Historias irrepetibles

Adiós a Mr. Liverpool

Ronnie Moran, fallecido recientemente, entró en el club de Anfield siendo un adolescente y lo abandonó con más de sesenta años tras realizar todas las funciones posibles

14.05.2017 | 22:51
Shankly, Paisley, Moran, Bennett y Fagan, en Anfield.

Casi cincuenta años pasó Ronnie Moran en el Liverpool. Entró con quince años y se marchó con sesenta y cuatro. Durante ese largo periodo de tiempo ni un solo día dejó de pertenecer al club que llevaba en su corazón. Fue futbolista, masajista, psicólogo, entrenador ayudante, responsable del segundo equipo y primer técnico en dos momentos puntuales. Perteneció al reducido grupo de ayudantes de Bill Shankly que transformó para siempre la historia del club hasta convertirlo en el mejor de Europa en los años setenta y ochenta.

Hace unos meses se publicó en Inglaterra una biografía de Ronnie Moran. Se titula «Mr. Liverpool» y constituye un extenso recorrido por los cincuenta años que este inglés nacido en Crosby, prematuramente calvo, pasó en el club de Anfield. Quienes le conocían aseguran que jamás hubiese permitido que el libro sobre su vida llevase ese título. «Nadie está por encima de este club, nadie es tan importante como el Liverpool», era su frase favorita, la que lanzaba a la cara de los críos que soñaban con vestir la camiseta roja o a las estrellas que un día se sentían por encima de la entidad a la que representaban. Ronnie Moran llevaba meses ingresado en una residencia a causa de la grave demencia que sufría y que consumía su vida a toda velocidad. No llegó a tener conciencia de la publicación de la obra. «De saberlo habría venido a patearnos el trasero hasta que cambiásemos el título», dijo en la presentación Paul Moran, su hijo y uno de los autores de la biografía.

Ronnie Moran fue el sargento, el policía malo, el rostro más severo de aquel grupo de trabajo que Bill Shankly formó para cambiar la historia del Liverpool y transformarlo en la máquina de ganar de los años setenta y ochenta. Ganó siete títulos en los trece años que pasó como futbolista y treinta y siete a continuación, una idea de la revolución que se vivió a orillas del Mersey.

Moran había sido un eficiente lateral izquierdo que fue escalando posiciones dentro del club sin excesivo ruido, con el talento justo, pero una capacidad de sacrificio pocas veces visto. Nacido en Crosby, en las afueras de la ciudad, el Liverpool era el equipo de su vida. Entró en el club con quince años y cuatro después realizó su estreno a las órdenes de Ron Welsh. Estaba lejos en aquel momento de ser el equipo de la pompa que han conocido las últimas generaciones. En treinta años había ganado solo un título y no mucho después de que Moran aterrizase en el vestuario de Anfield el club cayó en el agujero de la Segunda División donde se pasó penando ocho largos y penosos años. Les sacó de allí Bill Shankly que había llegado al club en 1959.

Dos temporadas después llegaron a la máxima categoría y las cosas comenzaron a cambiar para siempre. Si algo entendió el genial mánager escocés es que en aquel club había gente que sabía de fútbol. Se trataba de formar una estructura sólida, comprometida con el club, con una idea clara de juego y que buscase futbolistas brillantes en el terreno de juego y humildes fuera de él.

Joe Fagan, Bob Paisley y Reuben Bennett comenzaron a trabajar a su lado. El siguiente fue Ronnie Moran. El bravo lateral se retiró en 1965 después de uno de los episodios más dolorosos hasta ese momento en la historia de un Liverpool que unos meses antes había ganado al fin un nuevo título de Liga. La eliminatoria de semifinales de la Copa de Europa ante el Inter de Milan. Con un arbitraje «difícil de describir» los italianos voltearon en Italia el 3-1 que habían conseguido los ingleses en la ida. Fue el último día que Moran vistió la camiseta del club de su amores. Y se puso a las órdenes de Shankly que le quería a su lado en la «Boot room», el cuarto donde se guardaban las botas de los futbolistas en Anfield y que el tiempo y la leyenda convertiría en uno de los templos sagrados de este deporte. En aquel lugar minúsculo e incómodo se tomaban las grandes decisiones. Siempre por consenso y al calor del te que preparaba Moran la mayoría de las veces. Shankly escuchaba a Paisley, Fagan, Moran y Bennett. Decidían estrategias, planeaban temporadas, acordaban castigos y buscaban soluciones para los problemas. Era un lugar inaccesible para el resto. Sin quererlo, convirtieron aquel cuartucho en la mejor escuela de entrenadores posible. Shankly decidió que todo el que entrenase al Liverpool en el futuro tendría que haber sido formado en las largas sesiones de te que se organizaban antes y después de los entrenamientos.

