Tenis. Historias irrepetibles

La raqueta del compromiso

Arthur Ashe, el mejor tenista negro de la historia, hizo de la lucha contra la segregación racial uno de los motores de su vida

13.10.2016 | 05:00
Arthur Ashe devuelve una bola, durante la final de Wimbledon ante Connors.

El US Open de tenis es una de las citas más esperadas del calendario tenístico. Su mastodóntica pista central, con su espectacular techo retráctil, deja muy claro cuál es el mejor recinto del mundo para practicar ese deporte. Desde 1997 lleva el nombre del mejor tenista negro de la historia: Arthur Ashe. Él conquistó tres victorias en el Grand Slam, pero sus mayores triunfos llegaron lejos de las pistas gracias a su compromiso en la lucha contra la segregación racial.

El padre de Arhur Ashe celebró que su hijo se inclinase desde joven por el tenis tras vivir un fugaz devaneo con el fútbol americano. Le veía demasiado frágil para un deporte que prima el contacto y donde la desventaja fisica es en ocasiones insalvable. Así lo creía viendo aquel muchacho extremadamente alto para su edad y delgado como un junco. Desde la muerte de su madre por un problema cardiaco cuando Arthur tenía solo siete años, su padre, un policía de Richmond (Virginia), extremaba la protección de sus hijos. Y mucho más en el Sur de Estados Unidos, donde a mediados del siglo XX la vida no era fácil para la población negra a causa de la infame segregación racial que sufrían. Richmond era uno de los peores ejemplos posibles. De hecho, Ashe tenía que salir lejos de su ciudad para disputar torneos en categoría júnior porque los campeonatos en su ciudad estaban vedados para los jugadores negros. Su padre realizaba verdaderos esfuerzos para cumplir con su trabajo, no fallar en el cuidado de su casa y llegar con su hijo mayor a tiempo a las pistas donde debía jugar.

Cuando en su vida se cruzó Robert Walter Johnson («el padrino del tenis negro») la actividad se relajó en casa de los Ashe. El técnico, que también había entrenado a Althea Gibson, a la que había conducido a cinco victorias de Grand Slam, comprendió de inmediato las posibilidades de aquel chico y se ocupó de su desarrollo. Se comenzaron entonces a abrir puertas para él. Primero en un instituto de St. Louis y posteriormente en la Universidad de UCLA, que le becó para que jugase al tenis para ellos. No tardó en corresponderles con el título nacional de la NCAA. Por entonces, Ashe ya era una de las grandes sensaciones del deporte americano. Su imagen, con sus gafas de miope en la pista, era recurrente en las publicaciones deportivas del país. Mucho más cuando en 1963, con veinte años, se convirtió en el primer negro en ser convocado para jugar la Copa Davis con Estados Unidos.

Ashe aprovechó aquel escaparate para denunciar todas las injusticias raciales que sufría la población negra del país y que él había comprobado en primera persona. En un tiempo de absoluta agitación los deportistas alzaron la voz. Pero antes de que el puño de Tommie Smith y John Carlos le levantase en el cielo de los Juegos Olímpicos de México como símbolo del «Black Power», la voz de Arthur Ashe había sonado con fuerza contra la discriminación racial y las infinitas injusticias que se vivían a diario en las calles. Aunque no era su intención se convirtió en un símbolo, lo que inevitablemente también le acarreó problemas y dificultades. Pero nada pudo frenar su progresión deportiva.

En 1968 llegó el momento de su definitiva explosión. Ese año gana su primer grande, el Open de Estados Unidos, y es el jugador clave en la conquista de la Copa Davis. Son tiempos complejos también para el tenis que vive la división entre el circuito amateur y el profesional. Ashe es uno de los jugadores que abandera la creación de la Asociacion de Tenistas Profesionales (ATP) para defender los derechos de los jugadores y acabar con la delirante situación que se vivía en algunos torneos.

