Reportaje

Alberto Díaz, el líder inesperado

El base, a sus 22 años, vive su mejor momento tras una vida entregada al Unicaja, donde se ha convertido en un hombre vital

03.02.2017 | 10:59
Alberto Díaz, posando ayer por la mañana para La Opinión en la pista del Martín Carpena.

Scariolo: "Es un espejo al que deben mirar los canteranos"

  • El seleccionador nacional, Sergio Scariolo, ve con verdadera expectación el crecimiento de Alberto Díaz. «Discrepo con una etiqueta que se le ha pegado, de jugador con poco talento. Creo que tiene el mayor de los talentos: la pasión por el juego, el orgullo por competir, el amor para la camiseta que defiende, la capacidad de dar ejemplo, la fuerza para sumar horas extras e ir mejorando y la tremenda energía para poder hacer algo muy difícil hoy en día, salir de la cantera y asentarte en el equipo de ese club», resume. Por todo eso, para Scariolo «es un espejo en el que se tienen que mirar todos los chavales de la cantera del Unicaja». «Se ha ganado el derecho de estar en la lista amplia de jugadores que seguimos diariamente, con estadísticas e imágenes. Lo sigo con cariño y respeto, y creo que es un jugador de cuya progresión hay que estar pendiente».

Todas las situaciones de crisis despiertan lo mejor y lo peor de las personas y de las organizaciones. Ocurre en todos los ámbitos. También, por supuesto, en el deporte. No vive el Unicaja de Málaga una situación desesperada, ni mucho menos. Pero sí que en los dos últimos años ha surgido un grave problema, muy específico, en el puesto más importante en la configuración de un equipo de baloncesto.

El base lo es todo en este juego. El base manda, pero ha de hacerlo con mano izquierda. El base es el que piensa por él y por los demás, por el equipo. El base elige jugada. Escoge correr o contemporizar. Como dicen los que saben, el base es la prolongación del entrenador en la pista. Y, en los dos últimos años, el Unicaja ha sufrido una lesión gravísima de su base titular (Stefan Markovic) y un error garrafal en la elección de su base para este curso (Oliver Lafayette).

Los desmanes de unos son las oportunidades de otros. Que se lo pregunten, si no, a Alberto Díaz Ortiz. El malagueño ha formado parte en las dos últimas temporadas del Unicaja. Era su sueño, desde pequeño. Y, en ambos cursos, inició su escalada desde, en teoría, un rol de tercer base. Luego la pista pone a cada uno en su sitio. El trabajo, la determinación y el talento hacen el resto. Y, por supuesto, un hecho que no puede pasar inadvertido: el amor incondicional a un club, a una camiseta. Ese plus que aporta el canterano. El que se ha criado en la casa, el que ha soñado con jugar en el Carpena, con emular a Carlos Cabezas o Berni, a sus referentes.

Alberto creció en la popular barriada de San Carlos. Y su primer referente fue su propio hermano, Ernesto. Alberto nació el 23 de abril de 1994, cuatro años después que él. El pequeño Alberto acudía a verle entrenar y a jugar a Los Guindos. Y allí comenzó a amar el baloncesto.

«Le gustaba muchísimo. Era un niño chico y ya estaba con un balón en las manos. Es mucho más apasionado que yo. Él todo se lo toma muy en serio y pronto comenzó a destacar. En verano se iba a correr, se cuidaba... lo vive muchísmo», recuerda Ernesto, al tiempo que el propio Alberto asiente. «Yo estoy aquí por mi hermano. Lo veía jugar y era mi referencia. Tengo mucha complicidad con él», dice Alberto, el mediano de tres hermanos. La pequeña es Marta y tiene sólo 13. «Le exijo mucho, es la «niña» de la casa, la intentamos proteger, pero soy muy exigente con ella».


Así que, como no podía ser de otra forma, Alberto también comenzó a jugar. En el curso 2005/06 ya tenía ficha con la Escuela Baloncesto Guindos (EBG)-La Piccolina. «Mi entrenador era José Carlos», rememora Alberto. Y a los 12 años entró ya en el Unicaja, en preinfantil. Lo recuerda muy bien su primer entrenador en la cantera del club, Bernardo Rodríguez. El padre del gran capitán es uno de los grandes educadores del básket malagueño. Desde pequeño, Alberto ya mostraba las habilidades que exhibe.

Quiso dejar el baloncesto

«Era un chico con muchos deseos de superarse a sí mismo, muy trabajador, con grandes cualidades defensivas. Muy valiente, muy habilidoso en las penetraciones. El tiro siempre le ha flojeado, pero fíjate ahora cómo anota. Era muy pequeño, rápido, habilidoso y muy trabajador en los entrenos. Daba gusto poder entrenarle a él. Era un grupo muy trabajador. Él se llevaba muy bien con José Antonio Alcoholado», explica Bernardo Rodríguez. 

