Historias irrepetibles

El masajista ciego de Fausto Coppi

Biagio Cavanna descubrió el talento del piamontés cuando ejercía de recadero en una carnicería y acompañó sus pasos durante toda su carrera

11.09.2016 | 14:06
Cavanna rodea con el brazo a Coppi tras una carrera
Cavanna rodea con el brazo a Coppi tras una carrera

La carrera de Fausto Coppi no se entiende sin la presencia a su lado de un masajista ciego llamado Biagio Cavanna. Con sus manos arreglaba los cansados músculos del «campeonissimo», pero con su conocimiento dirigió la carrera de una de las grandes leyendas que ha dado este deporte. Siempre estuvo con él, desde el día que le anunció que sería un gran ciclista, hasta el trágico día de su muerte prematura. Una historia que comenzó en una carnicería de Novi Ligure a finales de los años treinta

Biagio Cavanna era uno de los clientes habituales de la carnicería que Domenico Merlano tenía en el centro de Novi Ligure. Allí se sentaba al mediodía para conversar un buen rato mientras tomaba unas lonchas de salami con un vino. El bastón y las gafas oscuras le convertían en uno de los personajes más reconocibles de aquel lugar. Su ceguera, causada por la sífilis que él negaba, había sido un proceso gradual que había durado varios años. Primero perdió la visión del ojo derecho y luego del izquierdo hasta que más o menos en 1935 dejó de ver por completo y las Ray-Ban negras se convirtieron en sus compañeras inseparables. La carnicería de Merlano, donde arreglaba el mundo a diario y ponía de manifiesto su mal genio, era uno de los lugares en los que aprendió a adaptarse a su discapacidad.

Desde hacía años tenía una pequeña escuela de ciclistas en Novi Ligure. Cavanna había sido corredor, aunque muy limitado. También boxeó (llegó a ser campeón del Piamonte) e incluso, para alimentar el mito alrededor del personaje, tuvo sus devaneos con Sante Pollastre, uno de los forajidos de aquel tiempo y con el que se comunicaba por silbidos. Perder la vista le sumió en una profunda depresión que, según una propia confesión, le llevó a plantearse el suicidio. Pero encontró entonces la motivación que necesitaba, el motor que iba a empujar su vida durante los siguientes años.

La carnicería de Merlano tenía un chico de los recados que había llegado desde Castellania, una pequeña aldea situada a más de veinte kilómetros en dirección a las montañas. Se llamaba Fausto Coppi. «Un muchacho seco como un junco» decía Cavanna, quien nunca conocería su aspecto físico de adulto, aunque su proceso degenerativo en la vista sí le permitió tener la imagen de aquel chico de quince años que todas las mañanas repartía subido a una bicicleta los encargos de Merlano.

Coppi, tímido y respetuoso, apenas se dirigía a Cavanna, que ya para entonces tenía un cierto prestigio en Novi Ligure gracias a que había dirigido en sus comienzos la carrera de Girardengo, el vecino más ilustre de la localidad en un tiempo en el que los ciclistas ya eran seres legendarios. Tampoco el ciego le prestaba demasiada atención.

Coppi había dejado la escuela con doce años y a los catorce su tío le encontró trabajo en la carnicería. El campo no daba para alimentar a toda la familia en Castellania y ese era el motivo por el que los hijos de los campesinos se buscaban un oficio con el que salir adelante en un tiempo de enorme escasez. En una bici de hierro, pesada y medio destartalada, Coppi cubría todos los días los kilómetros que le separaban de Novi Ligure. Al principio aceptó la propuesta de Merlano de quedarse a dormir en una pequeña habitación que le alquilaba, pero luego cambió de idea. Coppi, apegado a su familia, echaba de menos estar en su casa y prefería hacer el esfuerzo de levantarse todas las mañanas antes de tiempo para ir al trabajo y regresar por la tarde, aunque ya estuviera cansado después de repartir los pedidos. Le gustaba apurar en la cama y aunque su madre Angiolina le despertaba a las seis de la mañana siempre se resistía a levantarse. El tiempo perdido lo tenía que compensar después sobre la bicicleta (una situación que mejoró cuando con su sueldo se compró una nueva) en esos veinte kilómetros que cubría como si fuese una contrarreloj. Lo mismo sucedía a la vuelta pese a que la carretera se endurecía y obligaba a un sobreesfuerzo. Nunca iba de paseo sobre la bicicleta. Tampoco a la hora de trabajar. Siempre que podía incluía en su recorrido, aunque fuese a costa de dar un rodeo, una exigente cuesta que había en las afueras de Novi Ligure en la que se retorcía y exprimía.

