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Desde la butaca

El premio

En el Carnaval no todos compiten por lo mismo ni persiguen el mismo sueño

Un momento de la actuación de la comparsa 'La tierra canta'

Un momento de la actuación de la comparsa 'La tierra canta' / Mauri Conde/Fundación Carnaval de Málaga

Pepa López

Pepa López

Málaga

El COAC da sus últimos coletazos. Dos sesiones finales, dos noches que pesan lo mismo que un febrero entero. Y en estas madrugadas en las que salimos del Teatro Cervantes pasada la una, con el eco de las coplas aún pegado al abrigo, la conversación es casi siempre la misma: los premios. Ya hay quien hace quinielas, quien reparte arlequines en redes sociales, quien sentencia ganadores antes incluso de que se cierre el telón. Los premios se colocan en el centro de todo. Porque, aunque el sentimiento sea puro y cantarle a Málaga sea el fin, el premio aparece como esa nube que flota sobre el concurso. No se va. No desaparece.

Hay quien los da en preliminares. Otros en agosto, sí, en agosto, antes incluso de escuchar una sola copla. Hay corrientes que no se atreven a pronunciar un nombre hasta haber oído a todas las agrupaciones. Y están los que premian con el corazón: ahí entran la familia, los amigos, las mareas de seguidores que, traigas lo que traigas, siempre te dicen lo mismo: el premio eres tú.

Y es que esto de los premios en el carnaval es diverso y, a veces, rocanrolero. Mientras unos se baten por un puesto en la Gran Final, para otros el gran premio es pisar las tablas del Cervantes. Porque no todos compiten por lo mismo ni persiguen el mismo sueño. Para algunos, el premio es todo lo que ocurre antes de que empiece el concurso: los ensayos, las reuniones, las quedadas para hacer forillo, las comidas de Navidad con los componentes y sus familias. Esos lazos que se crean sin hacer ruido, las charlas de madrugada sobre coplas de otras décadas y las moragas que sostienen lo verdaderamente importante.

Para otros el premio es simplemente haber llegado. Haber conseguido presentar una obra a concurso. Sacar adelante una idea, un tipo, una ilusión. Para algunos, el galardón está en convertir noches de desvelo en pasodobles y popurrís. Decirle a Málaga todo lo que llevan dentro con un altavoz que, a veces, traspasa fronteras.

Y están quienes, después de toda una vida en esta fiesta, descubren que su hijo o su hija siente lo mismo. Que se sube a las tablas. Que continúa el hilo. ¿Qué premio puede pesar más que ese?

Por eso conviene recordarlo ahora, cuando los nervios aprietan y los nombres empiezan a sonar con más fuerza que las coplas. Que los arlequines, dorados o de cobre, no dejan de ser metal y plástico. Que el verdadero premio del carnaval no se guarda en una vitrina.

El verdadero premio de carnaval se canta, se comparte y se queda. Tiene forma de familia, de amigos, de amor. Son los lazos inquebrantables que se crean en febrero y que ya no se rompen nunca. Porque febrero traerá febrero.

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