HIstorias irrepetibles

Una deuda con el Nanga Parbat

Reinhold Messner, el primer hombre en subir los catorce ochomil, se enfrentó durante su carrera a la acusación de haber sido el responsable de la muerte de su hermano en una expedición en 1970

24.12.2017 | 05:00
Reinhold y Günther Messner, durante la expedición de 1970.

Reinhold Messner, posiblemente el mejor alpinista de la historia, el primero que logró coronar los catorce ochomil, combatió durante buena parte de su vida a la acusación de haber provocado por su egoísmo la muerte de su hermano Günther en el Nanga Parbat.

Italiano de nacimiento, tirolés de corazón. Reinhold Messner, el huraño, complejo y egocéntrico alpinista que logró convertirse en el primer ser humano de la historia en alcanzar la cumbre de los catorce picos de más de ocho mil metros, tardó décadas en saldar una cuenta con el Nanga Parbat, la «montaña desnuda», la segunda cima más alta de Pakistán, el lugar en el que reposa su hermano Günther y donde comenzó su leyenda.

Esta aventura arranca en primavera de 1970. Reinhold Messner tenía entonces 26 años y ya se había labrado cierta fama en el mundo del alpinismo, afición por la que sentía verdadera pasión y que compartía con uno de sus hermanos pequeños, Günther, dos años menor que él. Subir las montañas que les rodeaban en la región del Tirol donde se habían criado era su pasatiempo favorito y una tortura emocional para su madre. La mujer nunca abrió la boca para lanzar un reproche, pero los hermanos Messner sabían por su beso de despedida que cada día que se iban a la montaña en ella habitaba el temor de que aquel fuese el último día que veía a alguno de ellos. Pronto comenzaron a buscar picos más altos, más lejanos, más complejos. Desafíos a los que enfrentarse y que hicieron que el apellido Messner comenzase a circular con fuerza en el circuito alpino.

Karl Maria Herrligkoffer, un alemán que había perdido a su hermano en la montaña, llamó a los Messner para unirse a la expedición que estaba organizando para subir al Nanga Parbat en junio de 1970. Primero convocó a Reinhold y una baja de última hora permitió la entrada Günther. Para los tiroleses era una oportunidad única. La ocasión de dar un salto en su trayectoria, de subirse al carro de los ochomiles y llamar la atención de patrocinadores que pudiesen financiar aventuras futuras. Su entusiasmo se descontroló tras la invitación de Herrligkoffer aunque no tardarían en comprobar que la cohabitación con buena parte de los alpinistas alemanes no iba a resultar sencilla.

Los Messner, sobre todo Reinhold, era un hombre de fuertes convicciones, descarado, individualista y eso tarde o temprano se convertiría en un punto de fricción con sus nuevos compañeros. Nunca llegaron a integrarse en el grupo y los alemanes, que consideraban al Nanga Parbat «su montaña», siempre les reprocharon su aislamiento.

Con no pocas dificultades y diferentes opiniones (el jefe de expedición era de la vieja escuela y optaba por la rotación de equipos, mientras Messner consideraba una pérdida de tiempo y de fuerzas acarrear material continuamente por la montaña) montaron el campo 5 a más de 7.300 metros con opciones reales de hacer cumbre. Y allí estaban los hermanos Messner acompañados por el alemán Gerhard Baur. Las radios no funcionaban y se había pactado que Herrligkoffer lanzaría un cohete azul en caso de que las condiciones meteorológicas fuesen buenas y uno rojo si la previsión del tiempo impedía el asalto final a la cumbre.

El día 26 de junio y aunque el parte lanzado por los meteorólogos no era demasiado malo, Herrligkoffer lanzó el cohete rojo. Sin embargo, Reinhold Messner decidió lanzarse en solitario a por la cima. Un ataque rápido, hacer cumbre y regresar antes de que el tiempo empeorase. Para eso pidió a su hermano y a Baur que equipasen con cuerdas fijas el peligroso corredor por el que debía regresar al campo. Son las dos de la mañana cuando Reinhold se lanza a por la cumbre. Le empujan sus fuerzas y el entusiasmo infinito que siente al emular en solitario a alguno de sus mitos. Pero a trescientos metros de la cumbre descubre que ya no está solo. Por detrás se acerca Günther, que finalmente no pudo resistirse a seguir a su hermano. Discuten y se hacen reproches a casi ocho mil metros de altitud antes de continuar en busca de la cima. Tras horas de esfuerzo, los hermanos Messner alcanzan los 8.125 metros del Nanga Parbat poco antes de que anochezca ese 26 de junio de 1970.

