Patronal hostelera

"El turismo ha salido de la crisis a pulmón, sin ayudas y con más IVA; ya es hora de dejar de exprimir a la vaca"

Entrevista al presidente de la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol (Aehcos), Luis Callejón Suñé

07.08.2016 | 14:23
Callejón Suñé posa en la sala de la sede de Aehcos dedicada a los presidentes de la asociación. Entre ellos, en el centro, el retrato de su padre.

El responsable de Aehcos insiste en la necesidad de administrar con criterio los vientos favorables que soplan en la industria turística y evitar que se conviertan en una nueva burbuja. Considera, además, fundamental, ahondar en un modelo de trabajo conjunto, sin cotos personales ni localismos. Sobre la lucha contra la estacionalidad, pone el acento en los costes de los empresarios, entre los que cita el convenio laboral, que es el más caro de España, según afirma. «Para abrir en invierno necesitamos ser rentables», arguye.

­A Luis Callejón, la Costa del Sol y el turismo le entra por los libros y por la sangre. Nacido en una de las familias pioneras en el negocio, de las que lo mismo tocaban las palmas que ponían en marcha complejos y agencias de viaje, el nuevo representante de la patronal hotelera tiene muy clara su visión del sector y de su responsabilidad económica. Arquitecto de formación, accede al cargo en un momento especialmente ladino para un gestor: el de una felicidad, intuida en la estadística, que parece a todas luces inagotable. Su reto más inmediato: luchar contra la tentación de la autocomplacencia y de la inopia. Aquí, dice, todavía queda mucho trabajo. Y más en una industria, la turística, acostumbrada a los caprichos y al cambio.

La Costa del Sol se adentra en el que ya muchos definen, y sin necesidad de esperar a los resultados, como el mejor verano turístico de su historia. ¿Se colgará finalmente el cartel de completo en los hoteles?
Nadie duda de que va a ser un buen verano, pero es difícil que se alcance el lleno absoluto. Y lo es por una razón muy sencilla: nosotros somos un destino que abarca a toda la provincia. Y eso hace que, para conseguir un cien por cien de ocupación, el interior, que está absorbiendo parte de la clientela extra del litoral, tenga que funcionar a la misma velocidad que la costa. En los puntos de mayor afluencia sí se espera que se den momentos de máxima demanda, pero en general la previsión es que se llegue de media al 85 por ciento de ocupación en agosto. Quizá con las reservas de última ahora se suba al 87; un 88 ya sería maravilloso.

En los últimos veranos el incremento de turistas ha coincidido con un repunte de la rentabilidad. ¿Se puede hablar ya también de plena recuperación en la tabla de gastos e ingresos?
Todavía es pronto para eso. Somos un sector que trabaja con unos costes operativos muy elevados. Nuestros hoteles se rigen por el convenio laboral más caro de España, a lo que hay que sumar, entre otros, una amplia lista de impuestos. Es por eso que reivindico la colaboración de las administraciones. Sobre todo, a la hora de asumir obligaciones que resultan muy gravosas como el gasto energético. El turismo aporta el 11,2 por ciento del PIB, y a pesar de eso, sigue sin beneficiarse de los descuentos y el precio diferente con el que cuentan otros sectores como la agricultura y el transporte. Lo que pido es perfectamente razonable y beneficioso para todos, para la economía.

Los precios, sin embargo, parecen haber puesto freno a su caída.
Sí, pero no hay que olvidar que todavía están en umbrales de hace más de diez años, de antes de la crisis. Lo que sí se ha logrado es que dejen de ser necesarias las ofertas de última hora que se lanzaban, a marchas forzadas y por obligación, en los años más difíciles. Y eso es muy positivo, porque no podemos trabajar en un escenario en el que todo depende de que se produzca ese empujón final, de naturaleza, por lo general, imprevisible.

Los sindicatos aseguran que el empleo está creciendo a un ritmo muy inferior al del resto de indicadores económicos. Además, denuncian altos niveles de precariedad en la costa.
No comparto, ni mucho menos, esa visión. En la Costa del Sol tenemos un convenio firmado, que insisto que es el más caro del país, y a día de hoy no hay ninguna denuncia por vulneración o incumplimiento en los juzgados. Es decir, si se habla de empleo precario habrá que analizar con seriedad en qué puntos sucede y cuáles son sus causas. Y no tirar balas al aire ni demonizar a los empresarios, porque sin nosotros, entre otras cosas, no habría puestos de trabajo.

