Fenómeno residual

Matinal de martes en el último cine X

Valencia conserva uno de los cinco cines porno de España, un fenómeno que explotó en los años ochenta y ahora languidece

25.01.2014 | 17:30
La cartelera del Cine X de la sala Cuenca, donde la ley prohíbe imágenes de contenido sexual.
La cartelera del Cine X de la sala Cuenca, donde la ley prohíbe imágenes de contenido sexual.

En la era del porno cibernético en el móvil, un cine X con doble sala resiste en Valencia desde los ochenta. Abre de lunes a domingo en sesión continua de 11.30 a 23 horas. Son 80 horas de porno a la semana en pantalla gigante. Una visita a mediodía, con final abrupto, retrata su decadencia.

­Si alguna vez creyó que estaba presenciando algo tétrico, exageraba. Para comprender el significado de este adjetivo, combinado con el de marginal, lóbrego, sombrío y anacrónico, hay un lugar más preciso que el diccionario. Es el número 64 de la calle Cuenca de Valencia, donde se refugia uno de los últimos cinco cines X que resisten en toda España y el único con sala doble de todo el país. Con edificios de siete plantas a ambos lados de la calle que refuerzan la impersonalidad urbana tan apropiada a estos menesteres, un cartel de más de tres metros que sobrevuela la ancha acera va –gajes del oficio– directo al grano: «Salas-X». La fachada está presidida por una gran letra «X» de color azul rodeada por doce tubos de neón. Pero no hace falta que estén encendidos. El sol preside el cielo este martes por la mañana, primer día de rebajas, en el que acaba de empezar una sesión continua de once horas y media de porno en gran formato. De porno, y algo más.

Nada más cruzar el dintel del local se accede a una boca oscura. A la derecha, dos luminosos informan de la cartelera de esta semana. Sala A: Mis escenas favoritas y Vicios de la alta burguesía. Sala B: Perversión en el internado y Dana de Armond, la jefa. Justo enfrente, a la izquierda, asoma la taquilla. Son ocho euros. La taquillera, una mujer que ha pasado los cuarenta, devuelve el cambio con una ligera mueca de extrañeza por el perfil del espectador, que no se identifica como periodista y entra al cine como un cliente más de la jornada.

Dominios

Tras cruzar una puerta, la penumbra va ampliando sus dominios. De camino a la sala, se ven carteles manuscritos: «Los lunes, día del espectador: 5 euros. Y los jueves, día del jubilado: 5 euros». Al lado de una máquina tragaperras apagada y los restos de lo que pudo ser una barra de bar en otra época más gloriosa aparecen las puertas de la primera sala. Antes de atravesarlas, los gritos y gemidos de los actores a un volumen inusual para el porno –impactante para un estómago casi en ayuno– avisan de que la película ya ha comenzado. En realidad, la auténtica película no ha hecho más que comenzar.

La sala está muy oscura, mucho más que en los cines convencionales. En las casi 200 butacas de la platea se distinguen sólo dos hombres. Los dos son mayores de 60 años. Uno está en la primera fila. El otro, cuatro o cinco butacas por detrás. El nuevo espectador toma asiento en la retaguardia y empieza a mirar la pantalla. La imagen rompe con lo esperado: la estética del filme es ochentera, con mujeres velludas y hombres que nunca han visto la cera de depilar.

Es como entrar en un túnel del tiempo y viajar al 5 de marzo de 1984, día en que los cines X en España ponían en práctica su legalización decretada dos años antes y 22 salas –dos en Valencia y dos en Alicante– empezaban a proyectar películas porno. Tres años después, ya había 85 salas en toda España. Pero el despegue del VHS en los 90 „y los videoclubs„, la explosión del DVD en los años 2000 y el incomparable boom de internet con sus páginas para adultos fue enterrando las salas X.

