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Las vacunas nos están dando la esperanza de la que estamos tan necesitados en nuestra lucha contra el SARS-CoV-2. Funcionan bien y resultan eficaces desde la primera dosis. Para muchos países son el billete de vuelta a la normalidad.

Pero cuando parece vislumbrarse el fin de la pesadilla surgen las alarmas. Preocupa que las nuevas cepas mutantes del coronavirus den al traste con nuestras esperanzas.

Las ya célebres cepas británica, brasileña y sudafricana, que ya demostraron ser más infectivas, parecen ser también más resistentes a las vacunas.

Los peores presagios vienen de que la vacuna de AstraZeneca funciona peor contra la variante sudafricana. Tanto es así que en Sudáfrica ya han dejado de usar esta vacuna por su baja eficacia frente a su cepa. Desafortunadamente la nueva vacuna de de Novavax también mostró casi un 30% menos de eficacia contra la cepa sudafricana y la vacuna de Johnson & Johnson es significativamente menos eficaz tanto contra la cepa sudafricana como contra la brasileña.

A pesar de estos indicios, de momento la situación no es mala. Incluso con esa reducción en su eficacia, las vacunas actuales pueden conseguir controlar a estas 3 cepas.

El verdadero problema está en que surja el mutante de escape que consiga librarse de las vacunas.

Que una cepa mutante del SARS-CoV-2 logre escapar de una vacuna es muy difícil. El sistema inmune activado por una vacuna tiene una panoplia de mecanismos con los que enfrentarse al coronavirus. Desarrolla diferentes anticuerpos que atacan a distintas regiones de la superficie del virus. Así el SARS-CoV-2 tendría que acumular muchas mutaciones en todas estas zonas que son blanco de los anticuerpos. Por si esto no fuese un escollo tremendo, las vacunas también inducen inmunidad celular mediante linfocitos T especializados en destruir al coronavirus.

La gran mayoría de las vacunas han conseguido controlar enfermedades infecciosas durante varias décadas sin que los virus que las producían consiguiesen jamás un mutante de escape. La vacuna de la poliomielitis es un buen ejemplo. El 12 de abril de 1955 el gobierno norteamericano dio luz verde a la vacuna contra la polio descubierta por Jonas Salk. Durante 65 años la vacuna ha permitido controlar a tan implacable enemigo hasta casi llevarlo a las puertas de la extinción.

Desafortunadamente también hay algunos ejemplos de virus que consiguen escapar de las vacunas. Así en la década de los 80, el virus de la hepatitis B desarrolló una variante de escape a algunas vacunas recombinantes. Y el virus de la gripe lo logra casi todos los años.

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¿Que va a pasar con el SARS-CoV-2?

Nadie puede saberlo con total seguridad.

Las mutaciones se producen por errores aleatorios en la replicación del ADN que ocurren antes de que actúe la selección natural. Nuestro trabajo es una buena prueba de ello.

Durante los últimos 20 años hemos estudiado la manera en la que diversos tipos de microorganismos se adaptan rápidamente, mediante nuevas mutaciones, a condiciones ambientales extremas. A algunas de ellas resulta extremadamente difícil adaptarse, como pueden ser los ambientes contaminados por basura de la industria nuclear. Pese a ello, como las poblaciones de los microorganismos suelen ser enormes (hay billones de individuos de cada especie) el azar es suficiente para que surjan algunos mutantes que incluso son resistentes a sustancias contaminantes que acaban de descubrirse (por ejemplo, los más novedosos herbicidas) e incluso a sustancias que aún no se han descubierto.

Si alguien piensa inventar un nuevo antibiótico en el futuro debe tener en cuenta que es casi seguro que en algún sitio ya exista una bacteria resistente a ese antibiótico, aunque todavía no se haya descubierto.

Por suerte para nosotros, será muy difícil que el SARS-CoV-2 consiga acumular las numerosas mutaciones con las características tan concretas que necesitaría conseguir para escapar a la vacuna.

Pero no deberíamos ponérselo fácil.

Hay que luchar, pero hacerlo bien

Los distintos países lucharon de forma muy diferente contra la Covid-19. Algunos lo hicieron muy bien. Controlaron las fronteras, confinaron muy estrictamente durante poco tiempo, rastrearon masivamente. Gracias a ello llevan desde hace meses una vida absolutamente normal.

Países como Australia ya no tienen que usar mascarillas, no tienen restricciones de reunión, ni en la hostelería o la asistencia a eventos multitudinarios. Y aún no han empezado a vacunar. Van a acumular muchas dosis y una vez que las tengan vacunarán a toda la población en muy poco tiempo.

Otros países lo hicimos mal, con escaso control de fronteras, largos confinamientos demasiado laxos, medidas inconexas que se cumplen poco. El problema es que ahora tenemos una ingente cantidad de coronavirus circulantes justo cuando miles de personas están recibiendo la primera dosis de vacuna cada día.

Solamente vacunando con esa primera dosis se consigue una protección significativa que reduce en gran medida la gravedad de la enfermedad. Y se ha demostrado que si se retrasa la administración de la segunda dosis la vacuna pierde poca efectividad.

Ante esta perspectiva surge la tentación de retrasar la fecha de administración de la segunda dosis para poder inmunizar al mayor número posible de personas, aunque sea con una sola dosis. Países como el Reino Unido están vacunando a tantas personas como sea posible con la primera dosis, aunque la fecha de administración de la segunda dosis se retrasará hasta 12 semanas.

Sin duda es una estrategia eficaz para bajar rápidamente la presión hospitalaria y reducir muertes. Pero tiene un precio. Si nos interesa evitar la aparición de resistentes a la vacuna, vacunar solo con la primera dosis a mucha gente no es una buena idea.

De hecho, si un genetista experto en evolución diseñase un experimento para conseguir seleccionar virus que fuesen resistentes a las vacunas, lo mejor que podría hacer sería vacunar con solo una dosis en un momento en el que hubiese un número ingente de coronavirus circulantes, retrasando lo más posible la aplicación de la segunda dosis.

Es en términos técnicos un experimento que facilita la aparición de mutantes (porque hay muchísimos virus circulantes al estar vacunando en el pico de la tercera ola) y maximiza la selección a favor de los mutantes que pueden escapar de la vacuna (porque una sola dosis de vacuna todavía no da una protección total).

Si queremos minimizar la probabilidad de que aparezcan virus que se escapen a la vacuna, deberíamos hacer 2 cosas:

  • La primera es vacunar en un momento en el que el número de virus circulantes sea muy bajo (y sabiendo cuando íbamos a recibir las vacunas, lo correcto hubiese sido tomar medidas muy rigurosas dos o tres semanas antes para bajar al máximo la incidencia).
  • La segunda es que quienes reciben la primera dosis extremen como nunca las precauciones para no exponerse bajo ninguna circunstancia al SARS-CoV-2 hasta que un tiempo después de recibir la segunda dosis alcancen la máxima inmunidad.

El SARS-CoV-2 ha demostrado que es un enemigo formidable. Pero seguimos dándole ventaja. Vacunando a muchos solo con la primera dosis durante la cresta de la tercera ola estamos realizando un experimento de evolución viral, donde las consecuencias pueden resultar imprevisibles.

Una variante de SARS-CoV-2 que escape a las vacunas podría desencadenar una nueva ola de infecciones y muertes. No juguemos con fuego.