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La gota que calma el vaso
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salvador crossa ramírez

Entre los desahogos que pueda encontrar el lector de alguien que como yo hace de la escucha su trabajo habitual, puede también que encuentre algún alivio personal, por muy leve que sea; me doy entonces por satisfecho. Encontrará sin duda, si es curioso, una serie cuentecitos o microrrelatos hechos p...

Sobre este blog de Sociedad

Reflexiones de un psicoterapeuta de ciudad


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  • 22
    Agosto
    2013

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    Nuestra necesidad de ser libres

    Un hombre sólo, aislado de los demás no es en sentido estricto un hombre. Nacemos muy desvalidos, sin capacidad para regular la temperatura corporal siquiera. Nuestra madre tiene que hacerse cargo de sustituir a un hígado aún inmaduro que no es capaz de almacenar azúcares para liberarlos a la sangre poco a poco y en la cantidad que se necesite entre una comida y otra, y  durante los primeros meses de vida nos tiene que alimentar de forma casi constante para que no muramos. Todos sabemos por experiencia de la preocupación instintiva de todas las madres por la alimentación de sus hijos, tengan la edad que tengan.

     

    De entre todas nuestras necesidades, que son muchas, las relaciones con nuestros semejantes resultan fundamentales para la vida humana, que es además de biológica cultural e histórica, aunque no sean estas unas necesidades tan urgentes como lo es el respirar o el beber agua. La socialización, que  favorece el aprendizaje del mundo y además la posibilidad de que podamos controlar las propias descargas afectivas se extiende desde la familia autoritaria hasta la escuela, y través del grupo de amigos a  la ciudad, al país e incluso en el mundo virtual de las comunicaciones hacia un posible infinito capaz de romper las coordenadas del espacio y del tiempo, sacándonos de la limitación que nos impone la vida física.

     

    Vivimos encerrados en unos límites espaciales y temporales definidos,  pero nuestra conciencia del mundo y de nosotros mismos es enorme. Tendemos por nuestra propia naturaleza a escapar de las limitaciones de la materia y del tiempo mediante el uso de nuestra conciencia y  a través de un conjunto de credos y convicciones llegamos incluso a alcanzar una ideología que nos pueda conectar con nuestros antepasados y nos lance a un  futuro más allá de nuestras vidas terrenales.

     

    Pero sin lenguaje, sin posibilidad de compartir experiencias y ordenarlas en nuestras mentes, relacionando  causas y efectos para crear una historia propia, con sus aciertos, con sus errores, con sus decisiones, malas o buenas, nuestra condición humana no llegaría nunca a alcanzarse de una forma plena. El  pensamiento consciente de sí mismo necesita crear lazos afectivos tanto de las relaciones con nuestros mayores, bendecidas estas por las autoridades, como de las relaciones con nuestros iguales, con el fin de  que podamos crecer también en fraternidad, en rebeldía con el entorno, cuestionando a la autoridad establecida en cada momento y pensando desde y por nosotros mismos. Esta función, la de ser libres, no es demasiado bien vista por las llamadas autoridades competentes, pero resulta necesaria para alcanzar un grado aceptable de satisfacción  personal y  es propia de hombres y de mujeres que han alcanzado su madurez. sean cuales fueren nuestras limitaciones y nuestras posibilidades tanto físicas como materiales a nuestro alcance, el sentido de la libertad hace que consigamos que nuestra vida nos parezca digna de ser vivida.

     

    Tenemos que enfrentar muchas inconveniencias, es inevitable, pero nuestros peores enemigos, los más tenaces, están dentro de nuestras cabezas, son intracraneales. Los límites de nuestro  entendimiento se nos imponen ya desde la infancia, desde la autoridad incuestionable de nuestros mayores. Nacemos en un ambiente muy jerarquizado y cuando se nos permiten ciertas libertades ya estamos y en grado variable según las personas y las circunstancias lastrados de por vida, o casi  de por vida por la simplificación educativa.

