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Los nativos digitales no existen

Los principales especialistas en internet de España niegan que las jóvenes generaciones sean expertas en tecnología y reivindican la urgente necesidad de una alfabetización para evitar que naufraguen en este nuevo mundo

11.02.2017 | 05:00

Si a un niño de dos o tres años le ponen un vídeo en una tableta, mostrándole cómo iniciar y parar la reproducción con un simple toque a la pantalla o como pasar al corte siguiente con un simple barrido, y acto seguido le ponen otro vídeo en un plasma convencional, el rapaz tratará inmediatamente de interactuar con la pantalla a través del tacto, con la consiguiente frustración al no obtener la respuesta esperada por parte del aparato. La tele de cada hogar con niños pequeños, con la pantalla marcada por las huellas de unas manos diminutas, da fe de esta reacción infantil. Un acto que viene a corroborar que las habilidades digitales, como las vinculadas a cualquier otra tecnología, no son innatas.

Este es, precisamente, el punto de partida del libro Los nativos digitales no existen. Cómo educar a tus hijos para un mundo digital, un volumen colectivo e interdisciplinar, editado por Deusto y coordinado por la periodista Susana Lluna y y el informático Javier Pedreira, Wicho –uno de los creadores del blog Microsiervos–, que busca desterrar la creencia de que los jóvenes podrán asimilar las interioridades de las nuevas tecnologías de manera automática y sin aprendizaje previo, y al tiempo ofrecer pautas para que padres y docentes puedan tutelar la progresiva inmersión de sus hijos y alumnos en el gran océano digital.

En realidad, analfabetos

Mas este aprendizaje está repleto de trabas y riesgos. El primero, una incomprensión generalizada de las bases que sustentan la tecnología actual. De hecho, este es un déficit endémico de nuestra época: tendemos a considerar que estamos en la cima del conocimiento humano, sin ser conscientes de todo lo que se ha perdido, de todo lo que se ha olvidado. En estos tiempos de ladrillo, acero y hormigón armado, sería imposible hacer una catedral gótica con sus materiales y técnicas originales. Tampoco podríamos erigir una pirámide egipcia o algo tan «sencillo» como reproducir un artesonado mudéjar.

Cada avance tecnológico se eleva sobre las ruinas de una tecnología previa, y esto es así también en el mundo digital: actualmente, sólo unos pocos jóvenes sabrían programar Basic o trabajar en un entorno MS-DOS. Y probablemente, ninguno nacido antes de 1990, la «frontera» que marcaría el inicio de esa generación de supuestos «nativos digitales».

«Basta con rascar levemente por debajo de la superficie para ver que en realidad no todos los jóvenes son esos supuestos ´nativos digitales´, ni mucho menos. En cuanto los sacas de Instagram, Snapchat, Youtube o de los programas que utilizan para descargarse música y películas, muchos de ellos son tan patosos como el que más», escriben Lluna y Pedreira, que alertan contra esa tendencia a sobreestimar las capacidades de las nuevas generaciones (y, en paralelo, a subestimar las de generaciones anteriores) para comprender la tecnología.

Pero este déficit es sólo uno de los rasgos de la conflictiva relación que mantienen actualmente individuos, familia y sociedad con el ámbito digital. Un único píxel en un dibujo mucho más amplio. La existencia de una supuesta «brecha generacional», la aparición de nuevas patologías asociadas a internet, la representación del «yo» en las redes, la velocidad del cambio? son aspectos todos ellos relevantes a la hora de analizar este nuevo escenario marcado por el impacto del digital, y de trazar una estrategia de formación para que esos mal llamados «nativos digitales» no se conviertan en náufragos.

Sólo hay un mundo

Una de las claves que repiten los autores de Los nativos digitales no existen es que no hay una distinción entre el mundo real y el que es accesible a través de las pantallas. «Para las nuevas generaciones no existe el mundo real y el virtual, sino que lo ven como una parte más de su día a día, conviven con sus amigos a través de una pantalla y crea sus relaciones sociales a través de Whatsapp, Snapchat, Instagram o Facebook. Se informan en Youtube. Están conectados la mayor parte de su tiempo, sin diferenciarlo de su otro yo en la vida real (como lo suelen ver los padres analógicos), que no es más que ellos mismos», sostienen Rebeca Díez, Doctora en Comunicación Audiovisual, y Marga Cabrera, profesora de Comunicación Digital en la Universidad Politécnica de Valencia.

