Patrimonio vivo

La dieta mediterránea, una forma de comer y de vivir

Este estilo de alimentación ha sido declarado como patrimonio inmaterial de la humanidad en el 2010

15.10.2013 | 15:33
EL aceite de oliva, pieza fundamental de la dieta.
EL aceite de oliva, pieza fundamental de la dieta.

La base de la dieta mediterránea

  • Aceite de oliva extra: los expertos aconsejan que distintas comidas incluyan al menos 50 ml al día.
  • Verduras y hortalizas: dos o más raciones al día, preferentemente una de ellas cruda, como la ensalada.
  • Cereales, pan, pasta y arroz: todos los días, aunque es mejor alternarlos. El pan integral, mejor que el blanco.
  • Carne: Son aconsejables las carnes blancas (aves sin piel y/o conejo) antes que las rojas, embutidos u otras carnes.
  • Legumbres y frutos secos: se deben consumir al menos tres veces por semana.
  • Pescados o mariscos: una vez por semana, dando preferencia al pescado azul.
  • Huevos: es recomendable el consumo de dos a tres unidades semanales.
  • Vino: dosificado, sobre todo en las comidas, y con mayor preferencia por el vino tinto.

La dieta mediterránea es un conjunto de competencias, conocimientos, prácticas y tradiciones relacionadas con la alimentación humana, que van desde la tierra hasta la mesa, abarcando los cultivos, las cosechas y la pesca, así como la conservación, la transformación y la preparación de los alimentos y, en particular, el consumo de éstos.

Éstos fueron los argumentos que llevaron al comité intergubernamental de la Unesco a declarar la dieta mediterránea como patrimonio inmaterial de la humanidad en el 2010, a partir de una propuesta conjunta presentada por España, Grecia, Italia y Marruecos.

El comité destacó que los ingredientes principales de esta dieta son "el aceite de oliva, los cereales, las frutas y verduras frescas o secas, una proporción moderada de carne, pescado y productos lácteos, y abundantes condimentos y especias, cuyo consumo en la mesa se acompaña de vino o infusiones, respetando siempre las creencias de cada comunidad".

Además, la declaración subraya que la dieta mediterránea –cuyo nombre viene de la palabra griega diaita, que quiere decir modo de vida– no comprende solamente la alimentación, sino que es "un elemento cultural que propicia la interacción social".

En el barrio malagueño de Pedregalejo, numerosos chiringuitos ofrecen a pie de playa los espetos, un plato elaborado con pescado (habitualmente, sardinas) enfilados meticulosamente en un palo, clavado a su vez en las brasas recogidas en unos recipientes con forma de barquitas.

El joven Cata, del chiringuito Acacias, como muchos otros (El Morata, Tintorero, El Cabra...), lleva años asando sardinas. Cada temporada hay más demanda, y en verano se llegan a formar colas. Por eso, Cata no acaba de entender la propuesta de la administración de prohibir los chiringuitos: "¡Pero si es lo mejor que hay! El fuego al lado de la playa, saboreando los pescaditos... Es que estos gobernantes lo quieren hacer todo tan de diseño que, sin darse cuenta, borran la tradición. Esto ya no será mismo...", exclama, preocupado.

Lo que se entiende como dieta mediterránea en sí probablemente nunca ha sido una práctica generalizada, y menos con el componente consciente de alimentación sana que hoy se le reconoce. Lo que sucede es que tanto el aceite de oliva como los demás ingredientes son los productos más naturales de los países ribereños del Mediterráneo, y es a partir de los estudios científicos que se llevan a cabo después de la Segunda Guerra Mundial cuando se descubre que, comparativamente, el índice de enfermedades cardiovasculares es menor en estos países que en otros de Europa y en Estados Unidos.

Esos primeros estudios hablaban además no tanto de dieta como de estilo de vida mediterráneo (frugalidad, actividades al aire libre, espíritu asociativo...), que es también lo que la Unesco destaca en su declaración.

La familia Flores emigró de Andalucía a Barcelona para trabajar en una fábrica. Décadas después, decidieron regresar a Turre, el pueblo almeriense donde nacieron. Allí plantaron naranjos y otros árboles frutales, hortalizas y olivos. Cultivan durante todo el año y abastecen a la familia y los amigos de los ingredientes principales de una alimentación saludable. Cuando los hijos y los nietos los visitan, sus coches se llenan de productos esenciales, desde aceite de oliva hasta frutas o verduras, sin olvidar el vino de cosecha propia.

Los sábados por la mañana, la plaza mayor de Vic, en el interior de Catalunya, se llena de puestos que venden productos de la tierra. Maria Àngels Corarach compra desde pequeña en el mercado semanal. "Todo es más sabroso y natural, más fresco. Arrancado del huerto y listo para comer.

Y es que hoy en día con tanto supermercado se está perdiendo el valor de lo natural...". Antoni Framis Molina es un pequeño agricultor que arrastra a toda la familia por los diferentes mercados de Catalunya. Sus hijos Toni y Júlia le acompañan desde pequeños. Venden tomates, lechugas, alcachofas, zanahorias..., que cultiva en el Maresme, en el litoral catalán. Al final de la jornada, Framis está contento porque lo han vendido todo, más de lo que esperaban. La dieta mediterránea se ha convertido en un ideal de alimentación sana.

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