Baloncesto. Liga Endesa

El Unicaja pierde hasta el apellido

El equipo encaja una derrota tan dolorosa como humillante en Zaragoza y se queda sin coartada ni crédito

 
El malagueño Carlos Cabezas, lanzando a canasta, fue una pesadilla para el Unicaja.
El malagueño Carlos Cabezas, lanzando a canasta, fue una pesadilla para el Unicaja.  ACBMEDIA.com
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RAFAEL M. GUERRA Son días tristes para el Unicaja. Para un proyecto que parecía despegar, para una afición que había regresado al Martín Carpena, para un equipo que ilusionaba, para un cuerpo técnico al que le salía todo redondo, para una temporada con Copa del Rey, con Top 16, con estancia entre los cuatro primeros de la Liga Endesa durante casi todo el curso –fecha de hoy incluida–, pero con un 2012 demoledor y cruel.

El Unicaja, lo que queda de él, perdió ayer en Zaragoza el duodécimo de sus trece últimos encuentros. Y esto, amigo mío, no hay cuerpo que lo soporte, hinchada que lo tolere y plantilla que lo digiera. La crisis alcanzó anoche una nueva dimensión. Y, por primera vez, alcanzó el ridículo. El Unicaja sólo compitió hasta el descanso. Después se dejó ir. Y eso sí que no se puede permitir. Aguantó con sus armas, limitadas, hasta el intermedio. La aparición de Bracey Wright con 13 puntos desmontó el tinglao. Cayeron chuzos de punta. Estocadas desde el triple y también en la pintura.

El Unicaja, lo que queda de él, se descompuso. Comenzó a añorar ahí a un tirador fiable (Valters), a un defensor solvente (Darden) a un líder (Garbajosa). Llovieron pérdidas, se erraron triples, se regalaron rebotes. Sí, las deficiencias ya detectadas, pero invariables en el tiempo, en los últimos meses. El equipo se arrastró a partir de entonces... ¡72-48! Poco más que decir, ciertamente. 51 de valoración, 20 pérdidas, 3 de 17 en triples (18%), sólo 7 asistencias. Son los números del fiasco. Las sensaciones, los rostros, lo que pasó en la pista, lo que todos ustedes no pudieron ver, fue mucho peor.

Las caras tensas del calentamiento derivaron en imágenes inertes después. Algunos, como Fitch o Berni, se echaban la toalla encima, como no queriendo ver lo que pasaba ante sus ojos. Freeland cometía pasos, regalaba balones, se perdía en la mediocridad del juego malagueño. Y todo, ante un CAI que no necesitó hacer nada del otro mundo. La dureza de Hettsheimeir, los puntos de Aguilar y la aparición estelar de Wright. Y pare usted de contar. Sin el mejor Cabezas, con un 22% en triples (4 de 22) y con el empuje sólo a medio gas de una grada exigente como pocas.

Chus Mateo no encuentra soluciones, la plantilla está tiesa y el único respaldo ahora para sustentar este teatrillo es el actual cuarto puesto –Alicante palmó anoche ante Valladolid– en la Liga Endesa, la única competición en la que sigue vivo el equipo. Ahora, con semanas completas de trabajo, puede revertir la situación. Aunque este miércoles llega el Lagun Aro. Y lo hará con el cuchillo entre los dientes. Una derrota más, un ridículo como el de anoche, y la renta sobre el grupo perseguidor se habrá evaporado.

Doce derrotas en trece encuentros comienza a ser ya una cifra inasumible. No hay estómago que pueda triturar un dato tan demoledor y una realidad como la actual. Porque el Unicaja está cogido con alfileres. Ante el Gescrap Bilbao, sin nada en juego, el equipo se liberó y compitió hasta el final. Pero llueve sobre mojado tras palmar antes con Valencia (58-68), con Real Madrid (86-65), con Banca Cívica en aquel simulacro de participación copera (65-77), en Siena (84-69), antes en Bilbao (85-70)... la lista, desgraciadamente, es larga, está repleta de rotos y de descosidos y el tijeretazo de anoche en el Príncipe Felipe fue doloroso y sangrante.

Aquí, donde en 2005 el Unicaja, el proyecto, la entidad, toda una provincia, tocaba el cielo en la Copa del Rey, se desmoronó el castillo de arena. El CAI ganó por primera vez desde su regreso a la elite al Unicaja, tras cinco derrotas precedentes. Y, la verdad, nada hacía presagiar el caos en una primera parte muy digna.

El partido: de más a menos. La defensa zonal aplicada por el Unicaja fue la clave de ese éxito efímero. La 2-3 de Chus Mateo, con presión a Cabezas en la salida de balón, pilló a pie cambiado al CAI. Sus malos porcentajes de tres (2/9 al primer cuarto y 2 de 14 al descanso) le obligaron a mirar dentro. Y ahí sí que crearon problemas, sí que encontraron soluciones. Tanto Hettsheimeir como Aguilar. Ambos, con 10 puntos cada uno, sustentaron a los maños (34-44) al intermedio.

El Unicaja trató de correr y fue agresivo ante el aro rival. Zoric lo vio claro, aunque sus dos faltas –al igual que Freeland y Lima al descanso–, le llevaron al banquillo precipitadamente con 8 puntos. Se circuló bien el balón, pero los malos porcentajes, al principio (0 de 5 en triples al primer cuarto), y las pérdidas, en el segundo acto (8 al descanso, la mitad que el CAI), cuando sí que el equipo encontró el camino desde el perímetro –aciertos de Fitch, Abrines y Berni–, corrompieron el inquebrantable espíritu malagueño. Hubo lucha, brega, intensidad, pero faltaba un plus, algo diferente, un destello de clase y talento. Ante sus carencias imperó la seriedad, esa zona machacona que dejó absorto al CAI y mayor cordura en la toma de decisiones.

Pero todo lo que debía hacerse bien se hizo mal y lo que estaba fallando empeoró. Los pívots maños siguieron martilleando la zona verde y surgió Wright para acribillar al Unicaja, a lo que quedaba del Unicaja... De dos, de tres, tras falta, un dos más uno. Un sinfín de recursos que coronó con un robo en el arranque del último cuarto para poner la máxima del CAI: 62-46. Y creció y creció, hasta esos 24 abajo (72-48). La imagen, los hechos, el cuerpo del delito, fue lo peor. Hoy volvemos a Málaga, cabizbajos. Pensando en fichajes que no llegarán. En una plantilla que del cien pasó al cero.

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