La alegría les hace olvidar por momentos el cansancio o el problema al que se enfrentan a partir de ese momento. La decisión de Günther ha dejado el corredor sin equipar, Baur, que se empezaba a encontrar mal había descendido al campo 4 y aventurarse a un regreso sin cuerdas era un peligro gigantesco. Cae la noche y se ven obligados a dormir al raso, muy cerca de la cumbre. Se despiertan casi congelados y agotados. Günther ha comenzado además a sufrir mal de altura y el descenso se hace obligado. En esa situación toman la decisión de regresar por la cara Diamir (la opuesta a la que han utilizado para ascender). Es peligrosa por lo desconocido, aunque más sencilla técnicamente que la cara Rupal, la elegida para el ascenso.

Durante horas los Messner descienden sin agua, sin comida y rotos por el esfuerzo, sobre todo Günther, cada vez más debilitado. Reinhold va delante cuando escucha el ruido de un alud de nieve. Se protege y cuando el ruido cesa busca a su hermano. Ya no está, desaparecido para siempre en el Himalaya. Cinco días después unos pastores encontraron a Reinhold Messner más muerto que vivo. Sufría severas congelaciones (perdió seis dedos de los pies en aquella expedición) y estaba completamente deshidratado. Pero sobrevivió gracias a su descomunal fortaleza.

Al alpinista nacido en Bresanona le acompañaría de por vida lo sucedido en aquella expedición de 1970. A su vuelta a casa debió enfrentarse al dolor de la pérdida de su hermano y a las acusaciones de algunos de los compañeros de expedición que aseguraban que había abandonado a Günther a su suerte. Reinhold siempre se mantuvo firme en su versión de los hechos. Aquella que dice que su hermano fue tras él, que ambos hicieron cumbre, que descendieron por la ruta Diamir y que un alud se lo llevó.

Regresó al año siguiente al Nanga Parbat en busca de los restos de su hermano, algo que haría hasta en cuatro ocasiones, siempre sin éxito. Aquello no hacía otra cosa que alimentar el enigma y disparar las acusaciones de quienes le culpaban de la muerte de Günther.

Su carácter tampoco le ayudaba demasiado en aquella batalla. Pero siguió adelante con su carrera, aunque la sombra del Nanga Parbat le perseguía casi a diario. En 1978 ascendió esa montaña desde la base a la cumbre en solitario (el primero que lo hacía en un ochomil), el anticipo de lo que vendría después: primera cima al Everest sin oxígeno con Habeler; primera travesía con doble cima en el Gasherbrum I y II; primer hombre en subir el Everest solo sin oxígeno€y finalmente los catorce ochomiles a mediados de los años ochenta.

Messner se convirtió en una leyenda, tal vez la más grande del alpinismo. Pero en su carrera las dudas sobre lo ocurrido en 1970 no se extinguieron. Incluso en su etapa de mayores éxitos se publicaron dos libros (firmados por Hans Saler y Max von Kienlin, cuya mujer Úrsula le dejó plantado tras enamorarse de Messner) en los que se detallaba la teoría de que Günther había muerto por culpa de la ansia de gloria de su hermano mayor. Pero en el año 2004 un guía encontró un fémur cerca de la base de la cara Diamir del Nanga Parbat. Messner hizo lo imposible por sacarlo de allí para que fuese analizado y comprobar si pertenecía a Günther. Los análisis no eran concluyentes. Al año siguiente, tras un verano caluroso, la montaña devolvió más restos de la misma persona. Huesos, algo de ropa€ y esta vez quedó probado que pertenecían a Günther Messner. La presencia en aquella zona del Nanga Parbat probaba que Reinhold tenía razón desde el principio. Solo podían haber llegado a esa zona de la montaña si efectivamente había hecho cumbre e iniciado el descenso por la cara Diamir, la versión que siempre había defendido. El ruido y las preguntas recurrentes desaparecieron. Por fin estaba en paz con el Nanga Parbat.

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