¿Se imagina que la clave para poder perder peso de un modo eficaz estuviera determinada por algo tan simple como lo que pasa, ya no en su mesa, si no entre dos y cuatro horas después de levantarse de ella?

Esa es la conclusión a la que han llegado un grupo de investigadores británicos, quienes vinculan las caídas en los niveles de azúcar en sangre después de las comidas con el aumento de peso.

¿Por qué? El motivo es sencillo. Si después de comer, en ese período de entre dos y cuatro horas posteriores a la ingesta, caen los niveles de azúcar en sangre, usted acabará sintiendo más hambre mucho antes y consumiendo más calorías a lo largo del día.

Algo que no les sucede a quienes no experimentan esas bajadas de azúcar. Tanto es así que estos últimos son capaces de consumir unas 300 calorías menos cada día.

O lo que es lo mismo, evitan un patrón que acabaría por hacerles engordar en un año, algo más de nueve kilos.

Un hallazgo que sin duda modifica la forma de pensar habitual que establecía la relación entre los niveles de azúcar en sangre y los alimentos que comemos.

La investigación, publicada en la revista científica Nature Metabolism, forma parte del conocido como PREDICT, por sus siglas en inglés, y que es el programa de investigación nutricional más grande del mundo realizado actualmente, ha sido llevada a cabo por científicos del King’s College de Londres, en colaboración con la Escuela de Salud Pública TH Chan de Harvard, el Hospital General de Massachusetts, la Universidad de Nottingham, la Universidad de Leeds y la Universidad de Lund en Suecia.

La clave está en su nivel de azúcar

Y es que, gracias a este estudio en el que han participado más de 1.000 sujetos, se ha podido confirmar la relación entre bajadas en los niveles de azúcar en sangre y el aumento de peso.

Para lograrlo se han analizado 8.000 desayunos y 70.000 comidas a lo largo de dos semanas en las que las personas estudiadas fueron monitorizadas en sus niveles de glucosa de forma continua.

La comparación entre diferentes sujetos sometidos a estudio acabó demostrando que con las mismas comidas ingeridas existieron enormes variaciones entre los niveles de azúcar en sangre, lo que acabó provocando el aumento o no del hambre diario.

Una situación, que como es lógico, está relacionada con una mayor ingesta de calorías.

Queda demostrado, según el equipo científico, que ingerir aquellos alimentos que funcionen mejor con nuestra biología ayudaría de forma definitiva en los tratamientos de adelgazamiento ya que haría que nos sintiéramos más llenos, y, por lo tanto, acabáramos el día ingiriendo menos calorías.

Tim Spector, profesor de epidemiología genética en el King’s College de Londres insiste en que, aunque «la comida es compleja y los humanos somos complicados, nuestra investigación está comenzando a abrir la caja negra entre la dieta y la salud».

Un paso más, que, unido a otras investigaciones como las relacionadas con la crononutrición, abren un amplio abanico de posibilidades para mejorar la salud de millones de personas.

La obesidad en el mundo

El aumento de peso, más allá de lo estético, incide de manera directa en la salud de cada uno de nosotros.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la obesidad, a nivel mundial, afecta ya a más del 13% de la población. Unos valores que se han triplicado desde 1975.

Son más de 650 millones de personas en el planeta los que sufren obesidad, alcanzando los 1.900 millones si hablamos de sobrepeso (el 39% del total los adultos).

El aumento de los alimentos ricos en grasa, con alto contenido calórico, unido a un descenso notable de la actividad física diaria como consecuencia de nuestra vida sedentaria, hace que sea necesario que la epidemia «se afronte a través de una estrategia poblacional, multisectorial y adaptada al entorno cultural» para poder acabar con ella.