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Desde la butaca

La competición

Un momento de la actuación de la comparsa 'El desvelo'

Un momento de la actuación de la comparsa 'El desvelo' / Mauri Conde/Fundación Carnaval de Málaga

Pepa López

Pepa López

Málaga

Existe una idea bastante extendida que separa el concurso del carnaval como si fueran realidades distintas. No la comparto. Ambos forman un mismo cuerpo, una relación inseparable en la que uno alimenta al otro. El concurso no es sino la manifestación más visible y exigente del carnaval. Cuando sale del teatro y se encuentra con el pueblo, lo hace no para definirse, sino para culminar el camino. Es en el concurso donde los grupos miden su verdadera evolución. Meses de ensayo, horas robadas a la vida diaria, disfraces cuidados al milímetro, maquillajes profesionales y escenografías de nivel.

La competitividad, inevitable, se vive de formas distintas: hay quien la disfruta y quien la padece. Pero negarla sería ingenuo. Una cosa no se entiende sin la otra. La mayoría llega con un objetivo claro: ganar. Y ese deseo de superación es el que provoca que sobre el escenario se presenten propuestas de altísima calidad vocal, musical y literaria, capaces de emocionar a cualquiera desde la butaca. Las semifinales representan ese punto exacto en el que el concurso se vuelve más intenso sin perder frescura. Están ofreciendo al público momentos verdaderamente memorables. Es aquí donde la competitividad se afila y donde comparsas y murgas pisan el acelerador a fondo para lograr no solo la ovación del público, sino también el pase a la siguiente fase. Ganar terreno al rival.

En las dos sesiones de semifinales celebradas hasta ahora se ha visto esa evolución: cambios en presentaciones, ajustes en los popurrís, un aumento notable de la intensidad interpretativa y decisiones valientes, como arriesgar con letras de última hora o no reservar las mejores para una hipotética final. Golpes de efecto medidos y certeros. Ese espíritu competitivo es el que hace crecer las propuestas y provoca teatros llenos, patios de butacas en pie, aplausos prolongados y vítores sinceros. Sería injusto atribuir el ambiente del Teatro Cervantes únicamente a esa tensión competitiva. La Fundación ha realizado un trabajo sobresaliente para implicar al público: la decoración del teatro, la recuperación del himno en versión IA y el cuidado de cada detalle han contribuido. Sea como sea, vivir una noche de semifinales en el teatro de la plaza Ramos Marín es un privilegio. Aún se producen estampidas y sesiones con menor afluencia, pero conseguir este ambiente es un logro colectivo. Y, como bien cantó la comparsa de Marbella, los medios de comunicación también han tenido un papel fundamental para que el COAC alcance el ambiente que merece: público que disfruta de todas las agrupaciones, que espera hasta la última actuación, incluso cuando vienen de fuera. Eso también es un premio. Y una victoria clara del Carnaval de Málaga. Y por cierto, Guille: las gracias van de vuelta por esa letra que nos dedicaste. Nudo en la garganta.

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