Para los jóvenes, el ámbito digital no es un pasatiempo, como lo es para sus mayores, ni un sustituto, como temen sus mayores: es una extensión del mundo real, sin más. Pero no todos los progenitores conocen el funcionamiento de estos dos ámbitos, lo que deriva en un temor, casi irracional, a las nuevas tecnologías. «Nuestros miedos como padres son a lo desconocido», explican Díez y Cabrera, «somos conscientes de en qué forma puede afectarles el alcohol o las drogas, sabemos más o menos cómo se detecta si un chaval llega ebrio, hemos pasado por ahí, nosotros o nuestros amigos han vivido eso a su misma edad. Aunque también nos asusta, sabemos de qué va y tenemos recursos en nuestras vivencias para prevenirlo o corregirlo. Todo lo contrario ocurre con el mundo digital, la mayoría de los padres ha crecido sin Internet y sin móvil, ¡no existían! Para colmo, no es suficiente con aprender hoy, la velocidad que conlleva este nuevo mundo digital obliga a estar muy atento para poder seguirles la pista».

Identidad digital

El que los jóvenes interpreten el mundo digital como una extensión del real no significa que sean conscientes de su lugar dentro de ese mundo dual, y menos en momentos como la adolescencia, en los que su propia personalidad está en construcción. Por eso, uno de los aspectos cruciales en la formación de los jóvenes es ayudarles a tomar consciencia de su «yo» y de que su identidad digital es una extensión de la real.

«Los jóvenes conectados se sienten incompletos sin Internet, es parte de su día a día. Entienden las redes como el lugar donde deben estar y asumen que estar facilita nuevos procesos de integración pero también de exclusión. Todo pasa en las redes sociales y lo que no pasa en ellas se gestiona allí, por lo que no estar o no saber gestionar su yo digital supone quedarse fuera del grupo», sostienen Díez y Cabrera, quienes inciden en que los jóvenes «necesitan estar en grupos para establecer un sentimiento de pertenencia, y también necesitan desarrollar su personalidad digital».

Normas para estar en la red

La clave no es que los jóvenes distingan entre su personalidad real y la que trasladan a las redes, sino precisamente que no lo hagan. Para ello, lo primero es que sean conscientes de esa personalidad, y lo segundo que trasladen a las redes los mismos principios éticos y la misma educación cívica con la que les exigimos que se muevan en la vida real. «Si no permitimos que (los menores) ofendan o insulten a terceras personas en su día a día, tampoco pueden hacerlo en Internet. No pueden estropear su identidad digital, y mucho menos la de los demás», explican Díez y Cabrera.

Hay un nombre para estas «normas de saber estar» en Internet: «Netiqueta». Pero más importante aún es que los internautas sepan amoldar su lenguaje y su comportamiento en función del canal, tal y como se hace en la vida real. Porque no es lo mismo el lenguaje y la familiaridad con la que nos desenvolvemos tomando una cerveza con los amigos que en una reunión en la oficina. La dificultad es que, en la red, carecemos del apoyo que supone el lenguaje corporal, por lo que la cautela y la empatía, el saber ponerse en el lugar del otro, son fundamentales.

La nueva plaza del pueblo

Para entender la naturaleza de la sociedad conectada, los autores consideran que hay que desterrar un mito del nuevo milenio: el de la incomunicación digital. «Aunque leemos en múltiples instancias tradicionales que Internet nos aislará de lo social, lo que está ocurriendo es justo lo contrario, que estamos recuperando ese importante aspecto, desarrollándolo hasta extremos nunca explorados. Y es que somos muy poca cosa cuando estamos aislados, muy fuertes si estamos conectados». Sostiene Dolors Reig, bloguera y psicóloga social.

Esta autora, de hecho, discrepa en parte del tema del libro: a su juicio, sí se puede hablar de «nativos digitales», aunque ello no quiere decir que sean capaces de aprovechar el potencial de la tecnología digital, sino únicamente que se criaron rodeados de ella: «Los nativos digitales, más que existir, sobreviven, navegan como pueden la ola que inunda ya hoy cada aspecto de nuestra identidad, que está cubriendo, de forma irremediable, la que es y será una sociedad distinta, posdigital». Bajo este prisma Internet es un medio para lograr una sociedad más justa y, al tiempo, facilitar una mayor libertad de los individuos. Para ello, Reig incide en la importancia del colaboracionismo, y pone como ejemplo la eclosión del 15M. «La conexión permanente y ubicua en comunidades cada vez más amplias, la vivencia en unos espacios públicos, unas ´plazas del pueblo´ renovadas y cada vez más presentes en la vida social, cultural y política, nos están haciendo, como individuos y sociedades, cada vez más libres y realizados», sostiene.

Pero esta nueva configuración social también conlleva un nuevo rol para el individuo, que quiere ser un agente activo: «El individuo conectado se ha acostumbrado a participar y va a ser difícil que deje de hacerlo. No hay alternativa entonces para un cambio social profundo que supone la aparición de los sitios de redes sociales», escribe Reig.


