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Blog Pequeñas cosas cotidianas - Carmen Donate González

Carmen Donate González

Soy ama de casa de mediana edad, una especie en peligro de extinción.

Sobre este blog de Málaga

Reflexiones sobre las pequeñas cosas que me llaman la atención a lo largo del día.


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  • 31
    Enero
    2014

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    Nostalgia de un camino.

       

     Nos vuelven a anunciar que en breve comenzarán las obras de remodelación del Caminito del rey, y puede que sea hasta cierto que las iniciarán porque han dado la noticia incluso a nivel nacional, la recogen algunos conocidos medios.

        Desearía por un lado que fuera cierta, que en un  corto periodo estuvieran completas y pudiera volver a recorrer ese camino que influyó en mi infancia, hacerlo junto a  los míos, mis hijos sobre todo, recordando impresiones de niña.

      Nostalgia de una infancia que no volverá y de unas sensaciones, si realmente será factible el poder  andarlo de nuevo, que no  tendrán nada que ver con las de antaño. Ese camino solitario, que ya entonces andaba bien deteriorado, en muchos lugares faltaba el piso, se habían caído las pasarelas, bien livianas, por cierto, solo un par de hierros atravesados. Solitario y casi virgen, a pesar de que contaban la historia de la extranjera que acudió al puente colgante a suicidarse, ya saben, si se pone de moda un sitio para ello o bien por el morbo el número de visitantes aumenta bastante. Siguió siendo poco conocido, bien resguardado.  La sensación de calma, de intimidad, de ser dueños del espacio, sin ningún otro ser humano a la vista, solo el grupo de niños que lo recorren en mutua compañía, llenándolo con el eco de sus voces. A veces la intuición del peligro, a pesar de la corta edad, al topar con un tramo en mal estado, que aumentan conforme se avanza por el desfiladero, pero la percepción de que merece la pena el paseo al contemplar el majestuoso vuelo de las águilas reales o de los halcones sobre la cima. También ese momento de temor al calcular que pasaría de caer por aquellos tajos y tirar para comprobarlo una piedra o un pequeño palitroque, rebotando hasta llegar al fondo; en aquellos calurosos agostos  el río apenas sin agua, un hilillo. Y el  constatar que es mejor no probar en algunos lugares que parece que posibilitan la bajada, por si un tropezón o un mal paso nos llevan a igual destino que las piedrecillas. El asombro, con una cierta intranquilidad, al sabernos sumergidos en una pecera seca, lo parecía aquella sala de control de la fábrica de electricidad bajo el agua, situada a su comienzo, parecía  su revés, el agua fuera y  el interior seco,  desde la que mirar el exterior.

       Se plantea la duda de si sería mejor volver a contemplarlo, de tener la posibilidad, pero  repleto siempre de gente, convertido, se intuye –sería un lugar de moda entre jóvenes de todo el mundo, deseando probar en él su destreza en diversos deportes- en un .lugar turístico y muy frecuentado, o quedarnos para siempre con aquellas imágenes lejanas, imposibles ya de repetir. 

     

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