Reflexiones

La velocidad a la que circula hoy la vida

Triunfa el movimiento slow y la resistencia ante las fauces devoradoras del tiempo social

18.06.2016 | 17:47
El ideólogo del movimiento Slow, Carl Honore.

Bauman equipara el ritmo de la existencia actual con la de "viajeros apostados en el andén que ven partir el AVE, uno tras otro, sin poder subirse nunca"

La vida ya no es aquel «metro a punto de partir» con que Joaquín Sabina metaforizó en su día el furor de la movida madrileña. Mucho más ansioso que eso, el pensador Zygmunt Bauman sitúa como representación del tiempo actual la imagen de trenes de Alta Velocidad pasando a todo meter, uno tras otro, delante de nuestras narices, mientras permanecemos apostados en el andén, sin que nos dé tiempo a subirnos a ninguno de ellos. No lejos de esa idea, el filósofo Paul Virilo cifra en la «domiciliación de la velocidad» la gran paradoja de esta época, de modo tal que la velocidad constituye el lugar que habitamos; y lo que hayamos vivido anoche, sin ir más lejos, resulta ya tan antiguo y obsoleto como una noche de hace diez mil años.

No es ocioso que el escocés Carl Honore, líder del movimiento Slow (Lento), vaya ya por la enésima edición de su best (y long) seller Elogio de la lentitud, traducido a más de treinta idiomas y suplementado, además, con una saga de variaciones sobre el mismo asunto: Bajo presión, La lentitud como método, etcétera. Hasta hace un decenio, Honore era un periodista económico estresado, que tocó fondo al percatarse de que había perdido la paciencia para poder leerle con atención cualquier breve cuento a su hijo de dos años. Los gestos del infante protestando por que su progenitor se saltara las páginas le hicieron reflexionar sobre la necesidad de hacer más detenidamente y mejor cada cosa, en vez de la voracidad de hacer muchas cosas malamente en un tiempo récord, y de ahí surgió la redacción de Elogio de la lentitud, a caballo entre la narrativa de consumo y el manual de autoayuda, en el que, básicamente, reclama lo obvio: «Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo. Es el dominio de la cantidad sobre la calidad. Mientras que lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, instructivo, pausado, paciente y receptivo: Significa la supremacía de la calidad sobre la cantidad». El manual se ha convertido en la Biblia del movimiento Slow, cuyo principal líder y Pope es el propio Honore. Afincado en Londres, este mismo año ha consolidado su posicionamiento como gurú internauta, ofreciendo su asesoramiento o consejos espirituales prácticos en los más diversos módulos, relacionados con la lentitud: Ciclismo y lentitud, marketing y lentitud, enseñanza y lentitud, comida y lentitud€ y hasta promoviendo la creación de redes sociales que funcionen a un ritmo más lento del habitual. Esto es, el periodista británico se ha erigido en la más visible causa del paradójico furor de la lentitud€

En parecida onda, a partir de la razonable idea de que «el trabajo fue inventado para facilitarles las cosas a los de arriba», Tom Hodgkinson se muestra mucho más frívolo y contemporizador en su Elogio de la pereza, conminando al personal a permanecer en la cama como única medida de sublevación posible. Y, por su parte, el periodista italiano Carlo Petrini nos previene contra «la era del furor» y la galopante americanización de la cultura europea, a través de un fastfood que se apodera ya de todos los ámbitos de la creación y la recepción artísticas y culturales.

En resumidas cuentas, mientras los antiguos sesentayochista proclamaban «Paren el mundo, que me bajo», el deseo latente más extendido hoy día podría consignarse de este modo: «Paren el reloj, que me vuelvo a mi mundo». Frente a las fauces devoradoras del tiempo social, que nos someten, cuando menos, a un ritmo de lavadora centrifugada, primaría el anhelo de recobrar el propio tempo interior; sustituir la trincada imagen de nuestro rostro proyectada en el retrovisor del ir como una moto, casi invisible a causa de la velocidad, por la que sabemos relajada, pausada y apaisada, en el reflejo del cristal del reloj de arena. Desconectar el automatismo del acelerador, y reiniciarnos en la lenta moviola del paladeo y del pedaleo –de la propia boca y el propio pie–, para bullir a fuego lento al baño-maría.

Aspiramos a alcanzar, en efecto, el ala-delta de la velocidad de crucero, y sentirnos, por una vez, de veras, manos libres. Pero, en el tiempo espiral y borrascoso que nos ha tocado en suerte –como si viviéramos en el modo avión– una lucecita roja nos recuerda, a cada nueva inminencia, que somos – «atención, tripulación, elevando rampa»– carne voladora, concebida para emprender, aun desde el aire, un nuevo despegue inmediato. En el estío, cuando la luz se alarga y, en los mejores casos, la empresa deja de embarazarnos y nos da el mes, para que vivamos el período a pierna suelta, el deseo se vuelve más consciente, y, a la vez –acaso como antídoto de la provisionalidad–, nos volvemos más zumbones. Lentitud obliga, y no hay ni una sola acepción de ese término –por oral o por escrito, por Google o por RAE– que no lo sitúe en relación a una expectativa a menudo peyorativa (»va lento», «retardado»...), y sólo ocasionalmente elogiosa, como un merecido asueto del reloj en fiestas de guardar, para el séptimo día de la prisa... El refranero deja en tablas la partida, conminando a la sonámbula esquizofrenia de pegarse el madrugón –A quien madruga, Dios le ayuda- y, al mismo tiempo, no hacerlo, con el recordatorio de que No por mucho madrugar amanece más temprano... Del mismo modo ¿qué significa Time is gold? Remite por igual al frenesí de proseguir con la capitalización del tiempo (el oro es cuestión de tiempo) y a su disfrute, incluso, hasta el derroche: disponer al antojo del oro del tiempo.