Acabó una primera etapa de formación y comenzó otra, ya con más responsabilidad y un problema añadido. Alberto ya tenía 14 años y le ocurrió como a su hermano Ernesto, que dio el estirón más tarde. «Eso nos preocupaba muchísimo, porque era muy pequeño», insiste Bernardo. Los niños de su edad le sacaban una cabeza y en el club esperaban que creciera ansiosamente. Y cuando su cuerpo comenzó a desarrollarse trajo consigo un problema en las rodillas. Un dolor insoportable que no remitía y que hizo que el pequeño Alberto se planteara no volver a entrenar ni jugar, porque los dolores eran terribles. «Era la rodilla izquierda y se juntó el problema del crecimiento con la tendinitis y era horrible. No podía ni entrenar y pensé en abandonar, porque veía que los demás niños crecían como jugadores y yo estaba estancado, sin entrenar», se sincera el base.

Lo recuerda bien un hombre que fue realmente importante en su carrera, ya que le entrenó durante varias etapas, Francis Tomé. «Lo cogí en un momento en el que su cuerpo comenzaba a cambiar. Él había sido un base siempre pequeño, agresivo, duro, defensivo. Igual que su hermano, pegó el estiró en cadetes. En ese momento él tenía problemas de rodilla, por los dolores. Hay un día en que él quiere dejar de jugar, llorando; no soportaba los dolores. Le animé a que sólo fuera a los partidos, que no se entrenara hasta que pudiera soportar el dolor. Y así logré que no se desenganchara del baloncesto y siguiera jugando. Cuando su cuerpo se normalizó él siguió evolucionando».


Analiza Tomé el crecimiento que ya experimentó en aquella época el propio Alberto. «Es un tío con un carácter especial. Capaz de liderar cualquier grupo. Recuerdo que jugábamos un Campeonato de España cadete, con la selección andaluza. Allí te pasas el día viendo partidos, de un pabellón a otro. Al llegar al hotel, el entrenador de la selección me dijo que los niños estaban distraídos, de tonteo con las otras niñas, y al día siguiente nos jugábamos las semifinales. Los reuní en su habitación a todos, para putearles. Llego y me quedo callado. Estuvimos así dos minutos, en silencio. Nadie hablaba y les dije. «¿Quién manda aquí, a ver?». Y todos respondieron al mismo tiempo: «¡Alberto!». «Fue mortal (risas), yo pensaba que iban a decir que yo, pero dijeron que Alberto. En ese primer año cadete, Chiqui Gil también le dirigió al final de curso. Tomé le tuvo ese segundo año de cadete y en el primero de júnior. Y, apenas arrancando el curso, el «Pelirrojo» vivió ya uno de sus «momentazos» en su todavía corta carrera como jugador.

Llegó el debut de Alberto con el Clínicas Rincón. Otra etapa más cumplida. Fue en León, con Paco Aurioles, un 24 de octubre de 2010, en un duelo de LEB Oro ante un histórico. «En la primera jugada le sacó una falta en ataque a Bernabé, que era en aquel momento el mejor base de toda la Liga LEB», recuerda Aurioles. Fue un día especial para la cantera, porque en Málaga, el Unicaja le ganaba al Cajasol con 14 puntos de Rafa Freire, que estaba destinado a ser el base del futuro.

El propio Alberto guarda en su memoria cada detalle de aquel enfrentamiento. «Recuerdo que era un partido en el que estábamos muy justos, íbamos peor en la clasificación, y pasaba que ya no iba a jugar, porque faltaban cuatro minutos y medio. Ellos iban 4 arriba y se lesionó Álex Abrines. Y Paco me sacó. Fue bonito. Me acuerdo que Bernabé me tenía ganada la lucha y se echó sobre mí para sacar falta y me caí hacia atrás y le saqué yo la falta».

Su segundo año como júnior, en el curso 2011/12, fue el más importante de su carrera. No tuvo la suerte de disfrutarle demasiado otro de los ya exentrenadores de la cantera del Unicaja, Manolo Trujillo. Él entrenaba al júnior del EBA y Alberto había saltado ese escalón para colarse de inmediato en el equipo LEB, en el Clínicas Rincón, con Manolo Povea. Pero, en entrenamientos esporádicos y para los campeonatos de Andalucía y de España, Trujillo pudo dirigirle y, lo que recuerda de él, es abrumador.


40 puntos en la final

«Cuando él estaba, el equipo cambiaba. El Andaluz de Cádiz lo afrontamos con Sevilla como favorito, con Porzingis. Nuestra generación contaba con Rubén Guerrero o Víctor Ruiz, y Alberto llegó para jugar la final. Metió más de 40 puntos, robó más de 10 balones. Ganamos la final con una canasta ganadora suya. Tenía carácter y hacía competitivo a todos, hacía mejor a sus compañeros. Sabía tomar las decisiones adecuadas. Ponía el balón siempre en su sitio. Y cuando no tenía un pase él buscaba el aro contrario», rememora Trujillo. 

