Historias irrepetibles

Una gorra en el Salón de la Fama

El americano David Wottle protagonizó una inesperada gesta en los Juegos de Múnich y un curioso despiste que casi le cuesta caro

31.07.2016 | 05:00
David Wottle se impone en la final mientras Arzhanov cae a su lado.

En un deporte que apenas necesita material más allá de unas zapatillas, el norteamericano David Wottle consiguió que una vieja gorra de golf acabase en las vitrinas del Salón de la Fama tras protagonizar una de las victorias más excitantes de la historia del atletismo en los Juegos Olímpicos de Múnich en el año 1972 y cometer un pequeño olvido que estuvo a punto de meterle en un pequeño lío en su país

Esta historia arranca en la consulta de un médico de familia. David Wottle apenas tiene doce años. Ha crecido de forma exagerada en unos pocos meses y se ha quedado flaco, huesudo y algo débil. Un caso tantas veces visto. «Deberías hacer algo de deporte» le dijo el doctor como recomendación y el muchacho, obstinado y responsable a partes iguales, se puso a correr por las calles de Canton, en el estado de Ohio. Su larga zancada se convirtió en parte del paisaje del barrio en el que vivía. Era un aviso de lo que vendría.

En la Bowling Green State University la afición se convirtió en una cosa mucho más seria. Allí se metió de lleno en el programa de atletismo del centro donde no tardaron en comprobar que les había caído un regalo del cielo. Tenía unas condiciones ideales para la media distancia, serio en el trabajo, disciplinado, capaz de los mayores sacrificios sin perder nunca el ansia por ganar. Solo había un problema, sus lesiones. En 1970, con apenas 20 años, había conseguido el segundo puesto en el Campeonato Universitario de la milla superando a gente mayor que él y que ya habían comenzado a medirse a los mejores del mundo. Pero en 1971 las lesiones apenas le dejaron competir y Wottle conoció la frustración y la resignación, sentimientos a los que no estaba acostumbrado. Por entonces ya corría con una vieja gorra de golf que había encontrado en su casa. Al principio la utilizaba para sujetarse el pelo largo, pero luego, cuando se lo cortó, siguió con ella por pura superstición hasta convertirse en una compañera inseparable de su carrera.

Entonces llegó el año mágico: 1972. Wottle, tras olvidar las penalidades que había sufrido la temporada anterior, gana la prueba de 1.500 metros, su favorita, en los Campeonatos Universitarios. Es la hora de probar otros retos más grandes y acude a los Trials americanos en busca de una de las plazas para los Juegos Olímpicos que ese verano se disputan en Múnich. Estados Unidos en aquel momento vive una pequeña explosión en la media distancia. Proliferan los atletas alimentados por la rivalidad entre universidades y las marcas comienzan a invertir de un modo más decidido en una modalidad por la que no habían sentido tanto interés. Mel Brodt, su entrenador, tuvo entonces una idea. Inscribirse también en la prueba de 800 metros. El técnico había estudiado el calendario olímpico y el 800 se disputaba en el estadio olímpico de Múnich cinco días antes del 1.500. La idea era meterla cabeza en ambas y utilizar la primera como un entrenamiento de velocidad para llegar al verdadero objetivo con un punto extra sobre los atletas con los que aspiraba a competir por las medallas. Ocurrió entonces lo impensable. Tras clasificarse en el 1.500 Wottle compite en la prueba de selección de los 800 y gana ofreciendo una verdadera exhibición hasta el punto de que iguala el récord del mundo que en ese momento tiene el neozelandés Peter Snell (1:44.3). Increíble en un muchacho de 21 años sin experiencia, que apenas había competido con estrellas internacionales y se estrenaba en la distancia a ese nivel.

Todo se complicó a partir de ahí. Seis días después de clasificarse para los Juegos, Wottle conmocionó al mundo del atletismo al casarse con su novia Jan y marcharse unos días de luna de miel. La pareja había puesto la fecha meses antes y no les importó que fuese justo en el periodo que iba de los trials a los Juegos Olímpicos. Aquello encendió al irascible Bill Bowerman, el responsable del equipo americano de atletismo y creador de Nike. Para Bowerman era una enorme irresponsabilidad e incluso en la prensa denunció que en aquel momento tan crucial David Wottle «diese prioridad al sexo». Pese a sus esfuerzos, el joven mantuvo sus planes. Se casó el 15 de julio y se marchó cinco días de viaje con su esposa. El día 21 ya estaba en Maine concentrado con el resto del equipo.

