Experto en neurofisiología

"Curar la muerte supondría acabar con la vida"

El biólogo Xurxo Mariño lleva la ciencia a la barra del bar

09.04.2016 | 17:15
El experto en neurofisiología Xurxo Mariño, con la maqueta de un cerebro.

La ciencia es una actitud y no una profesión, defiende categórico Xurxo Mariño (Lugo, 1969), doctor en Ciencias Biológicas y profesor del Departamento de Medicina de la Universidad de La Coruña, empeñado en introducir sus conocimientos de neurofisiología hasta en los bares, combinando método, rigor, escepticismo y espectáculo. Con un lenguaje ameno y alejado de la pomposidad académica consigue pronto que los parroquianos tras el shock inicial se olviden del chato para engancharse a sus provocadoras explicaciones. A veces lo hace acompañado de un actor para fomentar el pensamiento crítico, en lo que él ha bautizado como ´emboscada científica´. Especializado en el estudio del sistema nervioso y del encéfalo, Mariño arremete en esta entrevista con Epipress contra quienes se proponen curar el envejecimiento para lograr la inmortalidad porque, eso, sostiene con firmeza, es que no han entendido nada ya que «supondría acabar con la vida». Su conclusión es que «cualquier persona que quiera comprender su mundo es un científico». Es justamente lo que hizo este ´vagamundo´ en 2014 con su pareja, la abogada y empresaria Elisa Couto, con la que dio la vuelta al mundo en once meses.

Señor Mariño, ¿puede dedicarse cualquier persona a la ciencia?
Desde luego. Hay algo que no me canso de repetir y es que la ciencia no es una carrera o un título, sino una actitud para tratar de comprender el mundo, actitud que se sustenta en la prudencia, la perseverancia, el rigor metodológico y el escepticismo. Cualquier persona que se enfrente a la comprensión de su mundo con esa actitud es un científico.

Quizá por eso enseña usted la ciencia hasta por los bares.
Hay que ir a donde está la gente, no esperar que se acerquen a un auditorio a escuchar a un conferenciante, porque esto último muchos nunca lo hacen. Además, en muchos pueblos pequeños, que es donde están los bares que me interesan para hacer divulgación, normalmente hay pocas oportunidades de asistir a eventos de ciencia.

¿En qué consiste la ´emboscada científica´ que usted propone en su proyecto divulgador?
Precisamente en plantarse en un local lleno de paisanos que no esperan asistir a una charla científica, sino que han ido allí a tomarse unos chatos. La respuesta es siempre magnífica y, aunque al principio nos podemos encontrar con miradas de desaprobación, al final casi todos se quedan enganchados.

Ha llevado su espectáculo Discurshow por Galicia, por el resto de España pero también a Londres. ¿Me puede desarrollar un poco cómo es esa actividad y qué resultados obtiene?
En Londres he dado charlas en el instituto español Vicente Cañada Blanch y también una charla en un pub bastante refinado del centro, pero no hemos hecho allí el Discurshow. Esta última actividad es una mezcla de charla de divulgación y teatro. Participamos dos personas, un actor profesional y yo. Se trata de transmitir conocimientos científicos de manera entretenida, apoyándonos en la capacidad expresiva y en la narrativa del teatro.

Y lo hace acompañado de un actor?
En efecto. Mi papel consiste esencialmente en dar una charla, pero estoy apoyado por un montaje teatral que convierte el evento en un espectáculo, gracias al trabajo del actor Vicente Mohedano. En lugar de quedarnos en una presentación de powerpoint, el conferenciante interacciona con el actor para recrear algún momento histórico, o para transmitir de forma muy visual algún concepto científico. El papel de Vicente en el Discurshow es muy creativo y, por momentos, divertidísimo.

¿Por qué sintió la necesidad de escribir el libro Neurociencia para Julia?
Es un libro que me pidió la editorial Laetoli. Al principio me pareció un poco complicado sintetizar en un libro no muy largo la esencia del conocimiento neurocientífico, pero creo que al final quedó bastante decente. Decidí escribir ese libro sin acceso a Internet ni a mi biblioteca: me fui al norte de Italia durante un mes y lo escribí allí, de memoria, contando lo mismo que le diría a alguien en un bar, con un tono sencillo y poco académico.