En esa temporada no dejaron de sucederse los acontecimientos. Alberto dio el salto definitivo al Clínicas Rincón de Povea. Con la selección, ganó el torneo Albert Schweitzer, en Mannheim. «Decidimos que viniera a probar con nosotros. Teníamos problemas en el puesto de base» recuerda Povea, entrenador del Clínicas en LEB Oro en 2011/12. «Era el Clínicas más joven de la historia y fichamos al americano Payne, como escolta, pero nos fue mejor de base y se lo llevó el primer equipo. Tiramos de Alberto. Tomé me decía que no le iba a dar miedo el cambio. Fue complicado, pero mostró una ambición tremenda. Desde el primer momento, él no entró pidiendo permiso, sino que se ganó sus minutos, con ambición positiva, aprovechó su oportunidad».

Su madre Montse

Hay una persona que ha sido clave en la carrera deportiva de Alberto. No es ningún compañero o un entrenador. Tampoco ningún dirigente. Ha sido Montse, su madre. Es la persona que no ha permitido en ningún momento que se saliese ni un milímetro de su camino. Lo primero, siempre para su familia, han sido los estudios. «Hemos tenido decenas de reuniones con ella aquí en Los Guindos», recuerda Ramón García, jefe de cantera del Unicaja.

Era el curso en el que Alberto, a sus 17 años, estudiaba Bachiller. «Para mis padres era innegociable: tenía que aprobar y sacarme el curso. Mi madre es la persona que me empuja, que siempre me ha ayudado. Cuando venía tarde de entrenar se acostaba conmigo, mientras estudiaba, para hacerme compañía. Ella siempre me ha guiado. Mis padres me han hecho ver que el baloncesto es una bonita opción, pero lo que no puede faltar es la formación y tener una carrera universitaria. Estoy en esta situación gracias a ella», dice.

Justo el día que Alberto cumplió 18 años, Luis Casimiro Palomo le reclamó para entrenarse con el primer equipo. Era un inolvidable 23 de abril de 2012. El Unicaja vivía un momento muy convulso. Y Casimiro tenía el reto de lograr el noveno puesto en la ACB para mantener la plaza de Euroliga. «Necesitábamos subir un base o ficharlo. Decidimos que fuera un chico de la cantera. Yo no lo conocía y lo subí a entrenar. Alberto me daba las dos cosas que necesitaba: defensa y energía. Y sabía pasar el balón, que era importante, con gente dentro como Freeland o Zoric. Nos dio carácter desde el primero momento».



Reunión con Luis Casimiro

Le hizo debutar, en Bilbao, en la ACB, con 18 años recién cumplidos. «Ganamos en Bilbao un partido complicadísimo en su debut. Con aquella fórmula, entre Alberto y Berni, ganamos los últimos partidos y logramos el objetivo de la Euroliga», explica el ahora entrenador del Herbalife Gran Canaria. Que el «Pelirrojo» pasara a formar parte del primer equipo no fue tarea fácil. Los padres de Alberto solicitaron una reunión, con el presidente, Eduardo García, y el propio Casimiro. «Básicamente, ellos querían saber si el chico iba a jugar o sólo iba de relleno, porque estaban muy preocupados del tema académico», resume el coach. Lo recuerda perfectamente el propio Alberto. «Fue en la cafetería. Yo estaba en exámenes de Bachillerato, antes de la Selectividad. Ya faltaba a clase por los viajes con el LEB. Mis padres me veían más como un estudiantes que como un jugador, porque con los estudios no se jugaba», dice con un sonrisa cómplice el base cajista.

Los estudios han marcado su formación como jugador. Alberto es un ejemplo. Jugar al baloncesto al máximo nivel y sacarse una carrera universitaria no es sencillo. Sobre todo, porque como él dice: «No todos tenemos el coco de Luis Conde». «A mí siempre me ha costado, no ha sido fácil. Es un símil al baloncesto, soy de trabajar y currármelo para sacar los cursos». Ese esfuerzo ha valido la pena. Alberto está a punto de acabar sus estudios en Ciencias de la Educación, en la especialidad de Educación Física. Tiene ya todas las materias aprobadas y el próximo 17 de febrero acaba las prácticas, en el Rosario Moreno. El día 24 debe entregar un trabajo. Así que sólo le falta el proyecto fin de carrera.

