Análisis

Otra vez a vueltas con el sexismo lingüístico

Pretender cambiar el lenguaje para ver si así cambia la sociedad es «ingenuo e inútil», como sostiene el académico Álvarez de Miranda: "Lo que habrá que cambiar es la sociedad"

 21:58  

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ arias guías publicadas por universidades, comunidades autónomas, sindicatos, ayuntamientos y otras instituciones como propuesta o como preceptiva obligatoria de uso reavivan en estos días la polémica sobre el uso sexista del lenguaje. A partir de un artículo del académico Ignacio Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, se han alzado voces a favor y en contra cuyas posturas trato de exponer con brevedad y criticar, si así creo que debo hacerlo, en las siguientes líneas, donde se citan ejemplos y dictámenes de quienes intervienen en la disputa.

Primero. En lingüística se llama «término no marcado» o «genérico» aquel que incluye a los dos géneros con que cuentan el español y otras lenguas derivadas del latín: masculino y femenino. El término no marcado, en español, es el masculino. Ejemplos: «El trabajador debe exigir sus derechos» o «El alumno deberá asistir puntualmente a clase». El genérico «trabajador» integra a «trabajadores» y «trabajadoras», y «alumno» a «alumnos» y «alumnas». El genérico es aquel que el sistema de la lengua activa «por defecto», al igual que un contestador automático activa «por defecto» un mensaje pregrabado por la compañía telefónica, o del mismo modo que un procesador de textos informático activa «por defecto» un tipo, estilo, tamaño y fuente de letra. Cambiar ese uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos es lo que pretenden las guías lingüísticas antes citadas, en pro de la «visibilidad» de la mujer.

Cabe recordar que también el singular es el término no marcado en español frente al plural. «La mujer ha estado secularmente discriminada» significa «las mujeres»; «El hombre ha dominado en la familia tradicional» se refiere a «los hombres». Asimismo, el presente es el tiempo no marcado frente al pasado y el futuro, pues «mañana no hay clase» significa que mañana no «habrá» clase. De momento, nadie ha clamado contra la «visibilidad» del plural, ni del pasado o del futuro.

Segundo. Para evitar esa activación del masculino como término no marcado o genérico se proponen en las guías antedichas diferentes soluciones. En lugar de «los ciudadanos» se pide, en unos casos, el desdoblamiento léxico de la coordinación (la llamada «copresencia»): «los ciudadanos y las ciudadanas». En otros, el uso de barras (el llamado «osasismo»): «los ciudadanos/as». También, el empleo de un «archifonema» como la arroba, la @ de las direcciones de correo electrónico: «l@s ciudadan@s».

Tercero. El error lingüístico básico de estas propuestas radica en entender que sexo y género gramatical son lo mismo, es decir, que el masculino designa a los machos y el femenino a las hembras. El mismo que se comete al entender que terminar en /-o/ o en /-a/ una palabra indica siempre masculino o femenino. Palabras como «monje, alférez, árbol, coche, oasis…» son sustantivos masculinos que no acaban en /-o/. «Soprano, cárcel, nariz, crisis, pared…» son femeninos que no acaban en /-a/. Terminan en /-o/ y son femeninas «mano, libido, foto…»; terminan en /-a/ y son masculinos «gorila, auriga, profeta, poeta, planeta, día…». Se ve muy claro en los nombres epicenos (los que poseen un solo género gramatical) que es falso identificar género y sexo: «bebé, lince, pantera, víctima, liebre, calandria, gorila, lagarto, ruiseñor, buitre…» Es más, la oposición entre /-o/ y /-a/, lejos de indicar sexo, puede hacer referencia a la cantidad, tamaño o extensión: «ventana/o, ría/o, bolsa/o, charca/o», jarro/a, cesto/a, tuno/a, huevo/a, leño/a, cuerno/a, el/la policía, río/a, manzano/a…». Por último, el género gramatical puede ser desde indiferente («el mar/la mar») a no significar nada («el muro, la pared»).

Cuarto. Siguiendo la lógica de la falsa equivalencia entre sexo y género gramatical, habríamos de escribir y decir «pianisto, astronauto, pediatro, futbolisto...»; también, «gorilo, calandrio, hormigo, pantero…»; y, claro está, «víctimo, criaturo, persono…».

Quinto. La duplicación sí podría hacerse, pero atentaría contra un principio básico de las lenguas como es el de la economía del lenguaje, que los hablantes han preferido y usado siempre. ¿Qué dicen quienes hablan español: «El perro es el mejor amigo del hombre» o «Los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y las mujeres»?

Sexto. Hay, sí, enunciados que se deben evitar a toda costa, pues el uso del término no marcado o genérico es claramente sexista: «En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres»; «Los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas». Y resulta necesaria la copresencia en «No tiene hermanos ni hermanas» o en «Los españoles y las españolas pueden servir en el ejército», para, entonces sí, no dar lugar a equívocos sobre la «visibilidad» de la mujer.

