Profetas del fin

Cuántas Tierras necesita el hombre

Recuperemos a varios autores que nos han advertido en sus libros y relatos sobre la catástrofe

04.11.2017 | 17:40
Niños en un inmenso vertedero en Yakarta.

Lecturas inquietantes

  • 1. 'Colapso'. Jared Diamond
  • 2. 'Cuánta tierra necesita un hombre'. Lev Tolstoi
  • 3. 'De animales a dioses'. Yuval Noah Harari
  • 4. 'El mundo en 2050'. Laurence C. Smith
  • 5. 'Un mundo feliz'. Aldous Huxley
  • 6. 'Oryx y Crake'. Margaret Atwood
  • 7. 'Dudo Errante'. Russell Hoban
  • 8. 'El mundo sin nosotros'. Alan Weisman
  • 9. '1984'. George Orwell
  • 10. 'La carretera'. Cormac MacCarthy
  • 11. 'Medio planeta'. Edward O. Wilson
  • 12. 'Investigación y Ciencia' (nº 482)

El planeta que habitamos parece haberse cansado de nosotros

Vivimos momentos de gran tensión medioambiental aunque miremos para otro lado mientras regamos los geranios y les quitamos unas hojas secas que hacen feo. El planeta parece cansado de nosotros, como si le sobráramos. Nos lo ha dado todo y nosotros no lo hemos cuidado nada. Nunca estamos satisfechos y queremos más y más y más. Manrique, Tolstoi y Jared Diamond, entre otros muchos, han intentado advertirnos de nuestra fatal actitud. Pero parece que ni caso.

El caso

Uno de los relatos más sabios y conmovedores de la literatura lo escribió el barbudo conde Tolstoi en el siglo XIX. Pocos se resisten a su aparente sencillez y a su compleja enseñanza. Ignoramos su tituló en ruso. En español lo tradujeron como ¿Cuánta tierra necesita un hombre? León Tolstoi estaba lleno de contradicciones. De joven se dejó atrapar por la vanidad y la eterna juerga del vodka, el juego y los desvaríos de los amoríos; de viejo parece ser que se sentía incómodo con aquello que lo rodeaba: la enorme hacienda de nombre impronunciable, la esposa con la que reñía, la riqueza que lo empobrecía, la gloria. En un arranque de aparente locura intentó renunciar a los derechos de autor. Amaba a Cristo y se volvió un fanático que lo mismo aprendía el humilde oficio del zapatero remendón que se iba a predicar los Evangelios entre los mujiks. Un día, ya plantado en el siglo XX, se hartó de todo y se marchó, octogenario, en un tren que quizás no llevaba a ninguna parte. Pocos días después fallecía en una estación perdida de la enorme madre Rusia. Fue una suerte de Quijote al que le faltó la compañía de un Sancho Panza.

En el relato se nos cuenta la imposibilidad de colmar los deseos del Hombre. Nada le descubrimos al mundo con esta obviedad. Pero es conveniente que nos lo recuerden a diario y que se convierta en un mantra que zumbe en nuestros oídos hasta que recobremos la cordura. Sintetizamos el argumento: a cambio de unas monedas que entrega a la tribu de los bashkirios, el campesino Pajom tiene libertad absoluta para poner los límites a la finca con la que siempre había soñado. Sólo tiene que marcar las cuatro esquinas de la parcela anhelada antes de que se ponga el sol. El protagonista (que somos nosotros) siempre ve una colina más hermosa a la que puede llegar y un riachuelo que lo anima a seguir la loca carrera por acercarse al fin. No pudo (no quiso) completar el rectángulo y con el último rayo cayó muerto. Sospechamos desde el principio que los bashkirios conocían el desenlace.

Lo inquietante en el cuento de Tolstoi es que al personaje se le daba una salida razonable que no quiso tomar. O dicho de otra manera. Que no pudo tomar. Sabiendo, porque en el fondo lo sabía, dónde radicaba la virtud, lo correcto, el justo medio, lo desechó y, altanero como son los de su especie, (que sueñan despiertos con el coche grande atiborrado de caballos y la piscina profunda en la que bucean doradas pieles tersas que nos rozan y electrifican) se entregó sin la más mínima vacilación al camino sin retorno de la perdición: la muerte en medio de la agonía. Cuanto más tenemos, más queremos y deseamos. Hace ciento treinta años que se escribió esta historia y seguimos sin querer asimilar sus enseñanzas. En ese espacio de tiempo, en ese tiempo de espacio, se han desviado el curso de grandes cuencas fluviales y se han lanzado al espacio cohetes y sondas y satélites. Hemos conejilmente multiplicado varias veces la población para luego diezmarla o cienmarla en un torbellino de guerras y horror y sangre. Se han agostado caladeros y destrozado la dulcísima capa de ozono por el nimio capricho de rociar con laca los tupés. Nada nuevo bajo el insobornable sol. Los últimos barriles de petróleo se expondrán en museos y seguiremos cebando el plantea pensando que siempre cabrán mil millones de personas más. Al fin y al cabo, nos enseñaron que donde comían tres, almorzaban sin problema cuatro. Y así hasta el infinito.