Luis Conde ha sido uno de sus mejores amigos en su etapa de cantera y, sin duda, todo un referente para él a la hora de compaginar estudios y baloncesto. «Alberto es un competidor nato y ese espíritu por superarse lo ha trasladado también al mundo académico, a la Universidad. Si tenía prácticas, algún trabajo y tenía que estudiar él siempre era muy responsable. Hay pocos que trabajen como él. En la pista y en las aulas. Verle ahora tan arriba y ganándose al Carpena€ me alegro un montón por él. Se lo merece, verle triunfar con la camiseta del Unicaja. Es un orgullo», recalca Luis, que hace un par de años dejó el Unicaja y el Clínicas para seguir con la carrera de Medicina.

Sus sueños se habían cumplido, tras vestir la camiseta del Unicaja. En 2013/14 ya se le quedaba corta la LEB Oro. Su buen amigo Pepe Pozas, con el que ha compartido mil vivencias, se marchaba a Valladolid. Él, meses después, hacía el mismo recorrido, cedido a Bilbao, en ACB. El jefe de cantera del club, Ramón García, ha podido ver con la perspectiva que le da su posición el recorrido del base. Desde que llegó como un pipiolo a Los Guindos, botó por primera vez el balón hasta que dio pasos al frente, al LEB y al ACB, incluidas sus cesiones a Bilbao y a Fuenlabrada, en el curso siguiente de 2014/15.

«Él, lo que hace ahora en el primer equipo, lo hacía desde pequeño. Era un líder. Él, esa transmisión, ese coraje y liderazgo lo ha tenido siempre. Destaco su inteligencia. Nadie le ha regalado nada, todo lo ha hecho a base de ilusión, trabajo. Era bajito, no fuerte. Muy inteligente y con corazón. Y está siendo en el primer equipo lo que hacía cuando era pequeño. Es una alegría muy grande que llegue al primer equipo. Hay niños nacidos en Málaga o entrenados en Málaga que están en la NBA. Y hay varios jugadores que están en Euroliga. Y otros en ACB. Lo triste es que esos jugadores no triunfen aquí», relata.

Y se marchó a Fuenlabrada (2014/15), una temporada completa, a un club donde vivió momentos complicados, con mala clasificación en la ACB y problemas de pago, algo que sin duda hace valorar lo que hay en Málaga. Fue Luis Casimiro quien decidió apostar por él. «Estábamos viendo un jugador para el puesto de base porque Cabezas se va a Murcia. Había que fichar un base y yo lo propuse. En aquel momento era un chico en crecimiento y progresión, nos podía ayudar. A mí los resultados no me ayudaron, pero él maduró muchísimo. Fue una gran experiencia, en un ambiente más hostil para cuando volviera a Málaga ya lo hiciera con más tranquilidad y autoestima», prosigue Casimiro.

El Unicaja decidió hacerle un hueco ya hace dos veranos, en 2015/16. Alberto partía como el tercer base, como el último jugador del equipo, y la lesión de Markovic y su trabajo le abrieron la titularidad y ahora se ha convertido en uno de los líderes del Unicaja, a pesar de que ese no debía ser su rol. Joan Plaza le dedica unas hermosas líneas. «Alberto podría ser el ejemplo perfecto para definir el perfil de jugador en el que todos los entrenadores hemos soñado. Su concentración, ética de trabajo y perseverancia cuasi espartanas hacen de él un ejemplo para todos y es por ello que, a mi entender, este tipo de personas merecen que la vida sea justa con ellas permitiéndoles alcanzar muchos de los sueños (en el ámbito que sea) por los que tan duramente luchan cada día, sin por ello€, haber perdido nunca una sonrisa y una palabra amable para con todos los que lo rodean», dice Plaza.

Ahora es la referencia, la bandera de la cantera. De los que están aquí y de los que se fueron en busca de un futuro mejor, aunque mirando siempre a casa, a Málaga y al Unicaja. Como hace Francis Alonso, base de la Universidad de Greensboro. «Como canterano del Unicaja es un ejemplo. Se ha criado en la cantera, en Los Guindos, está jugando ya al más alto nivel y sigue en casa. Y eso se hace valorar más. Desde pequeño, ésta es su casa. Lo conozco y soy su amigo y sé cómo es. Él es un tío que trabaja, currante, que nunca se va a rendir, que va a dar el 100 por 100 en cada partido y en cada entrenamiento. Es un tío que sabe lo que tiene que hacer. Trabaja como el que más y no me sorprende para nada que las cosas le estén saliendo tan bien», señala.

Es Alberto, el líder silencioso de este Unicaja, un jugador y persona querida por los que le conocen, como lo resume uno de sus mejores amigos, Pepe Pozas. «Alberto es muy pelirrojo, muy naranja (risas). Es un gran compañero, que siempre da el máximo, al que no le gusta nada perder. Su personalidad le ha llevado a estar donde está». A sus 22 años, sigue viviendo en casa, con sus padres. Luciana le ha robado el corazón. Es el líder inesperado. Que pisa fuerte. El mejor ejemplo.
isa fuerte. Y sólo tiene 22 años. El mejor ejemplo.

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