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Juan Manuel Braza: "Cádiz para nacer y para morir, pero cada vez menos para vivir"
Joaquín representa esa paradoja andaluza del siglo XXI: formado, profundamente arraigado a su tierra y estructuralmente inestable.

Juan Manuel Braza / L.O.
Pablo Ibáñez Ramírez
Este 28 de febrero, mientras las plazas de Andalucía se llenan de actos institucionales y banderas blancas y verdes, miles de jóvenes andaluces celebrarán el día de su comunidad a cientos de kilómetros de casa. Es el caso de Juan Manuel Braza, JuanL, un gaditano de 25 años nacido y criado en el barrio de La Laguna. Su historia es la de tantos otros: formado, con ganas de trabajar, que ha tenido que cambiar la playa de la Victoria por las costas de Gran Canaria para poder, simplemente, empezar a construir una vida.
La decisión de marcharse surgió «de sopetón», prácticamente de un día para otro. Juan Manuel se encontraba en Cádiz trabajando como repartidor de pizzas y profesor de surf. A pesar de tener su vida allí, sentía que el mercado laboral gaditano era un sector «muy cerrado» y con «muy pocas oportunidades». Ante la oferta de un amigo de probar suerte en las islas, decidió lanzarse a la aventura: «Si me sale mal, vuelvo a mi casa con mis padres... pero tenía mucho más a ganar que a perder».
Su exilio no fue el resultado de un currículum vacío, sino de la impotencia de ver cómo su formación colisionaba con la parálisis institucional. Juan Manuel, técnico de laboratorio con un ciclo superior y un máster de especialización, se encontró con un muro burocrático y generacional al intentar acceder a la bolsa del Servicio Andaluz de Salud.
«Hablé con una persona del hospital y me dijo que, para que me empezasen a llamar de una manera más fija, podría tardar alrededor de diez años», relata con una mezcla de resignación y asombro. Para un joven de 25 años, esa espera es una condena al inmovilismo: «Con diez años tengo yo 35, la edad a la que me tuvieron mis padres. No puedo esperar eso». Además, critica la barrera de la experiencia en el sector privado, donde se exigen dos años de práctica que nadie ofrece la oportunidad de adquirir.
Ante el estancamiento de su trayectoria técnica, JuanL se vio obligado a reinventarse en el sector servicios. Hoy ejerce como dependiente en una tienda de deportes en Gran Canaria. Juan Manuel recuerda con asombro cómo una simple vacante en un centro comercial de Jerez atraía a tal multitud de aspirantes que conseguir el puesto se asemejaba a una oposición.
«En Cádiz, a mis compañeros les resultaba casi imposible trasladarse del sector de la hostelería al textil», explica. Por el contrario, en Canarias ha sentido que podía «elegir dónde trabajar» dentro de un mismo centro comercial, sin haber tenido que desplazarse demasiado por la isla. No obstante, el camino hacia la estabilidad ha sido duro: llegó a estar pluriempleado, trabajando en dos tiendas a la vez durante la campaña de Navidad, con jornadas de hasta 15 horas diarias. «Salía a las 7:20 de casa y volvía a las 23:30 de la noche». Todo ese esfuerzo tenía un único objetivo: conseguir el ahorro necesario para no depender de nadie.
Andalucía como «chiringuito»:
Cuando se le pregunta por la situación de su tierra, se muestra tajante. Define a Cádiz como una ciudad «para nacer y para morir, pero cada vez menos para vivir». El problema principal, dice, es una economía que se ha centrado exclusivamente en el turismo, olvidando la industria y la creación de empleo digno para los locales: «Siento que Andalucía es como el chiringuito de mucha gente de fuera...os hemos centrado demasiado en eso y no hay oportunidades para los chavales jóvenes».
A este panorama se suma el asfixiante problema de la vivienda. Juan Manuel comparte actualmente piso con una pareja de amigos porque, de lo contrario, la situación económica sería «difícil». Sin embargo, lo que más le duele es el destierro de su propia ciudad: «Hoy en día Cádiz capital es imposible». Trabajar en la capital implica necesariamente residir en localidades del extrarradio de ciudad natal como Chiclana, San Fernando o Puerto Real, y siempre bajo la condena del alquiler compartido.
JuanL denuncia que los salarios, especialmente en sectores como la hostelería, resultan «insostenibles» frente al encarecimiento generalizado de la vida. Por ello, su exigencia a los responsables de gestionar Andalucía es clara y se asienta sobre dos pilares: vivienda y empleo digno. «Lo de la vivienda hay que arreglarlo», reclama, subrayando la impotencia de una generación que a los 26 años ve como una utopía el simple hecho de independizarse con su pareja. Hoy por hoy, un joven no encuentra «motivos para quedarse».
A pesar de todo, el corazón de JuanL sigue latiendo en andaluz. Al preguntarle qué es lo que más le gusta de su tierra, no duda en señalar la calidez humana como su mayor patrimonio. «Andalucía lo tiene todo», afirma con orgullo. La esencia es esa capacidad de poner una sonrisa incluso cuando las cosas van mal. Ese vínculo emocional convierte la distancia en una carga pesada. Juan Manuel reconoce que echa de menos el «cariño familiar», las reuniones con sus amigos, a su perrita Lilo y «su playita». No obstante, confiesa habitar ese limbo agridulce que comparten tantos emigrados: la extraña sensación de no pertenecer ya a ningún lado. «Vuelvo a Cádiz y no es la misma que cuando yo estaba, pero tampoco soy canario», explica sobre esa crisis de identidad que surge al ver cómo tu hogar sigue transformándose sin ti.
Lo que Juan Manuel busca es algo tan sencillo como inalcanzable para muchos de sus iguales: «Vivir tranquilo». Sus aspiraciones no pasan por grandes fortunas, sino por alcanzar una estabilidad que le permita formar una familia, asentarse y, simplemente, no tener que mirar con ansiedad la cuenta bancaria cada vez que decide invitar a los suyos a una cerveza. Por ahora, esa paz la ha encontrado lejos de la Tacita de Plata, contemplando a su Andalucía como esa «casilla de salida del Monopoly» a la que solo regresaría si el tablero de la vida le obligara a empezar de nuevo.
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