     

    El código de conducta simplificador que llamamos educación ha sido de forma constante y sistemática grabado en nuestras mentes de niños por unos padres y después por unos profesionales bien adiestrados, y muy respetados por la sociedad, salvo como es natural por los propios niños, que  en general les temen, y además a lo largo de toda nuestra vida por todo tipo de personas que se han hecho voluntarios de la causa de la educación coactiva, que han interferido de una u otra manera en nuestras vidas  con más o menos acierto, con más o menos daño.

    Ya con las primeras palabras, nos siembran el entendimiento infantil de miedos y patrañas, de pequeñas bromas, de pequeños juegos que ponen de manifiesto nuestra ignorancia, que buscan confundirnos para provocar las risas de los mayores. Es curioso que mientras el abuso sexual esté tan penado, este, incluso esté bien visto. Tampoco nos olvidemos las grandes, de las a veces absurdas mentiras que contamos a los niños y que tratamos  de justificar de las formas más disparatadas. Todas las religiones, todos los sistemas políticos y éticos, todos los adoradores de la verdad única tienen muy en cuenta a los niños desde su más tierna infancia, y están dispuestos a pagar cualquier precio para liderar el adoctrinamiento de las futuras generaciones. 

    Gracias a estas criaturas, a quienes yo llamo “los adoradores de la verdad única”  y a su mal ejemplo corremos el riesgo de quedar limitados, simplificados  para siempre por lo que llamaría el corsé de nuestra civilización: el narcisismo, o el orgullo, o la ambición ciega, o el amor propio, o la tozudez, o como quieran llamarle. Se trata de  la deformidad psíquica más mimada, la más querida por la cultura occidental,  esa que nos inmoviliza en la certeza y que  nos hace esclavos de  nuestras propias creencias, la que nos impide aprender de nuestros propios errores y de los ajenos, la que nos paraliza a la hora de cambiar de opinión, de comunicar con los demás nuestros problemas. El narcisismo opera además con su cara oculta a través de la vergüenza, protegiendo nuestras intimidades de otras  intimidades  cercanas necesitadas de sintonía. Desde dentro de nuestra burbuja  narcisista practicamos el conformismo, el aislamiento, la soledad, el anonimato, en medio de la muchedumbre. Y una vez que nos perdemos dentro de nuestra cárcel de egolatría nos afanamos en buscar más que afectos placer, comodidad, relax… Placer, eso sí,  controlado por el Estado, medido por las autoridades, sujeto a las fluctuaciones del mercado, filtrado, suave, entretenido, frio “placer cool” científicamente probado, tasado, disciplinado, sano.

     

    La inhibición ansiosa es el resultado de lo que hacen con todos nosotros mientras nos educan, la pereza en cambio, que causa también muchos desarreglos es una elección egoísta. Muchos de mis pacientes más graves muestran grandes cicatrices en su personalidad, que limitan en grado extremo sus relaciones con los semejantes, pero todos nosotros estamos afectados en mayor o menor medida, más o menos dañados, o reconstruidos, y queramos o no estamos aquí, en el mundo, con nuestros particulares sufrimientos, con nuestras particulares deficiencias, evitando interactuar con nuestros semejantes, temiendo ser descubiertos, pensándonos únicos. Este es el penoso resultado de  un viejo residuo que les debemos a nuestros educadores y que sería bueno para todos “desaprender”.

     

     

    El pudor resultante de la simplificación educativa nos aísla en la cárcel del  narcisismo privándonos de compartir experiencias, de integrarnos, de mostrarnos tal y como somos. No se trata de tener que confesarnos públicamente, ni de adjudicar o de adjudicarnos culpas, sino de compartir  sin miedo nuestras dudas, nuestros errores, nuestras vivencias personales, los rasgos de nuestro estilo de afrontar la vida, nuestras convicciones incluso. Se me ocurre pensar que con el derrumbamiento de la verdad única estamos entrando en una etapa cultural revolucionaria, en la que la espontaneidad, la franqueza, la socialización del entendimiento y de la experiencia en la diversidad van a jugar de aquí en adelante un papel decisivo.

    Salvador Crossa Ramírez.

     

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