25 de marzo de 2018
25.03.2018
Zona press

Día de partido

25.03.2018 | 05:00

M despierto y sé que no es un día cualquiera. En mi caso me despiertan. Gabo no perdona. Cuando abro los ojos ya tengo ese hormigueo en el estómago. No sé que es. No son nervios. Ya llevo cientos de partidos jugados y el de hoy no es diferente. Es un partido más. Pero ese hormigueo siempre está. Y os confieso que el día que no esté me retiro. Lo primero es el paseo con Gabo, que para eso él me despertó. En ese paseo repaso las noticias como todos los días. Pero no es como todos los días. No leo con tanta atención. Mi cabeza está en el partido de esta tarde. Ya empiezo el repaso de todo lo que está bajo mi control para esos ciento cinco minutos. Ese plan de partido que hemos diseñado y desarrollado durante toda la semana y que esta tarde hay que poner en práctica. Cómo ajusto a los que empiezan, cuándo debo empezar a rotar, qué movimientos debemos usar hoy con más frecuencia. Pero lo más importante es qué transmito al equipo en la charla previa al partido.

Todavía quedan horas para empezar. Estoy relajado, descansando y exprimo cada minuto con Ana porque no son tantos los ratos que estamos juntos y aprovecho cada uno de ellos. Pero mi cabeza está en el partido. Almuerzo. Ya tengo un callo en el estómago que hace compatible comer con ese hormigueo que nunca se quita. Siempre está. Soy capaz hasta de disfrutar la comida.

Me voy para el partido. Son cuarenta minutos en coche. Normalmente voy solo. Si viene Ana, el silencio en el coche es sepulcral. Empieza el segundo repaso a lo que está bajo tu control esta tarde. Le doy vueltas a las mismas cuestiones que en el paseo con Gabo por si me viene alguna idea de última hora o estoy convencido de lo que tenía pensado.

Llego al vestuario. Los jugadores se están cambiando. No hablo con nadie. Estoy loco porque se cambien rápido y quedarme solo. Anoto en la pizarra los detalles individuales que quiero remarcar de los jugadores rivales. El hormigueo es más intenso. Me relajo jugando al sudoku. Sí, desde hace años. Me hace tener la mente activa y juego con la tensión porque debo acabarlo antes de que entren los jugadores para que hablemos. No puedo dejarlo a medias. Nunca lo hice. Mientras espero, entra en el vestuario el presidente o mi ayudante. Alguna cosa comentamos pero mi cabeza ya está en lo que está. Entran los jugadores. Hablamos de los rivales y repasamos por última vez nuestro plan de partido. No necesitan motivación. Están locos por jugar. Están locos por ganar. Salen del vestuario como motos. Están listos. Tengo que estar listo para improvisar si es necesario durante el partido. Les debo ayudar dándoles soluciones a las circunstancias que nos encontraremos en el partido. Debo leer qué sucede, qué preparó el entrenador contrario o algún imprevisto que pueda ocurrir.

Salgo a la cancha cuando quedan veinte minutos. Saludo a los árbitros. Ya percibo si están nerviosos. Intento saber en esos dos minutos que hablo con los dos si podré hablar con ellos durante el partido o mejor olvidarme. Saludo al entrenador rival. Nada. Lo típico. El viaje, la temporada. A veces percibo algún detalle que me ayuda a afrontar el partido, pero es difícil. Doy el cinco inicial y me siento a beber agua porque sé que durante el partido no bebo lo suficiente. Se me olvida.

La presentación. Ya estoy frito porque empiece el partido. El último corrillo. Sólo repito un detalle, casi siempre defensivo. Ahora siento ese hormigueo más fuerte. Pero estoy acostumbrado. Gusta sentirlo.

Empieza el partido. Leo lo que sucede. Me enfado. Me alegro. Animo. Grito a alguien. Protesto. Roto. Me equivoco. Acierto. Tiempos muertos. Tensión. Boca seca. Llega el final. Se va el hormigueo (hasta luego, nos vemos el sábado que viene). Y como es un juego, ganas o pierdes. Pero no es lo mismo. Si gano, estoy muy contento pero rápidamente ya empiezo a pensar en el próximo rival. Si pierdo, le doy mil vueltas al partido. Es como si no hubiese acabado todavía. Ya no puedo hacer nada para cambiar el marcador pero sí aprendo mis errores para no cometerlos el próximo sábado. Ahora, da igual ganar o perder, esa noche me cuesta dormir más de lo normal. Lo peor es que Gabo no entiende de esto y mañana por la mañana me vuelve a despertar como un reloj a la misma hora de siempre.

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