Saetazos

Ante el Pregón

09.03.2016 | 05:00

Hay muchos pregones cada Cuaresma. En cambio, Pregón, con mayúscula, sólo uno. Hace años que no suelo escribir sobre pregones ni pregoneros, pues me consta, por experiencia propia, cuán complicado puede ser pregonar y cuán fácil que te pregonen luego. Cualquier pregonero sabe, o debería saber antes de aceptar, que ser criticado a posteriori es tan consustancial a su designación como la ovación encendida o el halago cariñoso. Por ello lo mejor, creo, si se asume el encargo, es olvidarse de todo eso y plasmar lo que de veras se siente y piensa.

Un Pregón, también cualquier pregoncillo, pienso, no es ni bueno ni malo. Sólo sincero y leal si aspira a servir a Cristo y a los cofrades en conjunto, o hipócrita e irreverente si toma el nombre de Dios en vano por interés propio. Los maestros de retórica están para las calificaciones literarias, y los doctores eclesiásticos para las valoraciones teológicas. Como la mayoría no somos ni lo uno ni lo otro, mejor hacemos en opinar poco.

Las expectativas a priori y ante el Pregón me parecen lógicas y deseables. La expectación máxima entre los más entusiastas, en su caso, también. En cambio, no he entendido nunca los prejuicios. Especialmente, esas premoniciones desalentadoras, cuando no descalificantes, que algunos «entendidos» acostumbran a profetizar año tras año. Siempre he discrepado de tales aguafiestas. ¿Qué sabe nadie de lo que el pregonero de turno va a decir? ¿Y qué conocemos realmente de qué piensa y qué siente?... A algunos que ponen en tela de juicio al pregonero y su texto desde su misma designación los ponía yo delante del folio en blanco€
Particularmente, siempre acudo al Pregón con ilusión. Si conozco al pregonero, con ilusión doble. Por él y por todos. Si no, con la idea de ser gratamente sorprendido.

Y, por supuesto, hay pregones que a uno le agradan más que otros. Pero no recuerdo ninguno en que al menos una idea no me haya enseñado o conmovido. El día que eso ocurra me lo haré ver. Porque ello será señal de dureza en mi oído, o peor, de sequedad en mi alma.

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