Opinión | Desde la butaca
Carnaval como vida
Esta fiesta pagana tan incomprendida en Málaga es refugio en los días malos, compañía en los regulares y celebración en los buenos

La agrupación infantil 'Nos falta pal coro' / Mauri Conde/Fundación Carnaval de Málaga
Cuando nos perdemos en los pasajes literarios nos adentramos en historias y personajes en los que, muchas veces, acabamos reconociéndonos. Nos vemos reflejados hasta el punto de hacer nuestra una historia escrita en unas páginas que no nos pertenecen. Y por eso lloramos, sentimos vacío, desasosiego o incluso enamoramiento cuando cerramos un libro. A ti, que me preguntas tantas veces qué tiene el carnaval para que yo lo viva de esta manera tan intensa, ésta es la respuesta que siempre me sale del alma. Porque del mismo modo que un libro nos sumerge en mares de emociones, eso mismo nos ocurre con esta fiesta pagana y tan incomprendida en esta nuestra Málaga.
Imagina que una injusticia social, de esas que te revuelven las tripas cuando la lees en un titular, se convierte en música. Que alguien le pone voz y la transforma en una poesía voraz, cantada con la misma rabia e impotencia que tú sentiste al conocerla.
Imagina que una mañana cualquiera sales a desayunar con tu madre. Que compartes ese rato sencillo, que recuerdas la infancia, la vida, lo que fue y lo que es. Y que alguien convierte ese amor cotidiano en un pasodoble. Un pasodoble precedido por un punteo de guitarra al que se le regala un silencio unánime, casi sagrado. Una carta de amor con voz y música. Y qué voces. Y qué música.
Imagina que en Andalucía han muerto mujeres porque quien gobernaba hizo una gestión penosa en los cribados del cáncer. Y que una agrupación, formada mayoritariamente por mujeres, lo canta con una fuerza y una garra que igualan el dolor que a ti te atravesó al conocer ese despropósito. Imagina que ese mensaje se canta, se comparte, se multiplica en medios y en redes, y llega a quien tiene que llegar. Y mueve conciencias. Lo que despierta todo eso dentro de ti no se puede explicar. Se siente.
Pero vayamos al otro lado de la rueda. A lo cotidiano. A lo pequeño. A lo que nos provoca una carcajada o nos hace llorar de risa. Ahí aparecen otros artistas, con guasa, con ángel y con desvergüenza, que te lo cantan desde la murga, el cuarteto o el romancero. Y te lo pasas pipa. Personajes que tiran de la ironía y del cachondeo para reírnos de nuestras propias penurias, de lo bueno y de lo malo que tenemos como sociedad. Cuplés con música pegadiza y bailonga que, créeme, te alegran la noche y te reconcilian con el mundo. El carnaval no es una fiesta de paso para rellenar el calendario. El carnaval forma parte de las tripas. Está ahí, enredado en las emociones y en la energía de cada una de las células del cuerpo. Es refugio en los días malos, compañía en los regulares y celebración en los buenos. Es un soniquete que vive en el oído y en el tarareo diario. Se cuela en la memoria sin pedir permiso y vuelve cuando menos lo esperas. El carnaval no empieza ni termina en febrero. Se queda. Porque hay cosas que, cuando forman parte de ti, ya no se van nunca.
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