LA OPINIÓN. MADRID
Los Callejeros Viajeros se desplazan en esta ocasión a dos paraísos turísticos para abordar la realidad más allá del turismo. En primer lugar, los reporteros Tábata Peregrín y Juan Antonio C. Arias se adentran por las playas caribeñas de República Dominicana, uno de los países más ofertados por los tour-operadores y uno de los más desconocidos del planeta.
Pasear por las calles de República Dominicana significa llenarse de música, ruido y buen humor. Bachata en cada esquina y un tráfico infernal son las señas de identidad de la que en 1492 se convirtió en la primera ciudad europea en el Nuevo Mundo. "Los dominicanos son solidarios, cariñosos y sabrosos", resalta Ana, una española que vive desde hace 16 años en República Dominicana.
Donde ni siquiera entran los propios dominicanos es en Capotillo. Para conocer el barrio más peligroso y superpoblado de la capital, Santo Domingo, hay que entrar de la mano de alguien respetado en la zona. El barrio está lleno de muescas de tiros.
De la aparente paz dominicana a la mágica Marrakech. En la Plaza Djemaa El Fna se reúnen, como en los cuentos infantiles, encantadores de serpientes, médicos sin licencia, amaestradores de monos, feriantes, artistas y buscavidas. Cada uno busca la difícil tarea de sobrevivir. Por los altavoces de las Mezquitas se emiten extractos del Corán cinco veces al día, con motivo de los momentos de rezo musulmán. Además, los herreros trabajan en malas condiciones el hierro para fabricar lámparas para palacios de lujo. Y a las afueras de Marrakech… un espectáculo centenario de los marroquíes.