Sucedió por ejemplo en la final del Open USA de 1968, primer año en que podían coincidir jugadores de ambos circuitos. Ashe gana en la final a Okker, que ya es un jugador profesional, y cobra apenas 20 dólares por cada día de torneo. El derrotado, en cambio, se lleva 15.000 dólares a casa. El de Richmond es uno de los últimos jugadores en hacerse profesional porque su deseo es seguir jugando la Copa Davis, que no permite el acceso a los profesionales.

En ese tiempo convulso no quiere que nadie le acuse de no competir por su país. Se le multiplican los frentes porque a comienzos de los setenta se convierte en uno de los grandes altavoces contra el apartheid que se vive en Sudáfrica. El país africano le niega el permiso para entrar en el país donde pretendía disputar un torneo y comprobar en vivo la denigrante situación de la población negra. A partir de ese momento Ashe convierte la lucha contra el apartheid en uno de los motores de su vida.

Su mejor momento
El jugador de Richmond vivió su último gran momento deportivo y posiblemente el mejor en 1975, cuando ya tenía 32 años y por su cabeza no estaba lejos la retirada. Llegó a la final de Wimbledon ante Jimmy Connors, inalcanzable para el resto en ese momento y más, en la hierba de Londres. Ashe consultó por teléfono con Dennis Ralston, su entrenador en la Copa Davis, y junto a sus colaboradores habituales trazó una estrategia diferente a la que solía utilizar. Jugar el partido que Connors no esperaba. Renunciar a los golpes duros, evitar un intercambio de potencia y sacar a su rival de la clase de juego que imaginaba. Se llevó en un papel anotadas cinco ideas que debía poner en práctica. Las principales eran sacar cortado y muy abierto (un dolor de cabeza para el revés de Connors) y en los intercambios cambiar constantemente de ritmo y jugar bolas bajas que complicasen el drive de su rival. Connors se sintió desde el comienzo superado por aquella estrategia y los dos primeros sets cayeron 6-1 y 6-1 del lado de Ashe. El número uno de aquel entonces se levantó para ganar el tercer parcial y ponerse 3-0 en el cuarto. Una situación delicada que Ashe solventó consultando de nuevo el papel que llevaba guardado en la bolsa de las raquetas. Allí estaba todo. Volvieron los golpes delicados, los saques abiertos, Connors volvió a sentirse incómodo doblando en exceso las rodillas y Wimbledon conoció entonces a su primer campeón negro de la historia.

El fin de su carrera
Un ataque al corazón, la enfermedad que acabó con su madre, le obligó a la retirada en 1979. Salió de aquella situación delicada y pudo centrarse entonces en otras tareas como la lucha contra el apartheid que le llevó entre otras cosas a fundar una escuela de tenis en Soweto. En 1983 tuvo que pasar de nuevo por el quirófano a causa de su corazón y en una de aquellas transfusiones los médicos utilizaron sangre contaminada con el virus del SIDA. Lo supo cinco años después tras serle diagnosticada toxoplasmosis. Los médicos sospecharon que esa dolencia podía ser provocada por el SIDA y así fue. A comienzos de los ochenta la sangre que se utilizaba en las operaciones no era sometida a un control en busca de un virus que aún no se conocía. Y como otras muchas personas Ashe se infectó.

Hizo pública en 1992 su enfermedad, solo unos meses después de que lo hiciese Magic Johnson. Pero tuvo mucha menos suerte que el base de los Lakers. Murió solo un año después. Poco antes de su fallecimiento, un aficionado le escribió una carta preguntándole que por qué Dios le castigaba con esa enfermedad. Su respuesta es un testamento vital: «En el mundo 50.000.000 de chicos comienzan a jugar al tenis, 5.000.000 aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran en el circuito, 5.000 llegan a jugar alguna vez un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando estaba levantando la Copa nunca le pregunté a Dios por qué a mí. Y hoy, con mi enfermedad, tampoco debería preguntarle por qué a mí».

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