El problema fue que en su deseo de convencer a Bowerman de que estaba equivocado forzó en exceso sus maltrechas articulaciones y los tendones de la rodilla comenzaron a molestarle. Tuvo que bajar el ritmo de los entrenamientos, disminuir las cargas de trabajo a una tercera parte de lo previsto inicialmente. Bowerman echaba humo.

En Múnich, tras una última evaluación de los médicos, se tomó la decisión de que Wottle compitiese en las eliminatorias de 800 metros. Solo pudo ser tercero en la serie clasificatoria aunque ganó al día siguiente la segunda de las semifinales con un tiempo algo discreto. Pero estaba donde quería: en la final del 2 de septiembre. Las esperanzas de hacer algo importante eran más bien escasas. La falta de experiencia, los problemas físicos que arrastraba y el nivel de los atletas a los que se medía parecían obstáculos imposibles de superar. Allí estaban los alemanes Fromm y Kemper, los kenianos (que empezaban a llegar a las pruebas de medio fondo) Ouko y Boit, el británico Carter y sobre todo el ucraniano Arzhanov que llevaba cuatro años invicto en la distancia y salía ya con la medalla de oro colgada del cuello.

Nada más darse la salida Wottle desapareció de la escena. Corrió el primer doscientos a más de quince metros del grupo. Los comentaristas dudaban de si era una táctica preconcebida o estaba lesionado. Ni una cosa ni la otra. Al americano le había sorprendido el ritmo que habían impuesto los kenianos desde el comienzo y se sintió incómodo. Hizo un enorme esfuerzo por alcanzar al grupo al acabar la primera vuelta. A falta de 300 metros, el chico de la gorra de golf seguía el último. Es en ese momento cuando Arzhanov desata la tormenta. Por la calle dos sale de la parte trasera del grupo y comienza a superar rivales hasta ponerse en cabeza. Wottle, que tiene una perfecta visión de la situación, arranca tras él y entra en la última curva en quinta posición aunque muy lejos del ucraniano, de los dos kenianos y de Fromm. Pero no desfallece. Supera al alemán y va engullendo al trío de cabeza en el que Arzhanov parece que va a ganar con su habitual seguridad. Supera a un keniano, al otro y sobre la misma línea de meta suelta el cuerpo para imponerse al ucraniano, que se cae en plancha producto del esfuerzo. Campeón olímpico por apenas tres centésimas. Wottle acababa de firmar una carrera para la leyenda entre el entusiasmo de un estadio olímpico convencido de que había asistido a un acontecimiento único.

El chico de 22 años está en shock tras el logro. Tanto que minutos después, durante la ceremonia de entrega de medallas, se olvidó descubrirse mientras sonaba el himno americano. Solo se dio cuenta de que seguía con la gorra puesta cuando llegó a la sala de prensa y los periodistas comenzaron a bombardearle con preguntas sobre si aquello encerraba alguna clase de gesto de protesta. Aún estaba reciente el puño al aire de John Smith en México 1968, el mundo vivía una etapa de absoluta inestabilidad y tensión política que a cualquier detalle se le buscaba una explicación oculta.Wottle, avergonzado por el olvido, trató de pedir disculpas de todas las formas posibles. Acababa de ganar una medalla de oro haciendo una carrera que no se olvidaría en décadas y él estaba más preocupado de convencer a todo aquel con el que se cruzaba de que no había pretendido ofender a su país. Le llovieron las felicitaciones, entre otros del vicepresidente Spiro Agnew que le envió un telegrama que decía «con gorra o sin ella eres el tipo de americano que respeto».

Días después, Wottle no pasó de las semifinales del 1.500. Seguramente su victoria en el 800 tuvo algo que ver o los problemas físicos que había arrastrado el mes anterior. Supuso una importante decepción porque toda aquella historia había comenzado con la idea de ganar la medalla en la prueba que más feliz le hacía. Tampoco le importó demasiado porque a cambio había recibido el reconocimiento eterno. No solo él. También su gorra, la que no se quitó hasta su temprana retirada a causa de las lesiones. «Sin ella no me reconoce nadie» llegó a decir. Y tanto es así que la gorra acabó en el Salón de la Fam a del atletismo americano años antes de que lo hiciese el propio Wottle.

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