Historias irrepetibles

Los remeros que enfurecieron a Hitler

En los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, la Alemania nazi sufrió una inesperada derrota en la prueba reina del remo a manos del equipo estadounidense, integrado por jóvenes que habían sufrido en sus carnes la Gran Depresión

25.01.2016 | 05:00
Tripulación del ocho con timonel de la Universidad de Washington que vencieron a la favorita en Berlín.

Hollywood trabaja desde hace tiempo en el guión de la epopeya que un grupo de jóvenes remeros norteamericanos vivieron en 1936 para protagonizar una de las grandes sorpresas que ha conocido la historia del olimpismo. Por su valor simbólico, en un tiempo en el que Hitler había decidido utilizar el deporte como propaganda de su régimen y de la supremacía de la raza aria, los cuatro oros de Jesse Owens estarán siempre por encima de cualquier otro acontecimiento sucedido en la capital alemana en la primera quincena de agosto. Los organizadores arrasaron en el medallero, pero por el camino se dejaron algunas victorias que consideraban en su mano y que supusieron un importante revés en su propósito. Una fue la derrota de la selección de fútbol en cuartos de final ante Noruega y otra tuvo lugar en el canal de Grünau donde el equipo germano encajó una inesperada derrota en la prueba reina del remo. Y a manos de quienes nunca se hubieran imaginado.

En octubre de 1933, tres años antes de llegar a Berlín, en un viejo hangar para hidroaviones de Seattle que la Universidad de Washington había adaptado para algunas de sus secciones deportivas, tuvo lugar la inscripción de candidatos para formar parte del equipo de remo. Para muchos jóvenes era la oportunidad de escapar de la miseria y poder estudiar.

En ese momento, Estados Unidos se encontraba en mitad de la Gran Depresión. Abundaban la pobreza y el desarraigo. Al hangar de Seattle llegaron muchos jóvenes a quienes la crisis había golpeado directamente. Agricultores, leñadores, pescadores acudieron con la esperanza de que el deporte les ayudase a salir de la miseria que tenía estrangulado a todo un país. Nadie representa mejor esa situación que Joe Rantz, a quienes sus padres echaron de su casa cuando apenas tenía doce años. Desde entonces, se había ganado la vida en la calle, conoce el hambre y la soledad mejor que cualquiera de aquellos muchachos que hacen cola junto a él.

Unos años antes, uno de sus tíos, enterado de la situación penosa en la que estaba, lo había recogido y trasladado a Seattle para que el menos tuviese un lugar seguro donde dormir. Como el resto de aspirantes, a Rantz le preguntan si está preparado para sufrir la dureza de un entrenamiento extremo. Contestó seguro que sí e inició entonces el proceso que le acabó dando una de las nueve plazas en el bote de la universidad.

Durante meses, el técnico Al Ulbrickson va realizando la criba entre todos los que superan las primeras fases del entrenamiento. El entrenador no solo quería fuerza sino también gente que tuviese capacidad para comportarse en el bote como un solo hombre. Entusiasta, sacrificada, pero humilde. En un tiempo en el que el remo había adquirido bastante notoriedad en Estados Unidos, la Universidad de Washington ansiaba superar a California, su tradicional rival en la liga del Oeste, para disputar la hegemonía nacional a los grandes conjuntos del Este.

A juicio de Ulbrickson nada se lograría sin que aquellos ocho hombres alcanzasen un grado de compenetración nunca visto en el mundo del remo. Fueron meses duros de trabajo, bajo las adversas condiciones que suelen adornar aquel estado: lluvia, frío, viento, nieve. Circunstancias que endurecieron aún más a una tripulación que finalmente formaron Joe Rantz, Don Hume, George Hunt, James B. McMillin, John G. de White, Gordon B. Adam,Dia Charles, Roger Morris y Robert G. Moch como timonel.

Para que nada faltase, la universidad había encargado el diseño de un nuevo bote al que bautizaron con el nombre del «Husky Clipper» y para el que se utilizó lo mejor que daban los frondosos bosques del estado y se imitó alguna de las técnicas de las tribus indias del noroeste.

El resultado resultó mejor de lo que imaginaba Ulbrickson, quien entendía el remo como una «sinfonía de movimientos». Estaba cerca de lograrlo con aquellos muchachos fuertes, alegres y esforzados. «Con gente así nuestro país acabará por levantarse», dijo cargado de fe en una recepción celebrada en la universidad.

El equipo arrasó a California en el Oeste y en 1936 consiguió el título nacional que daba derecho a representar a Estados Unidos en los JJOO de Berlín. Era algo que no estaba en su cabeza cuando iniciaron el proyecto, pero que fue tomando forma según pasaban los meses.

Les costó llegar a Alemania porque para costear los billetes en el barco hasta Europa tuvieron que realizar una intensa campaña de recaudación para lograr financiación.

En el canal de Grünau todo estaba preparado para que Alemania se diese un paseo en uno de los deportes que mejor representaban el espíritu que el régimen trataba de pregonar. Habían logrado el oro en todas las pruebas de remo, menos en la final por parejas en la que habían tenido que conformarse con la plata. Solo quedaba pendiente la final del ocho con timonel, la prueba reina del calendario en el canal del lago Langer.

Estados Unidos se había colocado en la final tras superar una serie clasificatoria sin demasiados apuros. Allí la organización les envió a la calle más próxima a las gradas, atestadas de público. Se calcula que más de 70.000 acudieron aquel día al canal. Los nazis querían apabullar en las pistas, pero también con su impresionante escenografía. La mejor zona del canal estaba reservada para los alemanes y sus aliados italianos, otro equipo condenado al podio. En una zona más sensible al viento y al oleaje, los americanos no escucharon la orden de salida.

«Larguémonos de aquí», dijeron los protagonistas que gritó Rantz antes de que el «Husky Clipper» se pusiese en marcha para afrontar los 2.000 metros de los que constaba la final. Alemania e Italia no tardaron en distanciarse por delante de Gran Bretaña, Hungría y Suiza. Al paso por la mitad de la prueba, EEUU iba último. Pero se produjo lo que Ulbrickson soñaba, la sinfonía de movimientos, la coordinación perfecta. Los ocho hombres aumentaron el ritmo de palada sin descomponerse un solo instante. Las horas de trabajo ateridos de frío y comidos por la humedad, cobraron entonces su sentido. Fueron remontando poco a poco. Cayeron los suizos, los húngaros, los ingleses y el bote entró en los últimos cien metros en un duelo que parecía exclusivo de alemanes e italianos. Los aficionados, entusiasmados con la pelea que había en las calles centrales, no advirtieron la llegada de los chicos de la universidad de Washington. En medio de un enorme desconcierto EEUU ganó el oro. Seis décimas después llegaron los italianos, inmediatamente después los alemanes. Hitler, que asistía desde el palco a la final, se marchó de forma apresurada. Ulbrickson sonreía orgulloso mientras aquellos ocho muchachos, de origen humilde, maltratados por la crisis que asolaba a su país, se abrazaban incapaces aún de entender lo que acababan de hacer.

Estados Unidos les recibió como si fuesen héroes y desde ese día, cada 14 de agosto, se reunieron para remar juntos por el mismo lago en el que prepararon sus cuerpos y sus mentes para la victoria de su vida.

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