El control es fútil

Nunca hemos estado tan conectados ni ha sido tan fácil localizar a los jóvenes, pero al mismo tiempo resulta extremadamente difícil controlar qué consumen cuando navegan por Internet. Algunas herramientas pueden ser útiles en los momentos iniciales de su acercamiento a las redes, caso del control parental, de aplicaciones como Youtube Kids o de buscadores «capados» como Thinga. Pero su vigencia es muy limitada, y los jóvenes pueden escapar de su control.

Por ello, los padres deben tutelar de manera activa la progresiva inmersión de sus hijos en el gran océano de Internet. «Nuestros niños necesitan de una cultura digital, necesitan referentes que les orienten en el quehacer diario, y no sólo frente a las malas influencias, sino en lo más básico: educación en la red, orden de los ficheros, escritura audiovisual, reputación ´on-line´, saber buscar información relevante, etc. Qué se puede y qué no, cómo moverse, cómo almacenar la información para poder recuperarla. Lo mismo que les pedimos que ordenen la habitación, deberíamos pedirles que tengan sus archivos y vida digital en regla. El problema es que muchos progenitores no tienen las nociones básicas de cultura digital, por lo que no pueden formar a sus hijos», explican Díez y Cabrera.

Para lograr una adecuada educación digital y evitar una brecha entre padres e hijos, la clave es el aprendizaje compartido: navegar juntos. Que los padres experimenten antes que los críos lo que supone la conexión continua, que exploren las nuevas redes antes de permitir el acceso a los menores. Pero todo orientado a dotar a los rapaces de herramientas para que, llegado el momento, puedan volar solos.

En esta estrategia, los videojuegos pueden ser una herramienta básica para el aprendizaje y, también, para reforzar el vínculo paternofilial.

El mito de la brecha generacional

La posibilidad de que los padres puedan explorar las redes sociales e Internet a la par que sus hijos despeja otro mito: el de la brecha generacional. La situación, de hecho, es más compleja. Anna Blázquez Abella, licenciada en pedagogía y comunicación audiovisual, ejemplifica el problema confrontando el caso de Sandra, una chica de dieciséis años que se maneja con soltura en las redes sociales pero es incapaz de adjuntar un archivo a un email, con el de Antonio, un octogenario que domina todo lo relativo al correo electrónico y quiere explorar otros aspectos.

«Casos como el de Sandra y Antonio nos hacen cuestionar las rutinas y creencias adquiridas, y nos damos cuenta de que en realidad lo que está sucediendo es que estamos discriminando por razón de edad», sostiene.El caso de Sandra refleja además esa singularidad de los presuntos «nativos digitales»: si los sacas de las redes, aplicaciones y artefactos que dominan, pueden ser bastante torpes. Un verdadero problema en un momento en el que los cambios se suceden a velocidad de vértigo. Para superar esto, es preciso formar a los jóvenes para que adquieran competencias digitales que les permitan adaptarse a una evolución continua.

Patologías digitales para hacer caja

Con los nuevos hábitos, también han florecido enfermedades nuevas. Se pueden resumir en una: la adicción a Internet. Una patología que tratan numerosas clínicas para «desintoxicarse» de Internet, pero que a ojos del psicólogo Eparquio Delgado es «una broma tomada en serio». A su juicio, no se pueden considerar que haya un «patrón problemático de consumo» relacionado con el acceso a Internet, ni se puede considerar que su uso sea nocivo por sí mismo. «Si el uso de Internet o del móvil pudiera derivar en una adicción, podría considerarse su restricción legal a determinadas edades al igual que ocurre con el alcohol y el tabaco. También podría incluirse un mensaje que avisara de las posibles consecuencias adictivas bajo la pantalla de nuestro ordenador o en la trasera del teléfono móvil, como ocurre con las cajetillas de tabaco», ironiza.

En los últimos años, a esta supuesta enfermedad se le ha unido otra: la nomofobia o miedo irracional a la imposibilidad de usar el móvil. Delgado, no obstante, también pone en tela de juicio: «A la nomofobia le ocurre lo mismo que a la adicción al Internet: no está recogida en los manuales de diagnóstico y no hay estudios que indiquen que cumpla con los criterios para ser considerada una adicción, pero eso no ha impedido que hayan comenzado a aparecer las primeras clínicas que ofrecen terapias para superarla».

Sentido común

Mas todas las enseñanzas, los consejos o las pautas de seguridad para navegar sin peligros por el océano digital se pueden resumir en un principio fundamental: por encima de todo, hay que tener sentido común. Saber que un contenido compartido escapa a nuestro control, asumir la identidad digital es una extensión de la real, ser consciente de que los actos y comentarios en las redes sociales tienen consecuencias. Del mismo modo, la educación digital de los niños y jóvenes debe regirse por los mismos criterios que se usan en el mundo real, y mantener ese difícil equilibrio entre firmeza y flexibilidad que siempre han tratado de alcanzar los padres. En cualquier tiempo y lugar.

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