En el último tramo

Ruegos y preguntas

19.03.2016 | 01:03

Acabo mi Cuaresma, como si el final de un cabildo general de salida se tratase, alzando la mano para pedir la palabra y reflexionar, entre ruegos y preguntas. No sé ni por dónde empezar; no quiero hablar del tiempo. Bastaría con desear una buena Semana Santa, plena, con estaciones de penitencia brillantes, solemnidad, esplendor y rigurosa compostura, sin estridencias ni espectáculos fuera de lugar. Aunque permítanme que me adelante y dirija la mirada hacia el punto y seguido que continuará con la Pascua. Permítanme que haga un primer balance, a pesar de que ni siquiera hayamos visto la Entrada en Jerusalén partir desde la calle Parras, Molinillo abajo.

Dicen que ha sido una Cuaresma silenciosa, tranquila. Plana en su conjunto. Yo diría que, gracias a la falta de acontecimientos que distraigan la atención, ha dejado a la vista lo bueno y lo malo de un tiempo al que se le exige más entretenimiento que verdadera implicación. ¿Qué le pedimos a la Cuaresma? ¿Acaso esa tranquilidad no debería fluir como argumento ideal para no despegarnos del culto, la hermandad y su tímido grito de convocatoria? Un reclamo, por cierto, que llega tarde.

De forma callada, parece que las hermandades han apurado este año hasta el último momento,
sudando lágrimas para llenar tronos y repartir túnicas. La sensación es de un paso atrás respecto de Cuaresmas anteriores. Y puede que sea mera casualidad –un mal año lo tiene cualquiera–. De lo que no cabe duda es de que falta anticipación, dejar de esperar a que por la puerta entren hermanos y curiosos. Y falta mimo, la siempre ausente caridad que se identifica únicamente con la limosna, pero que ni está ni se la espera entre semejantes; la caridad que no permitiría los pleitos ni la inquina espetada, tantas veces, por envidias y recelos.

Comienza la semana mayor y solo nos queda disfrutar, en un recodo o en la bulla, del ir y venir de las cofradías. Quizá sea mucho pedir, pero queda un año entero para volver a preguntarnos qué cofrades somos. ¿De los de mucho hablar y deambular, pero poco apego a la hermandad? ¿De los que confunden ser de la suya con lapidar a las demás? Pero, sobre todo, ¿qué cofrades queremos ser?

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