Saetazos

Coronaciones

02.03.2016 | 05:00

El pasado año fue un éxito la coronación canónica de María Santísima del Rocío. En junio (D.m.) lo será la de la Soledad de Santo Domingo. Habrá entonces 25 imágenes marianas coronadas en nuestra diócesis y 190 en Andalucía. Varias son también las cofradías locales que han manifestado similar aspiración.

Hasta 1964 sólo habían sido coronadas en nuestra diócesis seis imágenes de la Madre de Dios. Tras 20 años, desde 1984 lo fueron otras 19. Se ve que la delegación papal de 1981 en los obispos diocesanos para conceder esa distinción animó mucho las ansias cofrades.

La coronación canónica, que sólo es rito reglado desde el s. XVII, no significa mucho en sí misma. Sólo señala la enorme devoción que se supone suscita un determinado icono mariano. Y escribo «se supone», porque imágenes coronadas hay en no pocos lugares cuyo «radio devocional» no supera el barrio.

Tampoco importa demasiado. Las coronaciones responden a una invención del capuchino fray Jerónimo Paolucci, quien en la Parma del s. XVI culminaba sus encendidas prédicas contra los Protestantes coronando una imagen de Santa María. Su intención era reconvertir herejes y desagraviar a la Virgen del menosprecio de aquellos, pero no desde luego envanecer a los promotores de su culto local.

Apenas un siglo después, el conde Alejandro Sforza, benefactor de la Curia Romana, dejó una cuantiosa manda testamentaria para promover coronaciones, lo que el Cabildo Vaticano aceptó sin mucho debate teológico o litúrgico –aún no habían sido proclamados dogmas como la Inmaculada Concepción (1854) o la Asunción de María (1950), ni erigida la fiesta de su Realeza (1954)–. Tan es así, que incluso algunas imágenes han sido coronadas canónicamente dos o más veces, como Nuestra Señora de la Salud, que lo fue en Roma hasta en tres ocasiones por Clemente VIII, Gregorio XVI y Pío XII.

Hoy, cuando las prioridades pastorales parecen otras, cofradías cuyas imágenes marianas cuentan con antigüedad mínima y devoción muy discreta aspiran a coronarlas. ¿Será su propósito convertir infieles, cual fray Jerónimo, o tal vez exaltar su propia devoción, como el conde Sforza?... Doctores tiene la Iglesia. Por suerte, me digo, no soy uno de ellos.

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