¿Cuál es la conclusión más relevante de sus investigaciones sobre el encéfalo en colaboración con el Massachusetts Institute of Technology (MIT)?
Que una parte importante de la construcción que hace el cerebro de las imágenes que percibimos no está definida por la supuesta arquitectura rígida de las conexiones neuronales, sino por las conexiones funcionales que se establecen ad hoc, según la propia alimentación sensorial que se recibe en cada momento.

¿Tan importante es para nosotros el encéfalo?
Es lo que construye, a cada instante, la mente. El encéfalo es la materia que crea el ´yo´.

¿Es el origen de nuestra capacidad de atribuir un valor simbólico a las cosas?
No cabe otra posibilidad. Esa capacidad tan extraordinaria que tenemos los seres humanos de manejar símbolos, que hacemos de manera natural y sin despeinarnos, se genera por la actividad conjunta de 86.000 millones de células nerviosas. Sabemos que sale de ahí, pero todavía no tenemos la menor idea de cómo lo logramos, ni de cómo se desarrolló en el proceso evolutivo.

¿Hasta qué punto podemos llegar a conocer el mundo en que vivimos?
Conocemos una parte sustancial de ese mundo, ya que somos el resultado de la confrontación evolutiva de nuestros ancestros con lo que hay ahí afuera, sea lo que sea. Pero también es cierto que todo lo que percibimos es una construcción, una realidad virtual generada por el encéfalo. El grado de aproximación al mundo físico en el que nos movemos es un problema filosófico importante, ya que es difícil salir del círculo vicioso de nuestra mente, que depende precisamente de unos sentidos que nos informan de manera parcial de la sopa material en que nos movemos.

Al parecer, no es verdad que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro. ¿Por qué se ha extendido esa creencia?
Efectivamente, no es verdad. Todos utilizamos el 100% de lo que tenemos en cada momento dentro del cráneo. Es probable que esa creencia se haya extendido por el hecho de que, si fuera cierta, estaría abriendo supuestamente una posibilidad para la extensión de nuestras capacidades. Una idea de superación con un toque romántico y, al mismo tiempo, innecesaria, ya que el hecho de que utilicemos el 100 % no quiere decir que no podamos sacarle más partido a la máquina. Lo importante es cómo se usa ese 100%: podemos dormirnos en la complacencia y quedarnos como estamos, o darle trabajo al encéfalo con actividades que requieran algún esfuerzo cognitivo y, de esa manera, favorecer el establecimiento de nuevas conexiones neuronales.

¿En que nos diferenciamos nosotros de una máquina capaz de realizar nuestras funciones?
Depende de qué funciones se trate. Las máquinas pueden realizar cálculos matemáticos con una velocidad muy superior a la nuestra, y almacenar muchos datos de manera fiable en su memoria. Por otro lado, nosotros somos, por el momento, mucho más eficaces a la hora de realizar movimientos complejos con elegancia y precisión, como darle la vuelta a una tortilla, bailar o montar en bicicleta.

¿Somos sólo un conjunto de moléculas que accionan entre ellas?
Hasta donde sabemos, en el universo lo que hay es materia (esencialmente materia ordinaria formada por átomos con protones, neutrones y electrones, junto a un pequeño zoo de partículas exóticas y efímeras) y energía (por el momento cuatro tipos de fuerzas: gravedad, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil). Cualquier cosa en el universo que conocemos resulta de la interacción de esas partículas y esas fuerzas. Nosotros y concretamente nuestra mente es uno de sus productos más fascinantes.

¿Podrá la inteligencia artificial parecerse a la inteligencia humana y llegar a tener también una mente que interprete las cosas de forma simbólica?
Aquí hay dos problemas. El primero es que, por el momento, ni filósofos ni neurocientíficos saben cómo abordar el problema de impregnar de carácter simbólico a una máquina. No tenemos manera de hacerlo porque tampoco conocemos con detalle cómo lo logra nuestro encéfalo. Pero, incluso en el caso de que fuésemos capaces de construir una máquina con capacidad simbólica, y aquí está el segundo problema, tampoco sabemos cómo podríamos hacer para asegurarnos de que es así. Para ello tendríamos que ser capaces de ´meternos en la mente´ de la máquina, pero no sabemos cómo. De hecho, en principio cada uno de nosotros tampoco lo puede hacer con la mente de los otros seres humanos, problema que solucionamos con un concepto filosófico que llamamos Teoría de la Mente: suponemos que los demás tienen mente como nosotros y que no son unos zombis simplemente porque es la solución más sencilla y coherente.