El ocaso

Jared Diamond cuenta lo mismo en su libro Collapse. En este caso sí entendimos el título y el traductor acertó de pleno al verterlo como Colapso. Diamond es un experto en pájaros que empezó en los 60 sus estudios de campo en Nueva Guinea y de una cosa saltó a otra hasta convertirse en una suerte de sabio que le mete mano a la historia, la lingüística, la zoología o la agricultura. Lo que se llama un tipo multidisciplinar. Nos extraña que aún no le haya caído alguno de los premios asturianos. Y después de tanto trajinar e investigar y publicar llega a una espantosa conclusión: si seguimos empecinados en el desenfreno consumista entraremos, con seguridad a lo largo del siglo XXI, en un estado de colapso que llevará a que una parte considerable de la Humanidad desaparezca o subsista en unas condiciones deplorables. Puede que ya nos pille a nosotros de lleno. Seguro que a nuestros descendientes. A lo mejor no hay marcha atrás.

El libro no tiene desperdicio. Repasa ejemplos de civilizaciones y culturas que jamás pensaron que desaparecerían por llegar a una situación de atoramiento. Como los anasazi, los mayas, los vikingos, Haití. La que más impresiona es la triste historia de la idílica Isla de Pascua. Cuando la visitó le llamaron la atención varias cosas. Los espectaculares moais, tanto aislados como dispuestos en plataformas llamadas ahu, la casi absoluta ausencia de árboles y las muchas estatuas dispersas por la isla en distintos grados de realización y abandonadas a su suerte, su muerte.

Aprendemos que la de Pascua era una sociedad no muy belicosa y que estaba dividida en tribus que competían entre ellas por ver quién era capaz de superar a los rivales en las construcciones megalíticas. No sólo era necesaria la piedra, obvio, sino que también se precisaban árboles para fabricar sogas con las que tirar y tirar y troncos para levantar y alzar, además de para construir canoas, techar las cabañas, obtener aceite y agenciarse un licor de melaza fiestero y colocón. Por erigir esos moais que admiramos nosotros y reverencian ellos fueron capaces de talar hasta el último árbol. Hubo alguien, dice Diamond, que cortó el último. Ya sin ellos se inició un lento declive: dejaron de salir a pescar a mar abierto, la dieta empezó a empobrecerse, vinieron épocas de hambrunas, se tuvieron que alimentar de ratas, recurrieron al canibalismo, fueron esclavizados por los chilenos... No es descabellado pensar que este capítulo también se podría haber llamado ¿Cuántos árboles necesita el Hombre?

El tortazo

Parece que sí, pero apenas hay diferencias entre el cuento del ruso y el relato del americano. Uno nos planteó el haz y otro el envés. En el fondo, en realidad, todos pensamos que podemos seguir la loca carrera del consumo, el desenfreno y el eterno crecimiento porque todavía hay tiempo para rectificar y recular y reconducir la situación. Que hay espacio más que suficiente para guardar, esconder y ocultar en la tierra, en el aire, en el agua los desperdicios que generamos a mansalva y por doquier. Qué ilusión. Qué espejismo. Menudo engaño. No hay más que acercarse a la obra de Laurence Smith, El mundo en 2050 o leer el espanto que en Oryx y Crake nos muestra Atwood.

El panorama, no lo vamos a ocultar, es a ratos desolador, apocalíptico, desquiciante: sequías cíclicas, huracanes furiosos, contaminación ambiental, erosión, deforestación, incendios, calentamiento, mutaciones genéticas. Un infierno que quizás quede simbolizado en el plástico. Ya tenemos montañas de plástico en Yakarta, una gigantesca isla de plástico en el Pacífico, el plástico que en forma de micropartículas indestructibles entra en la cadena trófica de los más diminutos pececillos, los boquerones o los jurelillos, y es entonces el acabóse porque terminaremos comiendo cachitos de plástico con pipirrana.

¿Hay entonces una salida en este laberinto? Es una respuesta que no estamos en condiciones de responder. En nuestro día a día nos limitamos a reciclar las pilas, a intentar clasificar la basura, a no regodearnos en placenteras duchas prohibitivas y a recordar unos versos de Jorge Manrique, de hace más de medio siglo, de cuando murió su padre y le entró la pena y le dedicó las conmovedoras Coplas. Y dicen: «No mirando a nuestro daño,/corremos a rienda suelta/ sin parar;/ desde que vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta,/ no hay lugar». La adaptación al español moderno es nuestra pero, vista la situación, tampoco tiene demasiada importancia.

El Antropoceno, una nueva era

El mundo científico piensa que en la década de los 50 se produjo el tránsito del Holoceno al Antropoceno, una nueva época geológica presidida por los residuos que generamos los humanos, los tecnofósiles. Cosas tan cotidianas como el plástico, el hormigón, el aluminio, los insecticidas, el carbono negro o el metano. A este cóctel ya de por sí explosivo habría que añadir el plutonio, da igual que sea el 239 o 240. Están por todas partes, aunque no los veamos.
Condicionan de tal manera nuestra existencia que se ya se habla de la tecnosfera como de una nueva capa artificial de la Tierra,  en la que metemos las ciudades y la miríada de objetos que las conforman, las vías de comunicación, los polígonos industriales, las grandes obras civiles o militares, los vertederos, en definitiva, todo lo diseñado por el ser humano y que seguirá aquí cuando nosotros ya no estemos.

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