Secretos de las alcobas reales

Las cortesanas y los reyes: historias de la Historia

Pocos son los monarcas españoles de los siglos XIX y XX que no hayan tenido sus devaneos con las estrellas más famosas
y deslumbrantes del momento

15.07.2017 | 19:29
De izquierda a derecha, de arriba a abajo, la princesa Corinna, Fernando León y Castillo, Bárbara Rey, Alfonso XIII, Sara Montiel, el rey emérito Don Juan Carlos, Zsa Zsa Gabor y Nadiuska.

Documentos del Centro Nacional de Inteligencia se han filtrado recientemente en los medios de comunicación y han delatado que nuestro Rey emérito llegó a compartir las sábanas con una de nuestras más famosas vedettes. Aunque era un secreto a voces desde hace muchos años, no queremos entrar en la disyuntiva si el episodio fue o no real. De ser así, el asunto no tiene por qué sorprender ya que formaría parte del tradicional rol de los soberanos. Prácticamente, pocos son los monarcas de los siglos XIX y XX que no hayan tenido sus revolcones con las estrellas más fascinantes del momento.

La felicitación de los príncipes en los camerinos de las coristas aportando una pulsera de brillantes amarraba el compromiso. Y como el regalo estaba aromado por una majestad o alteza real, solía resultar imposible que las meretrices no se acomodasen al deseo de los augustos demandantes.

Si la frase es apropiada, a nuestro emérito se le podría aplicar que de "casta le viene al galgo". Su padre, disfrutó de lo lindo con actrices de prestigio. Y no digamos su abuelo, el ardoroso Alfonso XIII que no dejaba óvulo sin fecundar. El bisabuelo, Alfonso XII, era asiduo a los corrales de comedias y sus asuntos de faldas llegaron a enfermar del corazón a su segunda mujer, la Reina Regente. Parangón aparte merece señalarse la figura de la tatarabuela, la infeliz Isabel II, desvirgada a los trece años por Salustiano Olózaga, el ministro de jornada que se aprovechó de las escasas cualidades intelectuales de la niña reina para sus fines. La relación de los ascendentes de nuestro emérito soberano seguiría incluyendo en la nómina, por ejemplo, a Fernando VII, a quien se tuvo que confeccionar un aro almohadillado para reducir el tamaño de su miembro viril que tanto asombro causaba a sus conquistas.

Isabel II

Para comprender la debilidad de la reina y aun intentar disculparla, su cruel destino se inicia al obligarla su madre a contraer matrimonio con el más impresentable de los candidatos. Si además del trágico propósito se tiene en cuenta el desperezo de la lívido de la muchacha, la influencia de la desmadrada corte que frecuentó desde la misma cuna, y el ejemplo de su ninfómana abuela, María Luisa de Parma, la reinecita Isabel era, a los dieciséis años, una damita atractiva y vivaz que superó ampliamente a su antepasada en el desenfreno sexual y que fue manipulada desde niña por una recua de prohombres civiles y militares de la corte.

El hambre de vivir de la pequeña soberana comienza de manera precoz. La historia señala como punto de arranque el 8 de noviembre de 1843. Aquel día, por la tarde, el audaz político citado, Salustiano Olózaga, Presidente del Consejo de Ministros, con su cartera bajo el brazo se presenta en el Palacio de Oriente para la firma. Entre los tres decretos que lleva está el de la disolución de las Cortes. Olózaga tiene que indicarle con el dedo a la niña Reina el lugar en que hay que firmar, y le coge la mano para guiar el movimiento.

La proximidad de un hombre maduro con experiencia, que a su vez va a pasar demasiadas horas despachando asuntos de estado, no resultaba difícil para que Isabelita sintiera que el hervor de su sangre caliente la llevará más allá de la simple rúbrica «Yo la Reina», y el ambicioso, atractivo y soberbio ministro, de treinta y ocho años, se aprovecha y consigue desflorarla, iniciándola el corrupto mandatario en una larga estela de amores prohibidos. La Reina acababa de cumplir trece años, una edad en la que ya comienza a demostrar su capacidad para manifestar abier- tamente su predilección por el líder progresista que la había deshonrado. La relación con el ministro riojano se acaba pronto tras un breve proceso político al ser exonerado de sus cargos. De inmediato hay un nuevo sustituto que responde por el nombre del «general bonito».

León y Castillo

En la historia de los galanes de la soberana castiza no puede obviarse el nombre del teldense Fernando de León y Castillo. El canario era doce años más joven que la Reina, y en su juventud había sido un hombre guapo y atrayente por su desbordada personalidad. La intimidad que disfruto doña Isabel con el embajador isleño se refleja en muchos pasajes de sus extensas biografías. En las frecuentes tertulias que ambos mantenían en el Palacio de Castilla de París, la reina cenaba a menudo con el diplomático canario, y lo colocaba frente a ella. Un día, al sentarlo en el asiento privilegiado de la mesa, don Fernando no puede reprimir una socarrona sonrisa. Al percatarse la Reina, inmediatamente manifestó: «Sé lo que piensas. Te estás diciendo: ocupo el sitio de Francisco de Asís. Déjame decirte que eso no es difícil».

De buen comer y gustosa del cocido madrileño, acompañándolo de postre un rebosante tazón de arroz con leche, la castiza y robusta dama también era adicta al chocolate. Esta afición hizo que el isleño le enviara todas las semanas una caja de bombones, que la glotona Isabel, siempre tan espléndida, agradecía el detalle con puntuales obsequios: hoy una cigarrera de plata, mañana una escribanía del mismo metal, y más adelante una botonadura de brillantes y un pastillero de oro con una gran esmeralda surmontada de corona real. Este último regalo encierra una anécdota divertida que demuestra, una vez más, que la generosidad de la soberana rayaba a veces en el despilfarro: Los embajadores de España habían acompañado a la reina a la ópera.