Con el verano prácticamente resuelto y en plenitud, la preocupación se traslada al invierno. ¿Se resentirá de nuevo la industria?
Reducir la estacionalidad es uno de los objetivos prioritarios. Y, francamente, creo que lo tenemos todo para lograrlo. Somos un destino con once meses de verano y uno de jodido calor. Y tenemos que insistir en esa idea. Fidelizar a los clientes que nos han prestado, hacerles ver que la Costa del Sol es una opción interesante para el invierno.

La mayoría coincide, sin duda en los argumentos. Pero pasan los años y se sigue sin dar con la fórmula correcta.
Los atributos están claros. A nadie se le escapa que tenemos una gran oferta complementaria. Pero eso no quita un hecho elemental: para que un negocio se mantenga en invierno es imprescindible que sea rentable. O dicho de otra forma: mientras que las cargas económicas sean superiores a la rentabilidad es muy difícil que los hoteles se atrevan a abrir. Estamos hablando de ayudas con las cotizaciones de la Seguridad Social, con la factura energética. Y también de llamar la atención del turista: el verano se vende prácticamente solo, por eso es necesario llenar el invierno de eventos. Y algo fundamental: trabajar todos juntos. El turismo es un bien común, pero tenemos que ir todos de la mano.

El turismo presume, y con razón, de un nivel de unión y coordinación infinitamente más generoso que el del resto de sectores. No obstante, da la sensación de que todavía hay quien hace la guerra por su cuenta.
Ciertamente. Y en ocasiones lo vemos hasta dentro de la propia asociación. Tenemos que ser muy conscientes de que no tiene sentido seguir con los reinos de taifas. La Diputación, por ejemplo, lo ha hecho muy bien al incorporar en la toma de decisiones a la iniciativa privada. Y esa es la línea a seguir, la de la unión. Y más, en estos tiempos, en los que ha cambiado, en cuanto a participación, hasta la misma manera de concebir la política. Como dice un buen amigo, estamos en el momento de sumar y multiplicar, no de dividir y restar.

¿Hasta qué punto el éxito de estos días obedece al desvío de la demanda de otros países, a los llamados turistas prestados?
Es evidente que buena parte del incremento de los turistas se corresponde con la desgraciada situación que atraviesan algunas zonas y la búsqueda de alternativas de su clientela. Pero ahí también entra la fama de destino consolidado de la Costa del Sol, que ha cambiado mucho en estas décadas, pero que sigue funcionando en la conciencia de los turistas como una opción a tener en cuenta. Si logramos fidelizar entre el 20 y el 30 por ciento de esos nuevos clientes sería un auténtico triunfo.

El exceso de alegría, en el turismo, es a veces una espada endiablada. Algunas ciudades empiezan a acusar altos niveles de colapso, e, incluso, de hostilidad por parte de los vecinos.
Eso nos tiene que servir de estímulo para trabajar de antemano y elaborar planes preventivos. Debemos evitar que el turista se convierta en una carga. Somos una provincia en la que todo funciona de manera directa o indirecta en relación con el turismo, que es nuestra principal fuente de riqueza. Y que en atención a toda esa aportación, merece que se cuide y se maneje la situación para que siga siendo fuente de beneficio mutuo, para que proporcione bienestar y no molestias.

En España tenemos muy mala experiencia con los crecimientos abultados y las aceleraciones bruscas de la economía. ¿Le preocupa que después de tanto récord se produzca una caída?
Es obvio que estamos creciendo y que ese crecimiento nos obliga a estar alerta y a fijarnos en nuestro entorno para no repetir los errores y que todo devenga, también aquí, en una nueva burbuja. Está la experiencia cercana de la construcción, que no se dosificó y acabó estallando. En nuestro sector puede darse, si bien es cierto que, por la organización con la que contamos, resulta mucho más difícil.

¿La crisis ha servido, en ese sentido, para arrancar las malas hierbas y librar al sector de oportunistas y advenedizos?
Sí. Eso mismo ocurrió con el mercado inmobiliario, donde el retroceso económico hizo que se borraran de un plumazo todos aquellos empresarios que se habían acercado al sector atraídos por el olor a negocio, pero sin experiencia previa ni conocimientos suficientes para llevar a buen puerto su gestión. No es muy distinto con lo que ha pasado con una pequeña parte de la planta hotelera, que fue construida por este tipo de inversores con la intención de generar una promoción inmobiliaria paralela y que ahora está despertando el interés de grandes grupos y cadenas. Y no por casualidad, sino porque la Costa del Sol funciona y atrae la inversión; se ha convertido en una tentación constante, incluido, insisto, para las grandes cadenas.