A Cavanna le comenzaron a llegar rumores sobre el chico de los recados de Merlano. Algunos de sus discípulos le hablaron de él, de que le habían visto subir con ligereza las cuestas de Novi Ligure con la bicicleta cargada de bultos, o que directamente les había adelantado mientras entrenaban. En algún momento en 1937 se produjo la definitiva charla entre Cavanna y Coppi. El ciego ya se había ganado una enorme reputación que él alimentaba a diario adjudicándose capacidades casi sobrenaturales: «Mis manos ven mejor que cualquier ojo humano» solía repetir. Reconocía a los corredores, sus condiciones y estados de forma palpando sus músculos. Así era como intuía si el muchacho que le habían traído se convertiría en un buen ciclista o no. Valoraba la fortaleza del corazón tomándole el pulso, después le tocaba el brazo para saber si estaba acostumbrado al trabajo duro; entonces subía al cuello que le decía si sería capaz de soportar las cargas más exigentes y finamente la musculatura de la zona lumbar y las nalgas le desvelaba si tendría capacidad para soportar los cambios bruscos de ritmo. En 1937 Cavanna palpó a Coppi y le invitó a ponerse a sus órdenes. La leyenda cuenta que su cara se iluminó cuando le puso la mano en el corazón y sintió el potencial que había allí dentro. Cavanna se saltó con Fausto una de sus normas, la de no trabajar con jóvenes que ya tuviesen un sueldo. Sostenía que solo se podía tener éxito como ciclista desde la más absoluta pobreza, por eso reclutaba a sus alumnos en familias de campesinos que apenas producían lo suficiente para comer cada mes.

Ponerse a las órdenes de Cavanna implicó para Coppi dejar la carnicería de Merlano. No podía compaginar los entrenamientos con el trabajo. Borlando, el mejor alumno que tenía el ciego, fue su compañero de preparación. Cavanna les ponía tarea todos los días. Completar un recorrido establecido ( casi siempre por encima de los ciento cincuenta kilómetros) en el menor tiempo que pudieran. Cuando volvían Cavanna les tocaba la musculatura para conocer el grado de esfuerzo al que se habían sometido. En ocasiones les enviaba a rodar otro poco porque entendía que aún no habían exprimido su cuerpo. Los ciclistas trataban de engañarle en ocasiones, pero el sexto sentido de Cavanna le permitía estar siempre por encima de sus alumnos. El ciego era como un druida que gobernaba la vida de sus corredores. Les controlaba la alimentación (comían en su escuela), les orientaba en el sexo («lo que cansa a un hombre es el cortejo, así que es mejor ir a un burdel») y dirigía de forma escrupulosa todo lo que tuviese que ver con la preparación de los corredores.

Para Coppi y su familia el cambio de vida resultó complicado. Habían perdido ingresos al dejar de repartir en la carnicería de Merlano y, aunque echaba una mano a su padre en el campo, no acababan de verle futuro a la bicicleta ni al tremendo esfuerzo que hacía por entrenarse todos los días. Fausto transmitió esas inquietudes a Cavanna y el ciego se presentó de inmediato en Castellania para reunirse con los padres del corredor. Se comprometió a correr él con los gastos en material que generaba Coppi para que siguiese corriendo. Jamás había hecho antes una propuesta semejante. Ni con el mismísimo Giradengo.

Con el tiempo Cavanna le quitaría hierro a la decisión: «Ésa no era una inversión arriesgada». Al poco tiempo, cuando apenas tenía diecinueve años, le subió a una categoría intermedia pero que le permitía correr con profesionales que desconfiaban de él «porque parecía un ave zancuda con aquellas piernas largas y delgadas». Pese a lo que le decían, Cavanna creía firmemente en Coppi y en lo que le transmitían las manos que todos los días cuidaban de sus músculos. En 1939, al comienzo de la temporada, le envió una carta al organizador de una carrera en Pavia: «Te mando a dos de mis potros. Uno se llama Coppi y ganará el primer premio y el otro hará lo que pueda.

Fíjate por favor en Coppi, es como Binda». Cavanna se quedó corto en su pronóstico. Era mucho más que eso. Al poco tiempo los mejores equipos de Italia se pegaban por los servicios de aquel «junco seco» que llevaba apenas dos años a su lado y que escribiría, siempre con los consejos de su masajista ciego a mano, una de las más grandes leyendas de la historia del deporte.

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