¿Cómo surge nuestro yo de la materia?
Todavía estamos lejos de comprenderlo bien. La idea más extendida en la neurociencia actual es que se trata de una propiedad emergente, una propiedad que no se puede predecir por el funcionamiento de las partes aisladas. Es un salto cualitativo que surge probablemente por la complejidad que se deriva de tener muchas neuronas con una red de conexiones determinada. Se sabe que, en el funcionamiento de un encéfalo sano, para que surja la mente es importante que las distintas regiones, los distintos núcleos cerebrales, se conecten entre sí con eficacia, y además que produzcan una actividad sincronizada determinada. Si fallan las conexiones, como por ejemplo en casos de estado vegetativo, o si las neuronas no se organizan funcionalmente de una manera específica, como ocurre por ejemplo de manera temporal durante el sueño profundo, se pierde el yo.

¿Qué son los recuerdos?
Son la reactivación temporal de grupos neuronales concretos, unidos funcionalmente entre sí mediante conexiones que se han reforzado mediante la experiencia.

¿Cómo se fabrican en mi mente?
Dicho de manera sencilla y resumida, los recuerdos se fabrican mediante el afianzamiento de las conexiones entre grupos de neuronas. Paradójicamente, como el sistema no es rígido, cada vez que se accede a un recuerdo se modifica en cierta medida.

¿Qué me pasa cuando estoy dormida?
El sueño tiene distintas fases, y cada una de ellas genera estados mentales distintos. En algunos casos existe consciencia, como en el sueño REM, que es la parte en la que solemos tener ensoñaciones. Se trata en este caso de una consciencia desorganizada y desligada en gran medida de las entradas sensoriales. En otros casos el cambio en la actividad neuronal es tan grande respecto a lo que ocurre durante la vigilia que la mente, el yo, deja de existir; esto es lo que ocurre durante el llamado sueño profundo. A nivel de actividad neuronal estos estados se conocen bastante bien y, en general, la existencia de un estado u otro depende del grado de sincronización entre grupos más o menos grandes de neuronas.

¿Es la muerte un sueño definitivo?
No es ni siquiera un sueño. Es, más bien, dejar de existir. Si el encéfalo deja de funcionar, ya no hay nada que produzca mente.

¿Qué opina de las investigaciones que tratan de concluir que la vejez es una enfermedad y que es por tanto curable?
Quien opina eso no ha entendido cómo se ha desarrollado la vida en este planeta. Todos los que estamos vivos en este momento somos producto de la vejez y la muerte de nuestros ancestros. La muerte es inherente a la vida mediante la creación de variabilidad, adaptación genética y, por tanto, de formas de vida eficaces. Curar la muerte, en el dudoso caso de que eso fuera posible, supondría acabar con la vida, ya que se comprometería en gran medida el proceso adaptación evolutiva.

¿Por qué ha caído en descrédito el psicoanálisis?
Porque no es ciencia, sino una colección de meras suposiciones sin contrastar que nunca han pasado el tamiz de la metodología científica.

¿No tiene ningún valor la interpretación de los sueños de Freud?
El trabajo de Freud es muy valioso conceptualmente, ya que enriqueció los procesos mentales que podemos contrastar fácilmente mediante el comportamiento con esos otros procesos, que él llamó subconsciente, que están también ahí, en la intrincada arquitectura de nuestra mente. Lo que no tiene valor científico es, a partir de esa idea tan poderosa, inventarse una explicación para el sentido de nuestros sueños y temores.

¿Es bueno ejercitar las neuronas para prevenir enfermedades como la demencia senil o el Alzheimer?
Parece ser que sí. El ejercicio mental mediante tareas que supongan un cierto esfuerzo cognitivo, como aprender un idioma nuevo, jugar al ajedrez, leer libros, realizar ejercicios de lógica y matemáticas, etc., tiende a generar conexiones nuevas entre neuronas y esto siempre ayuda a reforzar la solidez de nuestra arquitectura encefálica. También es importante el ejercicio físico, ya que es una manera muy eficaz de incrementar el aporte de nutrientes y oxígeno a las células del encéfalo. Las células que llevamos dentro del cráneo están permanentemente muy hambrientas; hay que alimentarlas muy bien.

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