La Costa del Sol teme al efecto brexit y a la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea. ¿Han evaluado ya el primer diagnóstico? ¿Cuáles serán sus consecuencias?
A corto plazo no creo que altere en lo más mínimo la entrada de viajeros. El verano, al fin y al cabo, ya está vendido. Otra cosa es que la devaluación de la libra afecte a los turistas en su capacidad de dispendio; entonces se notará en el consumo, en el gasto. Las repercusiones a largo plazo habrá que analizarlas. Todos confiamos en que la fildelidad de los británicos minimice la pérdida de clientes. Pero igualmente tendremos que trabajar para saber en qué lugar nos deja todo este movimiento respecto a la competencia. Me refiero a lo que podrían aportar ellos y lo que podríamos aportar nosotros, tanto en precio como en valores de diferencia.

En la legislatura anterior hubo voces que apostaban porque los gastos de promoción fueron asumidos por la iniciativa privada.¿Estarían dispuestos a compartir la inversión?
Los empresarios ya colaboramos con esos gastos; acudimos a ferias, cedemos camas. Si a eso le sumas la cantidad de impuestos a la que tenemos que hacer frente, incluida la subida del IVA, el resultado nos deja muy lejos de poder asumir también el coste de la promoción directa. Además, no sería justo. Y más si tenemos en cuenta que somos un sector que se ha enfrentado a la crisis a pulmón, sin recibir ayuda y pasando muy malos momentos. Si se sigue exprimiendo la vaca es posible que al final nos quedemos sin una sola gota de leche.

¿Qué lección extrae de la última travesía en el desierto?
Lo mejor que puedo decir es que hemos sabido sobrevivir. Para nosotros también ha habido momentos muy difíciles; no podemos perder de vista de que nos hemos enfrentado a una crisis global, con incidencia en muchísimos mercados. Lo que hemos aprendido, ya digo, es que tenemos que estar todos muy unidos.

Málaga considera que todavía tiene margen para aumentar su oferta hotelera. Especialmente, en lo que respecta a grandes establecimientos, con capacidad para alojar a miles de congresistas.
El mundo empresarial es libre y no se pueden poner puertas al campo. Partiendo de esa premisa, y me refiero al conjunto de la Costa del Sol, creo que tenemos una oferta variada, en la que todavía no se ha alcanzado al cien por cien. Proyectos como el Miramar son necesarios, al igual que mantener la apuesta por la recualificación y la calidad; que un 3 estrellas sea realmente un 3 estrellas y un 4 estrellas un 4 estrellas. En el caso concreto de Málaga, la ciudad está plenamente capacitada para acoger congresos y a congresistas. Y, además, cuentan con la oferta complementaria de Torremolinos. Esa es la ventaja de trabajar juntos y de tener una gran oferta, que podemos y debemos colaborar entre todos.


La Costa del Sol ha estado este año a punto de perder uno de sus más prestigiosos avales formativos, la escuela de hostelería de La Cónsula. ¿Cómo y cuándo se gestó la crisis?
Ésa es la pregunta que todo el mundo se hace. Y no es fácil de responder. De repente empezamos a ver que se cerraba la cocina y se dejaban de pagar las nóminas y que nada de eso encajaba con los excelentes resultados formativos y el buen momento turístico que atravesaba la costa. La única explicación que se me ocurre es la mala gestión económica.

Los eméritos del turismo apuestan por una gestión mixta.
Podría analizarse. Es, sin duda, una opción. Lo que está claro es que no se puede perder. La Cónsula es uno de nuestros productos estrella, envidiado por muchos centros de formación turística.

Hablemos del turismo alemán. ¿Qué le falta a la provincia para liderar el mercado y convertirse en la nueva Mallorca?
Hay que tener en cuenta que nosotros, al tener una oferta tan variada y tan longitudinal, trabajamos con muchos mercados. Y hay algunos, como el alemán, que exigen un trato preferencial y prioritario. Por eso es tan necesario insistir en la promoción, hacerles ver el destino con todos sus valores, no sólo el sol y playa.

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