El germen de una transformación

Desde el «Boot Room» el Liverpool, que tenía una forma de trabajar y unas instalaciones anticuadas, vivió una completa transformación. Y en ella Moran fue esencial. Meticuloso, detallista y con un enorme carácter, el antiguo lateral zurdo fue añadiendo responsabilidades a su trabajo. Mientras gente como Bennet se especializaba más en buscar futbolistas y Paisley estaba preocupado por mejorar el sistema de juego, Moran hacía de todo. Aprendía rápido. En un tiempo en el que no existía formación concreta para algunas funciones dentro de un equipo, un tipo como él era básico. Se transformó en preparador físico (fue el que convenció a sus compañeros de que eran inútiles los siete kilómetros corriendo que los jugadores hacían todos los días para ir y venir de Anfield donde se vestían al campo de entrenamiento en Melgood), en utillero, en masajista y en psicólogo del Liverpool. Su voz ganó peso en el vestuario y en un reparto de papeles ordenado por Shankly a Moran le tocó ejercer de poli malo.
Le ayudaba su aspecto, su expresividad y el vozarrón que los futbolistas escuchaban a muchos metros de distancia. Moran era el encargado de ajustar cuentas con aquellos que holgazaneaban o a quienes se les desataba el ego. Entonces llegaba él con el discurso de la importancia de la camiseta y que «nadie es más que el Liverpool». Y el agua volvía a su cauce.

Moran se especializó en el papel de técnico ayudante. Lo fue con Shankly y luego con sus sucesores, todos ellos salidos de aquel cuarto que olía a te y a la grasa con la que se limpiaban las botas. Estuvo al lado de Bob Paisley y de Joe Fagan durante los años en los que la sala de trofeos no paraba de quedarse pequeña. En esos días Moran se encargaba de recoger las medallas de los futbolistas en el mismo vestuario después de recibir la copa. Se las devolvía semanas o meses después. Una forma de recordarles que en el Liverpool no había tiempo para la celebración: «El próximo que juguemos es ahora nuestro título más importante», les decía con la cara arrugada. Así crearon una máquina que luego gobernó la siguiente generación de entrenadores salidos de las largas charlas en la habitación de las botas.

Primer entrenador

Kenny Dalglish, Graeme Souness y Roy Evans, grandes amigos personales, fueron los últimos que le tuvieron a su lado. Fue el tiempo en el que incluso llegó a ser primer entrenador en dos momentos muy puntuales. El primero en 1991 tras la renuncia de Dalghish (dirigió diez partidos) y al año siguiente después de que Souness tuviese que retirarse por una pequeña dolencia cardiaca. Eso le permitió ejercer una de las pocas funciones que aún no había desempeñado en el Liverpool.

En 1998 tomó la decisión de abandonar para siempre el Liverpool. Casi cincuenta años habían pasado desde que había entrado en 1949 con solo quince años. Un servicio impagable al club. Cuando se despidió lo hizo feliz y recordó que «he sido jugador, entrenador, ayudante, entrenador del segundo equipo, masajista, utillero, psicólogo, mascota y señora del te. Ya no me queda nada por hacer».

Moran salió de la escena, con la humildad que reclamaba en aquellos que vestían la camiseta del Liverpool. De vez en cuando se acercaba a la ciudad deportiva de Melgood a saludar a los viejos amigos y a ver de cerca a las nuevas estrellas, ya más alejadas de la clase de futbolistas con los que él había trabajado.

Hace meses su hijo anunció que Ronnie Moran sufría demencia y que ya no recordaba toda su grandeza. Y comenzaron a referirse a él como «Mr. Liverpool», con la seguridad de que no vendría a patearles el trasero por ponerle a la misma altura del club que juró defender y proteger.

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