En medio de la función, a la futura marquesa del Muni le entra una ahoguina de tos, y doña Isabel, que estaba a su lado, se apresuró a sacar del bolso el pastillero para que la embajadora aspirara algo que había dentro y pudiera calmarla. A su término, Mercedes de Retortillo intenta devolverle la cajita a la Reina, y ésta, con la mayor naturalidad, le dice: «¡No hija, no! No tengas la buena costumbre de devolver lo que te prestan». Hoy muchos de estos regalos se encuentra en la Casa Museo León y Castillo de la ciudad de Telde.

Alfonso XII

Hijo de Isabel II y del valenciano Enrique Puigmoltó Mayans, un militar de treinta años que en aquel momento era el pollo favorito de la corte, Alfonso XII dejó en su breve paso por la historia una larga estela de amantes. Su mujer sabía desde que se casó que su marido siempre estaba ausente de la cámara nupcial, porque constantemente estaba entretenido en amores fáciles, y tanto se hallaba en brazos de una aristócrata señora como en los de una estanquera de la Puerta del Sol. De amplios y variados gustos, el rey, bajo el título de Marqués de Covadonga, lo mismo alternaba con rubias que con morenas. La maldita tuberculosis -al decir de sus biógrafos- «ponía en la sangre del soberano la negra pimienta de un apasionado desenfreno sensual». A su prematura muerte, la Reina Regente con furia desterró de España a todas las que fueron destacadas favorecidas de su marido: la bella contralto, Elena Sáenz con sus dos hijos mellizos, terminó en Niza. La cantante de ópera, Adelina Borghi, alias la rubia, en Italia, y la canario cubana, Caridad Madan, en París con sus dos pequeños retoños, Cristina y María Pía.

Alfonso XIII

El palmarés lo aumenta el hijo del anterior. Con diecisiete años acabados de cumplir, el joven rey tuvo un escarceo con la actriz cómica de zarzuela, la sevillana Julia Fons, cuatro años más vieja que el monarca, a la que don Alfonso se atrevía pasear en carruaje con cochero de librea clara. Aquel mismo año, el adolescente soberano dejó preñada a una aristócrata francesa, de la cual tiene su primer hijo, Roger, que será, por tanto, el primogénito del rey. Cuando Alfonso XIII cumplió los 19 años de edad, ya era un consumado experto en saborear toda clase de fruta prohibida. Con aquella edad realiza su famoso viaje a las Islas Canarias, en donde las crónicas isleñas registran su visita de incógnito, bien entrada la noche, al prestigioso burdel de La Loreto de la calle García Tello de Vegueta.

Larga sería, pues, la lista extraoficial de las aventuras del monarca. De aquellas primeras andanzas se tendrá que incluir las pasadas luego en los brazos de las vedettes Laura Land, Celia Gámez y la Bella Otero. Especialmente se conoció la que mantuvo con la actriz Carmen Ruiz Moragas, con la que tuvo dos hijos robustos y sanos y que la reina Victoria Eugenia hacía responsable de aquel enredo al Marqués de Viana. Tanto fue así, que del varapalo que le dio la soberana a don José de Saavedra por habérsela presentado, al aristócrata,tuvieron que sacarlo de la cámara real casi inconsciente y aquella misma noche murió.

Don Juan, conde de Barcelona

Se asegura que don Juan era un hombre de gran encanto personal y no le faltaron aventuras galantes. Está acreditada la pasión sentida por una señora griega, y se señala que al poco de establecerse en Portugal tuvo un escarceo con la estrella recientemente fallecida, Zsa Zsa Gabor. Si bien el Conde de Barcelona sentía una irresistible debilidad por las mujeres, su entonces atractivo era causa para que lo persiguieran las señoras, como aquella pesada condesa portuguesa, hija de una gran familia cercana a su círculo de Estoril, que no lo dejaba tranquilo. Su esposa, la sufrida Doña María, vivíaescudada en la tristeza, sentimiento que dicen fue la causa de sumergirla en el alcohol y en problemas psicológicos. La condesa de Barcelona llegó a decirle a uno de sus íntimos amigos que "su marido perdía con frecuencia la cabeza por las mujeres".

El emérito

Los mentideros, especuladores y chismosos cronistas asignan al ex monarca unas 1.500 conquistas femeninas las que han pasado por sus brazos. Se asegura que al comienzo de su reinado, Doña Sofía lo sorprendió en Toledo, bien arropado en el tálamo, con una famosa actriz española. Se añade que entre sus enredos figuran, entre otras, Sara Montiel, la cantante PalomaSan Basilio y la exuberante Nadiuska. Sus preferencias parece que son las rubias, altas y de una belleza serena, como la alemana Corina, aunque a lo largo de sus adquisiciones parece que ha habido para todos los gustos. Incluso, en la extensa lista parece que podría incluirse a la bella grancanaria María del Carmen, la beldad isleña que el entonces guardiamarina del Juan Sebastián Elcano persiguió en su viaje de 1963 entre Bandama, el Gabinete Literario y el Real Club Náutico insular.

Posiblemente, se nos ocurre conjeturar muy gratuitamente, fue una de las frustraciones del monarca emérito habría sido no haber podido conquistar a la más grande. Sin lugar a dudas, no estaría en el ánimo de la chipionera aceptar el ofrecimiento, pero al Rey le encantaba la cantante. El mismo lo llegó a decir cuando fue a ver a la andaluza a la reinauguración de la sala Cleofás de Madrid

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