El recuerdo a un pionero

Leguineche, el mundo en la mochila

Un Graham Greene de Chamberí, un melancólico afable y un conversador de humor lapidario: esto y mucho más fue el autor de 'La Tribu'

01.02.2014 | 05:00
Manu Leguineche, el reportero de reporteros de nuestro país.
Manu Leguineche, el reportero de reporteros de nuestro país.

"No soy más que un reportero y solamente los editorialistas creen en Dios", solía repetir el hombre que más y mejor hizo por el reporterismo

­Era un Graham Greene de Chamberí que hubiese preferido que los periódicos se editaran para siempre en papel de estraza. «No soy más que un reportero y sólo los editorialistas creen en Dios», solía repetir esa frase del autor de El americano impasible, para desmitificar el engranaje de los medios -y, de paso, el empavonamiento de muchos colegas-, en favor de su amado periodismo de calle (valga la redundancia). Sólo que, para él, la calle y la rabiosa actualidad eran muy hondas y muy largas. Si su paisano Miguel de Unamuno, igualmente castellano de adopción, acuñó la noción de intrahistoria, Manu Leguineche optó por convertirse en un intrahistoriador. Ese ha sido su oficio, como reportero y cronista, oscilando entre el autoexilio y el me-duele-el mundo.

Escéptico, melancólico y afable, parecería que, desde muy joven, hubiese reflexionado sobre el tiro que, respectivamente, se pegaron Hemingway y Larra –con cuyas prosas y talantes tenía puntos de contacto– y se hubiese aconsejado a si mismo que, antes que imitarlos, merecía la pena darse un garbeo a observar in situ los tiros planetarios. Aunque algunos pudieran tomarlo por un travestido de Oriana Fallaci, o por un Miguel de la Quadra grueso y con boina, fíjense si no hay unamunismo en sus apreciaciones: «Me duele que lo trascendente sea cada vez más efímero, pero me consuela saber que, al mismo tiempo, lo efímero es cada vez más efímero».

Y prosiguió, en aquella nublada mañana de enero de 1989, observo que hace ahora un cuarto de siglo exacto: «¿Que qué es el periodismo? Muy sencillo: la denuncia de cualquier forma de abuso de poder. Por eso tiene que ser necesariamente reflexivo, porque la actualidad responde siempre a un contexto: no es coyuntura sino vigencia. Y esa concepción del periodismo es la que se está perdiendo».

Peripecias

Lo entrevisté en su despacho de la Agencia Lid, en un edificio señorial de la madrileña calle Zurbano, y mitigó de este modo sus peripecias épicas por el mundo: «Sí, es la aldea global, pero no es más que una aldea». Uno acudía con el nerviosismo del neófito que se encuentra por primera vez ante un gigante de la profesión. Pues, todavía en su cuarentena, Leguineche era ya un prestigios miembro de La tribu, como se titula uno de sus libros emblemáticos, con múltiples premios y reconocimientos en su haber, que no sólo venía de vuelta, sino de darle varias veces la vuelta al mundo. Sin embargo, no hizo falta, siquiera, romper el hielo para que apareciera Manu. Casi un oso de peluche de dimensiones humanas, bondadoso y empático como él solo, además de completamente descreído, que trasmitía un culturón en vivo, presencial, orgánico, de esos que alimentan, en cualquier área o tema que tocara. Si bien había en su mirada esa pátina acuosa, falsamente esquiva, de quienes combinan el afecto franco con el rubor y el escepticismo.

Cuando llevábamos casi una hora de conversación, caí en la cuenta de que, en realidad, era él quien le estaba entrevistando a uno, ávido por conocer al detalle qué opinaban las nuevas generaciones del periodismo y de la vida. Él mismo se consideraba ya entonces una especie en vías de extinción. La de los periodistas de guerra que dictaban sus crónicas por teléfono, cerca de las barricadas, y encima, con la capacidad de reflexión contextualizadora –intrahistórica, decíamos– de Manu Leguineche. «Nos habituamos a hacer un roto con un descosido. Teníamos que ser igual de todo-terreno que el todo-terreno en que nos movíamos, y, sobre todo, la vida era inseparable de la profesión, en aquel periodismo ambulante. Hoy, todo eso ha sido desplazado por el corresponsal específico, que sirve noticias mucho más enlatadas. No me parece mal, pero me quedo con lo otro», manifestaba. Se sentía ya un miembro de La tribu, justamente, que aludía a los periodistas de guerra, pero también, en el fondo, a los periodistas de raza, en general. Estos se caracterizaban por lo que Leguineche denominaba ahí la triple D: Divorciados, Deprimidos y Dipsómanos...

Me sorprendió ver una cocinilla de gas, junto a una selva de recortes de periódicos subrayados, en aquel despacho noble del director de una Agencia de Noticias. Comprendía que era, en realidad, un cuartel de campaña para aquel aldeano global con residencia en ninguna parte. Así fue siempre –«pero el viajero que huye», dice el tango– hasta que la enfermedad lo postró en una silla de ruedas y se refugió en una aldea real de La Alcarria. Sonreía abierto y ladeado, a un tiempo, hiperafectivo, bonachón, pero tímido, escéptico, existencialmente escaldado. Y es que, ya entonces, él mismo padecía la triple D de su diagnóstico. No sé si exactamente deprimido, pero sí con un considerable hastío, como si se sintiera desplazado mientras no volvía a desplazarse (Una épica de la melancolía, era el título de aquel perfil-entrevista). También dipsómano, aunque más bien de vino tabernario, acompañando a su adicción al mus («Ya los jóvenes periodistas no soplan como soplábamos nosotros», dijo). Y, en cierto modo, también divorciado, pues aunque nunca se casó, había sido pareja durante años de la periodista Rosa María Mateo, y es célebre la anécdota; cuando, muchos años después de la ruptura, ésta le entrevistó en un programa de televisión, y le preguntó por su vida de periodista aventurero, en qué momento se produjo la experiencia más excitante, Leguineche respondió, en directo ante la cámara: «Cuando te conocí...».

Tenía, ciertamente, un sentido del humor lapidario. Cuentan que, subido a un avión que parecía a punto de estrellarse, mientras todo el pasaje gritaba, se volvió impasible y sonriente a la azafata y le dijo: «Señorita, no le importa y me da la extremaunción». Pero, sobre todo, tenía una inusitada capacidad de conversación, al tiempo culta y amena, tanto más infrecuente cuanto venía acompañada de una afectividad y generosidad que ni pedía ni esperaba nada a cambio. Pese a ser hipercrítico con las instituciones y con el envilecimiento del éxito («en este oficio hay demasiada gente que adora al becerro de oro», decía), tenía una disposición proverbial para llevarse mejor que bien con los periodistas más dispares, al punto de cultivar la amistad de gentes del gremio que entre sí se tienen la guerra declarada. Acaso, ese fue su mejor aprendizaje como reportero entre las barricadas.

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