Por seguir avizorando paradojas, releo este verso de Julio Llamazares, en su poemario La lentitud de los bueyes: «Todo es tan lento como el andar del buey sobre la nieve». Parece, en efecto, un contrasentido en un mundo atomizado y centrifugado como el que nos circunda y fagocita. Pero, bien mirado, es una verdad como un templo, ese lugar de recogimiento donde los cirios se consumen tan lentamente como, muy pronto, comenzarán a demorarse las chuletas en los chiringuitos playeros o, a su imagen y semejanza, se asarán, vuelta y vuelta, los cuerpos sobre las tumbonas. Bueyes de andar tórpido sobre la nieve, que precisan de alforjas para emular las gibas de los camellos en las dunas. La gélida estampa de aquel verso nos recuerda nuestra muda condición de seres aplazados y escindidos, perplejos ante la tozudez con que, a menudo, lo urgente se antepone a lo importante. Nos remite, también, o sobre todo, a esa extraña lógica del desfase, por virtud de la cual, muchas veces, los mejores frutos cosechados nos llegan sólo mucho tiempo después de la siembra, y por derroteros insospechados. Nueva ambivalencia: «La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve para nada», refunfuña un anciano personaje de García Márquez; pero, mejor tarde que nunca, llega un momento en que nos apercibimos de que la lenta degustación y el saboreo temporal es la única posibilidad creadora: que darle tiempo al tiempo es la esencia misma de cualquier arte.

No por nada, antes de optar por una vida contemplativa y sosegada, el poeta de Isla Mauricio Malcolm de Chazal (1902-1981) se preguntaba: «El futuro está delante de nosotros y el pasado, detrás, pero, en el presente, a nuestros ambos lados, ¿qué clase de tiempo se encuentra?»... La respuesta es que se encuentran los dos: el presente que aniquila el pasado y corre desaforado hacia el futuro incierto, con la lengua fuera, y el presente detenido, que se ofrece, justamente, como un presente, y nos hace partícipes de cierta redención a través de la memoria. En efecto, conforme a nuestra condición de seres «escindidos», con que nos catapultaran en sucesivos planos Freud, Marx y Nietzsche (que para Paul Ricoeur componen la tríada de «la escuela de la sospecha», y que, tal vez, siguen siendo, respectivamente, los cimientos de las tres cosas que hay en la vida: salud, dinero y amor), a un costado nos azuza un velocista intratable, tan neurótico como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, cronómetro en ristre, mientras que, al otro lado, nos tira de la manga un reflexivo corredor de fondo, sugiriéndonos la necesidad de repostar a cada nueva escala, y hasta de responder, a cada nueva demanda intempestiva, como el Bartleby del célebre relato de Herman Melville (1819 - 1891): «Preferiría no hacerlo...».

Sólo que el tiempo es siempre más poderoso que sus usuarios. Él es el único capaz de ostentar la tan ansiada eterna juventud, según el lúcido y divertido aserto de Manuel Alcántara: «Por el tiempo no pasan los años». Como proclamaba, ya más que nonagenario, Gonzalo Rojas (1916 - 2011), -de quien a finales de este año se cumplirá un siglo de su nacimiento-: «Es evidente que somos del tiempo, pero quisiéramos no serlo. Quisiéramos ser de repente. Nos gustaría estar dotados de la atemporalidad que otorgamos a los astros. Por último, me viene mucho a la cabeza un verso que escribí a los 25 años: «El sol es la única semilla», y creo que nos la pasamos midiéndonos con él. En realidad, quisiéramos ser como los divinos, de repente: ser en todo momento «de repente», lo que implicaría la abolición del tiempo. Como eso es imposible, nos sentamos a componer despacio».

En su novela La lentitud, Milan Kundera se mofa de la relatividad del concepto, superponiendo diversos períodos históricos; pero establece una regla de oro de la aritmética existencial: la directa relación entre la velocidad y el olvido. Los grandes metapoetas contemporáneos, que han hecho de la reflexión poética el principal objeto de sus versos, alertaron con su ejemplo de esa ecuación, fundando una necesaria cosmovisión circular y sincrónica del tiempo y, por tanto, de la actividad creadora. «Mientras vivimos, todo es la metamorfosis de lo mismo», señalaba el propio Rojas. «Por eso, nunca le he tenido miedo a la muerte; sé que ella me acompaña desde que era niña; que nació en el mismo instante que yo. Porque, querámoslo o no, como bien supo Eliot, se nace y se desnace a la misma hora».

José Ángel Valente (1929-2000) sentenció en sus diarios que «sólo en el péndulo parado se inscribe en verdad el ser del tiempo», y contra «la falacia» de la linealidad temporal, argumentaba, con sumo lirismo: «Porque hay tantos después que envuelve ya el pasado y tantos antes no nacidos nunca».

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