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La gota que calma el vaso
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salvador crossa ramírez

Entre los desahogos que pueda encontrar el lector de alguien que como yo hace de la escucha su trabajo habitual, puede también que encuentre algún alivio personal, por muy leve que sea; me doy entonces por satisfecho. Encontrará sin duda, si es curioso, una serie cuentecitos o microrrelatos hechos p...

Sobre este blog de Sociedad

Reflexiones de un psicoterapeuta de ciudad


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  • 29
    Noviembre
    2012

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    Sufrir por nada

     Los terapeutas cognitivos suelen referirse con frecuencia a los pensamientos irracionales, esos pensamientos absurdos que nos hacen sufrir por nada, que limitan nuestras posibilidades de éxito, que incluso deciden nuestra vida. Estos profesionales tratan con la mejor de las intenciones de ayudarnos a salir del equívoco en el que nos hemos metido mediante un discurso coherente avalado por la razón y por los hechos. De la mejor forma posible tratan de hacernos ver que estamos equivocados al pensar así, que estamos haciéndonos daño sin necesidad. Lo que no tienen en cuenta los terapeutas de la cognición es que en la inmensa mayoría de los casos es el propio afectado quien sabe mejor que nadie que sus preocupaciones son absurdas y que no puede evitarlas. Dar consejos es muy agradable y da fe de nuestras buenas intenciones pero en la mayoría de los casos resultan inútiles.

    ¿Sufrir por nada y sin poder evitarlo? ¿Quién no se ha sentido alguna vez así? Casi se diría que nos ha pasado o nos pasa  a todas y a todos, de vez en cuando, con diferente ímpetu quizá, pero las malas costumbres sociales nos obligan a guardar bajo llave cualquier información comprometedora acerca de nosotros mismos, de nuestros errores ocultos, de nuestras debilidades más íntimas. Nos toca en la mayoría de los casos sufrir en silencio bajo un manto de falsa convicción las dudas que más nos inquietan, ocultamos las preocupaciones más inconfesables bajo una aparente pose de aplomo, los deseos más ridículos mediante un simulacro de aversión hacia ellos; tras un pésame o tras la felicitación  más cariñosa ocultamos las frustraciones y los sentimientos que más nos duelen y que acuden a nuestra conciencia cuando menos falta nos hacen. Sin importar cuanta gente tenga uno a su alrededor, cuando la soledad hace estragos en la conciencia el malestar que uno siente no suele ser el problema, aunque lo sugiera la urgencia de la situación, sino resultado de un proceso  adaptativo muy complejo que se ha ido organizando en nuestra mente con el fin de  que podamos sobrevivir a unas circunstancias adversas en situación de aislamiento social, un doloroso recurso de urgencia que la mayoría de nosotros llevamos dentro y dispuesto para ser utilizado en situaciones desfavorables, cuando falle el intercambio afectivo con los demás y la complicidad con el mundo deje de estar presente en nuestra vida, bien sea por nuestro propio rechazo o por no disponer al menos de alguien con quien compartir nuestras vivencias afectivas. A cambio de cierta cantidad de sufrimiento absurdo, a veces mucho sufrimiento absurdo, tratamos de alejar de la consciencia el dolor que nos causan las heridas de la vida cotidiana, cuando la comunicación con los demás fracasa, o cuando no se intenta, sea por el motivo que fuere. Para mantener nuestros problemas en secreto, para no airear nuestras debilidades diseñamos una forma muy particular de sufrir en silencio y aislamiento para adaptarnos al mundo. Por eso sufrimos por las cosas más absurdas y por eso nos cuesta tanto trabajo admitirlo.

    Salvador Crossa Ramírez.

     http://www.lagotaquecalmaelvaso.es

     

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