Séptimo. Las dudas lingüísticas de uso suscitadas por la aplicación de lo propuesto o impuesto en las guías susodichas son innumerables. No se podría decir «Juan y María viven juntos» (pues el adjetivo «juntos» no «visibiliza» el femenino). Debería decirse «en compañía». Pero ¿qué debo usar con otros predicados como «…viven solos»? ¿Viven «en soledad», es decir, la misma fórmula aunque el significado ya no sea el mismo ni mucho menos? Otro ejemplo: ¿Debo decir «Quienes intervengan» y no «Los interventores», que tampoco es lo mismo? O, por llevar al extremo esa pretendida normativa, si me preguntasen por mi prole, ¿debo contestar que tengo «cinco hijos barra hijas», cinco «hij arroba ese» o me van a obligar a decir que tengo «cinco unidades»?

Octavo. Quienes trabajamos en Secundaria y tenemos la obligación de enseñar español o castellano ¿a qué norma debemos atenernos, sobre todo en estos tiempos en que resulta pavoroso el grado de comprensión oral y escrito? Una guía nos dice: «l@s alumn@s». Otra, «los/las alumnos/alumnas». Otra, «los/as alumnos/as». La RAE y la historia de la lengua, «los alumnos». ¿Deberíamos explicarles que Leopoldo Alas fue sexista al no escribir «Las heroicas ciudadanas y los heroicos ciudadanos dormían la siesta» en vez de «La heroica ciudad dormía la siesta», como se pregunta José Antonio Martínez? O, por extenderlo a otros ámbitos de lo «políticamente correcto», ¿será nuestra obligación tachar «gitano» del lorquiano romancero de Lorca y sustituirlo por Romancero de etnia gitana?

Noveno. No es ocioso recordar que si se aplicaran por completo las directrices de ese lenguaje políticamente correcto y pretendidamente «visibilizador» de la mujer no se podría hablar. Léase la Constitución de la República Bolivariana: «Sólo los venezolanos y venezolanas (…) podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República (…), Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras (…); Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas…». Convengamos en que nadie habla así.

Considero muy loable toda polémica que avance en la lucha por la emancipación real de la mujer; aplaudo todas las medidas efectivas contra el maltrato que sufren tantas; me repugna la clamorosa injusticia que supone su discriminación en el trabajo; me enferma la espantosa epidemia de los crímenes machistas... Pero creo, con el académico Álvarez de Miranda, que pretender cambiar el lenguaje para ver si así cambia la sociedad es «ingenuo e inútil»: «Lo que habrá que cambiar, naturalmente, es la sociedad. Al cambiarla, determinados aspectos del lenguaje también cambiarán (en ese orden)».

Y mucho me gustaría que no se dramatizase esta polémica lingüística o ideológica mediante el «despotismo ético» (José Antonio Martínez) que supondría calificar de sexista a un grupo –¿«absolutamente mayoritario», como señala Ignacio Bosque?– «de escritoras, periodistas, científicas o artistas, entre otras muchas representantes de la cultura, el arte o la ciencia, firmemente comprometidas con la defensa de los derechos de la mujer (…) o a los innumerables textos de varones que compartan esos mismos principios e ideales» por no aplicar las recomendaciones de las dichosas guías.

¿Alguien en su sano juicio tildaría de sexistas y poco sensibles o menos sensibles que ciertas autoproclamadas feministas ante los problemas de la mujer a Soledad Puértolas, Maruja Torres, Ángeles Caso, Carmen Posadas, Rosa Montero, Almudena Grandes, Soledad Gallego-Díaz, Ángeles Mastretta, Carmen Iglesias o Margarita Salas, en cuyos textos se usa sin problema alguno el término no marcado? O a Elvira Lindo, cuyas palabras comparto y con las que concluyo: «Forzar otra manera en el habla es ni más ni menos una imposición política, que nada tiene que ver con las reglas filológicas ni con el uso natural del habla (…). ¿Qué es lo que pretendemos entonces: cambiar el lenguaje o cambiar la realidad? Deseo una sociedad en la que los hombres sepan mirar a las mujeres con respeto y sin condescendencia, en la que tengamos derecho al mismo sueldo o al mismo puesto si tenemos el mismo mérito, en la que no te encuentres a diario unos medios de comunicación plagados de comentarios burlescos y faltones hacia las mujeres con presencia pública (…). Manipular la lengua de los ciudadanos es ridículo e intrusivo. Son los políticos los que generalmente popularizan todas estas tonterías».

[Francisco García Pérez es doctor en Filología, catedrático de Enseñanza Secundaria]

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