Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

28F

Joaquín Pérez, un profesor con tres idiomas metido a guía turístico

Joaquín representa esa paradoja andaluza del siglo XXI: formado, profundamente arraigado a su tierra y estructuralmente inestable.

Joaquín Pérez

Joaquín Pérez / L.O.

Sevilla

Joaquín Pérez tiene 27 años, tres idiomas, un doble grado, un máster universitario con el que poder dar clase y un contrato que caduca siempre demasiado pronto. Vive junto a su novio en el centro de Sevilla, en un piso de una habitación, por el que paga 725 euros al mes -«parece una locura decir que está bien, pero ahora mismo está bastante bien»- y divide su vida laboral entre aulas de Secundaria, academias y, cada vez más, visitas guiadas para turistas. «Tengo que abrirme puertas», resume. No lo dice con dramatismo, sino con la naturalidad de quien ha aprendido que en Andalucía la vocación no siempre paga el alquiler.

Es de Brenes, a unos 20 kilómetros al norte de la capital, tierra de naranjas y, últimamente, también de aguacates. Hijo de una familia trabajadora -padre técnico cualificado en una multinacional belga, madre ama de casa- y hermano mayor de dos chicos que ya han entrado al mercado laboral. En su casa no sobraba el dinero, pero tampoco faltaba abrigo. «Mis padres, con dos hermanos más, no se pueden permitir pagarme a mí una casa con 27 años, lógicamente». Así que trabajó mientras estudiaba: teleoperador, alguna campaña en el campo, academias. Lo que saliera.

Estudió un doble grado en Traducción e Interpretación y Humanidades en la Universidad Pablo de Olavide. Antes probó en Antropología Social y Cultural, pero se cambió al año. «Siempre me han gustado mucho los idiomas», explica. Habla inglés y francés, además de ese andaluz delicioso con el que canta mientras analiza con los suyos -un núcleo de amigos, amigas, que son un sostén primordial en su vida- lo que da de sí el día: actualidad política, análisis social, movidas de Instagram o lo último de Rosalía. Hizo el Máster Universitario en Formación del Profesorado para poder dar clase en secundaria. La docencia no fue una vocación que le naciera de niño pero sí un camino que fue tomando forma. «Mi aspiración es dedicarme a la docencia a tiempo completo. No voy a renunciar».

De momento, la docencia le devuelve contratos temporales, sustituciones, bajas. «¿Qué será de mí cuando se me acabe la baja que estoy cubriendo ahora en el colegio?», se ha preguntado muchas veces. El año pasado consiguió un contrato de curso completo en un colegio concertado, impartiendo Lengua e Inglés. Este año enlaza trabajos. Hay meses que empieza a trabajar el día 17 «y eso me quita el sueño muchas veces». «Y mientras tanto tengo que tirar de ahorro». Llega a fin de mes «justito», gracias a lo guardado durante años viviendo con sus padres. Ahora comparte piso con Álvaro, de Benalup, al que conoció en la universidad y con el que anda conociendo la ruta de ventas de la provincia de Cádiz. Se mudaron en septiembre. “Hasta ahora vivía con mi familia, pero me apetecía vivir mi vida, mi independencia».

El problema de la estabilidad

La estabilidad es su palabra fetiche, pero también la más ausente en el día a día. «El principal problema es la estabilidad laboral. Es lo que más vueltas le doy a la cabeza». «No depende de lo bien que lo haga», sostiene. Los huecos en los colegios son los que son. Las plazas, las que salen. Y las oposiciones, una apuesta a todo o nada. «Yo tampoco quería, con 26 o 27 años, meterme un año entero estudiando sin saber si iba a sacar plaza o si tenía que ir al último pueblo de Almería». Joaquín no reniega del esfuerzo; reniega de la incertidumbre perpetua.

Por eso mira al turismo. Tiene amigos que organizan visitas guiadas y rutas gastronómicas. Ve ahí «cierta estabilidad». En la ciudad que ha hecho del centro una gymkana de veladores y a los vecinos de siempre un animal exótico, Joaquín está aprendiendo a manejarse con los turistas, esos que llenan hoteles y pisos turísticos. Su perfil encaja en lo que se pide: idiomas, formación en Humanidades, conocimiento de la historia y el arte y una gracia natural que encandila. «Aunque la docencia es mi vocación, tengo que abrirme puertas también a otros sectores, tengo que vivir». Niños cada vez hay menos; turistas, de momento, no faltan. Es una frase que no pronuncia con cinismo, pero que retrata una economía.

Vivir en Andalucía

Joaquín quiere vivir en Andalucía. No lo duda. «No quiero por ninguna manera irme de mi tierra porque es donde yo me encuentro a gusto. Me encanta la cultura, la gente, la manera de vivir». Si tuviera que irse, sería «unos años», y por obligación. Su deseo es quedarse. «Creo que debería ser un derecho poder desarrollarnos donde nos apetece». y ahí asoma la conciencia política de una generación que debate, que compara, que sabe que las oportunidades no se reparten igual según el mapa.

Cuando se le pregunta qué le pediría a quienes gobiernan, no titubea: «Inversión sobre todo en oportunidades para los jóvenes». Y, en concreto, en educación. Habla desde dentro. «No queremos clases con casi 30 alumnos. Es inabarcable». Reclama más profesorado, apoyo a los equipos directivos, mantenimiento de centros y de las herramientas de trabajo «tenemos ordenadores de 2009». «Hace falta muchísima inversión en infraestructuras, medios y en capital humano». No es una consigna; es la descripción de un aula llena con ordenadores que no arrancan.

En lo personal, Joaquín pertenece a una generación que ha ganado batallas que otras no pudieron librar con tanta naturalidad. Es gay y lo cuenta sin épica. «Yo básicamente presenté a Álvaro y ya está. No tuve conversación incómoda». En su pueblo tampoco. «Lo viví con mucha naturalidad». Lejos de los retratos que se hacen de una generación desapegada en lo familiar, Joaquín siente y quiere cerca a su familia. «Mi relación con mis padres es muy buena, desde siempre». La familia -la biológica y la elegida- sigue siendo refugio, aunque el proyecto de formar una propia se posponga. «Si quisiéramos ahora mismo tener hijos sería completamente imposible». No es una cuestión ideológica; es económica.

¿Qué es para él la tranquilidad? «Estar tranquilo en todos los sentidos». Que la familia esté sana, disfrutar de los amigos, vivir con su pareja, «tomarte una cerveza cuando salgas del trabajo». Ambiciones modestas, deseos que hacen feliz. Y, sin embargo, cuesta. «Lo complicado que es sobrevivir en Andalucía siendo joven» es lo que menos le gusta de su tierra. Lo que más, «su gente y su cultura. La manera que tenemos de vivir la vida, que creo que no existe en ningún otro sitio del mundo».

Joaquín representa esa paradoja andaluza del siglo XXI: formado, profundamente arraigado a su tierra y estructuralmente inestable. Ha hecho lo que le dijeron que hiciera -estudiar, especializarse, hablar idiomas- y aun así vive pendiente del próximo contrato. No dramatiza. Se organiza. Ahorra cuando puede. Empalma trabajos. Ensaya rutas turísticas. Y, mientras tanto, se queda en Sevilla, se queda en Andalucía.

En su casa, su madre bromea con la lotería. «Si me tocara, lo primero que hacía era ponerte un piso en el centro». Joaquín se ríe. Sabe que, de momento, su piso es de alquiler y su estabilidad, provisional. Pero también sabe que no está solo. Son muchos como él.

Tracking Pixel Contents