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La gota que calma el vaso
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salvador crossa ramírez

Entre los desahogos que pueda encontrar el lector de alguien que como yo hace de la escucha su trabajo habitual, puede también que encuentre algún alivio personal, por muy leve que sea; me doy entonces por satisfecho. Encontrará sin duda, si es curioso, una serie cuentecitos o microrrelatos hechos p...

Sobre este blog de Sociedad

Reflexiones de un psicoterapeuta de ciudad


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  • 16
    Noviembre
    2012

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    Pensar duele, en serio

     No me desperté demasiado mal, eran casi las seis y media y ya no tenía sueño. Una luz fría y leve tamizada por las cortinas del dormitorio invitaba a saludar el día. Debería ir en ayunas pero tomé unos "sorbitos" de menta y poleo con mucho azúcar mientras trataba de pensar, con poco interés, en las noticias de  la mañana.

    -Me extraña que no me duela- Me dije.


    -No es verdad, estás acostumbrado al dolor- Pensé y me contuve de decirlo, no me pareció oportuno. No podemos estar seguros de que todas nuestras sensaciones y nuestros pensamientos íntimos puedan transmitirse de viva voz sin molestar a alguien.

    Cuando uno escribe o trata de explicarse es porque ya está acostumbrado al dolor. Pensar duele, en serio. Escribir sobre lo que uno piensa, tratar  con más o menos éxito de de dejar en el papel  las cosas que le pasan por la cabeza y liberarse así de una molestia, de un problema de mala conciencia, de un conflicto de intereses ¿Qué se yo? Es buscar alivio  para  las heridas que más nos afectan, aunque decir o escribir muchas veces duela. Pero puede ocurrir que un lector curioso  se ponga a leer eso que uno ha escrito y saque algo de provecho. El lector asimila entonces un material facilitado, digerido por alguien, un material cocinado a fuego lento en otra mente.


    Afectado por la necesidad de gustar uno piensa a veces que puede escribir las cosas más interesantes, las más divertidas del mundo, que puede traducir a palabras sus inquietudes más puras, sus desvaríos más sorprendentes, sus estados de humor, que puede dar esas palabras ordenadas una tras otra después a sus lectores para que las utilicen según sus gustos:

     

    ¡Palabras que resulten interesantes a alguien!

     

    Pero el mundo está inundado de palabras agrupadas y puestas una tras otra que no resultan interesantes a nadie, que suenan a hueco, a falso, a sucio. Mis palabras puestas una tras otra me suenan al día siguiente también a huecas, casi siempre, si he de ser sincero y estoy convencido que debo serlo. Para buscar palabras agrupadas que valgan la pena es necesario bajar a las catacumbas del ser, en absoluta soledad, un lugar donde se respira mal, donde nadie quiere entrar de buena gana y del que hay que salir cargado con algo que merezca la pena,  para uno mismo o para alguien, pero con  algo auténtico, de lo contrario la angustia y la  indefensión se apoderan ti.

     

    Cuando decimos o escribimos lo hacemos para gustarnos a nosotros mismos o para gustar a los demás, para decirles que están en lo cierto cuando piensan lo que piensan, para informarles de la forma en que desean ser informados, para que sepan que no están solos, ni locos, para hacerles ver que la razón está con ellos. La mayoría de la gente habla o escribe por alguno de esos dos motivos: para agradarse o para agradar. Escribir o hablar para decir aquello que apenas se dice o que acaso nunca se ha dicho, aquello que cuesta aceptar o  que cuesta creer, me parece que es la misión más noble que tiene la palabra, la más difícil, la menos recompensada, pero la más auténtica.

     

    La realidad que conocemos linda con lo  desconocido, lo que aún no sabemos, lo que podemos llamar “el misterio”. A través de la palabra vamos dejando constancia de la realidad que tratamos de avanzar hacia lo desconocido para que quede codificada en un discurso capaz de comunicación y aprendizaje, así vamos ampliando nuestra percepción y nuestro conocimiento de todo aquello que nos rodea. Pero cuanto más se amplía el mundo conocido, mayor es la superficie que presenta el misterio. Desde este punto de vista las “nuevas” enfermedades no son nuevas, son nuevas las palabras que las nombran, quizá por primera vez.

     

    El animal humano es capaz de detectar el misterio pero el misterio nos da miedo, porque es intangible. Utilizamos  astucias psicológicas para calificar a estos pensamientos de inútiles, para desterrarlos de la conciencia, o darles un nombre y una filiación cómoda, apresurada y quizá poco útil, pero de entre todos estos pensamientos que apuntan al misterio alguno germina de vez en cuando y  se interroga sobre lo conocido, lo pone en cuestión y nos provoca cambios.

                                                                                                                     Salvador Crossa Ramírez.

                                                                                                          http://www.lagotaquecalmaelvaso.es

     

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