvo su colofón con la creación de la Agrupación de Cofradías en 1921, se producen una serie de reuniones en la rebotica de Esteban Pérez-Bryan Souvirón en orden a una futura fusión entre la joven hermandad de la Buena Muerte y Ánimas y la antigua cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Estas reuniones fructificaron y el 16 de junio de 1915 ambas corporaciones celebraron cabildos por separado. Poco después, el 22 de agosto, se constituía oficialmente la congregación actual. Fueron aprobados los primeros estatutos y nombrado hermano mayor Ricardo Gross Orueta, segundo marqués de la Casa Loring y presidente, por entonces, de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga. Había nacido la Real y Pontificia Congregación de Cultos y Procesión del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Soledad. Para solemnizar la unión se celebró una función religiosa en la iglesia de Santo Domingo, a la que asistieron las autoridades, el cuerpo consular, así como numerosas personas.

En los primeros estatutos se establecía una separación con la hermandad de entierro de Nuestro Padre Jesús de la Buena Muerte y Ánimas; sin embargo, en los estatutos de 1928 ya aparece reflejada la advocación de Ánimas en el título del Crucificado.

En la Semana Santa de 1916, el Jueves Santo, la congregación de Mena salió por primera vez como tal a las calles. El Crucificado procesionó sobre un trono obra de Francisco Palma García, que fue portado por setenta hombres, y acompañado por la imagen de María Magdalena, atribuida a Mena, que había sido venerada años antes a los pies del Cristo del Perdón. La procesión salió tras la del Nazareno del Paso, ya que ambas tenían el mismo recorrido hasta la calle Méndez Núñez. La sección del Cristo llevaba 250 penitentes con túnicas de terciopelo blancas y capirotes, cinturones y escapularios negros. El trono de la Virgen de la Soledad fue llevado a hombros por distinguidos jóvenes vistiendo levita; después, el palio y la presidencia oficial integrada por el alcalde de Málaga, por el marqués de Casa Loring, por representaciones de la Academia y Escuela de Bellas Artes y delegados de las demás autoridades civiles y militares.

Como decía su hermano mayor en la prensa en 1918, desde ese primer año la procesión de Mena era muy admirada. Por aquel entonces contaba con 320 hermanos y las cuotas iban desde las cinco a las veintitrés pesetas, aunque muchos no daban más que una, como declaraba el señor Gross.

El crecimiento de la congregación se constataba año tras año, completándose con nuevos elementos ornamentales el trono del Cristo y estrenándose nuevos tronos para la Virgen de la Soledad, en 1917 (Antonio Prini) y 1921(Palma García).

Agrupación de Cofradías. Al inicio de la década de los veinte ya era una de las punteras, contando entre sus hermanos más destacados Antonio Baena Gómez, quien le regaló a la Virgen su primer manto bordado en oro. La congregación no participó en la reunión en la que se fundó la Agrupación de Cofradías en el mes de enero de 1921, pero el 16 de febrero ya se había incorporado al ente agrupacional.

Las crónicas de aquellos primeros años ya destacaban la imagen del Cristo en el conjunto procesional de la congregación; lo que aumentaría en años posteriores con la exposición del Crucificado los días previos a la salida procesional, desde 1925; y con el posterior vínculo con El Tercio, pasando a acompañarlo por las calles desde 1930.

La congregación cimentó en aquella época una identidad propia, tan arraigada que no se perdió ni con la destrucción del Cristo de Mena en 1931, ni con la sustitución de la imagen de la Soledad a mediados de los años cuarenta. No puede saberse qué hubiera sucedido con aquellas dos corporaciones tan diferentes de no haberse llevado a cabo la fusión, pero lo que sí es cierto es que no se entendería igual la Semana Santa de Málaga sin la congregación de Mena.

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