Silencio

En la sala Cuenca, el silencio es sepulcral. Y el vaivén empieza a los pocos minutos. El hombre de la primera fila se marcha. Entran otros tres hombres por separado, y es evidente que algunos vienen de la otra sala. Los cabellos blancos de los espectadores que entran con abrigo puesto se alternan con la presencia de misteriosos cincuentones, alguno de ellos en chándal. Un hombre mayor, orondo, se apoya en la pared para ir subiendo poco a poco la ligera pendiente del cine. Los carraspeos de avanzada edad son lo único que se intercala entre los jadeos de la película y el espeso silencio de la sala.

Mientras la pantalla muestra a una morena que se masturba esperando la llegada de su marido a casa «después de un duro día de trabajo» –la voz en off evidencia por qué la película no fue nominada al Oscar al mejor guión–, hay curiosos cambios de asientos entre el público. Uno querría apuntar alguna nota en la libreta disimulada, pero la ausencia de luz lo imposibilita. No se ve nada. Tal vez eso aguce el oído, al que le parece detectar un tintineo de cinturón desabrochándose en las filas traseras. El ambiente se hace cada vez más denso. La escena de la morena con su marido –larga, larguísima– por fin termina. Y eso invita a cambiar de sala, aunque se perciban algunos ojos de la media docena de espectadores clavados en la propia espalda.

La segunda sala iguala en oscuridad a la primera; parece increíble que afuera, en la vida real –porque esto parece una ficción–, sean las doce del mediodía de un martes de enero. En esta sala hay tres hombres en las butacas, muy separados entre sí. Pero lo más desconcertante es distinguir a otro espectador, de pie, apoyado en la pared del fondo. Parece un código o una convención, difícil de desentrañar para el neófito, porque en la primera sala había sucedido algo similar.

El reportero toma asiento en el extremo de una fila, el más cercano al pasillo. En la pantalla, la estética ha cambiado. La película es más moderna, tal vez de finales de los noventa. Al cabo de unos cinco minutos de estar sentado, un hombre corpulento que podría tener 48 años se sienta en la misma fila, a unos cinco asientos del recién llegado a este mundo.

Las alarmas se encienden. Apenas dos o tres minutos después, el hombre se levanta y camina hacia el periodista para sentarse rápidamente en la butaca de al lado. Este código es más fácil de entender. Parece que es hora de ir rematando la faena. El reportaje, se entiende. Así que uno se levanta ipso facto, sin dar tiempo a ningún malentendido, y abandona la sala. Más tarde, buscando por internet en páginas de contacto, se comprobará que este cine X funciona como un eficaz punto de encuentro en busca de relaciones sexuales y experiencias en la misma sala.

Espectador

Al salir del cine, y tras una visita fugaz a los aseos del piso superior –cinco urinarios y un cuartito de baño, limpios–, uno se cruza con un espectador que acaba de entrar. Tiene entre 50 y 60 años, lleva una bolsa de El Corte Inglés en la mano y esconde una mirada de desconcierto e incomodidad tras las gafas cuando el periodista se identifica y le pregunta, garantizándole el anonimato, por qué acude a una sala X y qué es lo que aporta respecto al porno en pequeño formato. «No, yo es que€ la verdad€ no vengo mucho por aquí. Yo prefiero ir a los cines normales», responde. Y entonces agacha la cabeza y, con paso tímido, se mete dentro de este túnel del tiempo.


Público de la sala Cuenca en 2012

El cine X de Valencia tuvo 14.702 espectadores declarados (40 diarios de media) y 102.625 € de recaudación en 2012, según el Ministerio de Cultura. En 2013, los datos provisionales apuntan a una bajada a 7.054 espectadores y 53.590 € de ingresos. Contrasta con 2002, una década atrás, cuando Valencia tenía tres salas X y tuvo 59.163 espectadores y una recaudación de 157.980 €. La penúltima sala X de Valencia (calle Alcoi) cerró en 2010. Los otros cines X están en Madrid, Barcelona, Granada y Las Palmas, según Cultura.     

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