07 de marzo de 2012
07.03.2012
Punto y Aparte

"Los toreros de hoy no dejan huella y son otra historia"

"La muerte de Manolete la lloré más que la de mi padre", afirma Canito

07.03.2012 | 06:00
Canito.

A punto de cumplir cien años, la historia del toreo no sería la misma sin Canito. Ni existiría memoria visual de la muerte de Manolete, ni de una época que él pudo vivir desde dentro acompañando a los grandes: de Dominguín, a Hemingway, Orson Welles o Ava Gardner.

Camino de los cien años pero en plena actividad y repleto de vitalidad.
Ahora estoy todo el día de trofeos. Pero sí, estoy orgulloso. Aunque no he ganado mucho dinero he vivido muy bien, como un rico. Le hacía caso a Luis Miguel Dominguín. Tú con los ricos, me decía. He vivido rodeado de figuras del toreo, de ministros; he conocido a Flemming, Hemingway, Franco, Welles, Ava Gardner... Ha sido un orgullo.

¿Por qué se hizo fotógrafo?
Nací en Alicante. Mi padre tenía un balneario. Él había sido novillero. Yo enseñaba a nadar. Era mi profesión. Llegó la guerra y mi padre se fue al frente. Cuando entraron los columnistas venían a mi casa a comer, pero no les cobraba. Un día me fui al cuartel. Al llegar allí me amenazaron con fusilarme. Era un comisario político.

¿Qué hizo?
Le respondí que cuando saliera del cuartel le metería las nueves balas de mi pistola en el estómago. No se atrevió a salir. Me desplacé a Madrid. Nada más llegar me fui a casa de un amigo y en su boardilla estuve tres años escondido. Yo les oía cómo me buscaban por la casa. Me salvé porque no subieron. Allí descubrí las cámaras porque a mi amigo le gustaba mucho la fotografía. Como no tenía nada que hacer, comencé a aficionarme y a relacionarme con la cámara de fotografiar.

Pero usted lo que quería era ser torero.
Estaba deseando que acabara la guerra para dedicarme a los toros. Toree para la FAI, para los comunistas, hasta que un toro me cogió por los testículos.

¿Por qué no consiguió su sueño?
La Guerra me quitó tres años de mi vida. Toree hasta 1943. Después iba a los toros con una cámara para la que habíamos inventado un zoom con unos tubos. La gente se reía de aquel aparato. Comenzaron a ver mis fotos y los toreros preguntaba quién había hecho aquellas fotografías.

¿Por qué eran tan distintos entonces los toreros?
Porque eran hombres cuajaos y después de los toros nos íbamos de juerga con las gachís. Ahora es otra cosa. Hoy los toreros no dejan huella. Son otra historia. Antes daba gusto ir con ellos. Se atrevían con cosas que hoy nadie se atreve.

Durante años fue mano derecha de Dominguín. ¿Hay más leyenda o verdad?
Como torero, Dominguín era uno de los más grandes. Yo tuve la suerte de criarme con los Dominguín, con los Bienvenida.

¿Pero quién era el más admirable?
Sin duda, Manolete.

Dicen que era muy serio y muy noble.
Era una persona muy seria pero muy agradable. Era un cordobés con gracia y le gustaba estar con los amigos A él no le gustaban las marquesas, ni las duquesas. Le gustaba salir con el apoderado, con la cuadrilla.

¿Si no buscaba la fama a qué aspiraba?
A torear. Manolete se arrimaba igual en Chinchón que en Catarroja. Era un valiente.

¿Antes eran más valientes los toreros?
Sí. Eran todos muy buenos... Pepe Luis Vázquez, que se ha quedado ciego, Marín Vázquez...Eran todos muy grandes.

Usted fotografió la muerte de Manolete. Fue el único que lo logró y estuvo en la enfermería con él. Debió de ser muy duro todo aquello, un drama auténtico.
Sí. Yo había reñido con Dominguín porque tardaba mucho en pagarme. Cobraba dos pesetas por fotografía y diez mil por reportaje. Dominguín me dijo de irnos a Linares, hacer una turné por Andalucía y que después me pagaría

Y aceptó, claro, aunque le debía dinero.
Estábamos en el hotel y escuché a Manolete pegar gritos. Tenía problemas con la familia. Cuando se marcharon me acerqué a su habitación. Estaba nervioso. Me senté a su lado. Él estaba acostado. Comenzó a preguntarme por mi edad, por mis hijos. Se reía conmigo pese a la bronca que había tenido. Me preguntó cómo había sido yo como torero. Le respondí que muy malo porque me cogían siempre los toros. Me contestó que no era malo sino que me cogían porque me quedaba quieto. Le he llorado más que a mi padre.

Supongo que la situación cuando entró herido en la enfermería sería de mucha tensión.
Mucha. Había dos camas. Se cayó de la primera porque se hundió. Él estaba un poco consciente. Hasta se fumó medio cigarrillo. Movía la cabeza. Era una locura de gente. El mozo segundo me dio la ropa. Le hicieron una transfusión. Yo me quedé con la goma puesta para que me sacaran también sangre.

Algunos dicen que la sangre que trajeron fue la que acabó con su vida.
No. Era un hombre muy débil, muy delicado. Cuando le hicieron la transfusión dijo: «No veo, no veo». Ahí se quedó. Le hice la foto con el pañuelo cerrándole la boca. La sangre había traspasado el colchón y por el ruido, al golpear en el suelo, parecía que llovía.

¿Recuerda cuánto le pagaron por aquella fotografía?
La prensa del Movimiento me robó. Querían pagar la foto como otra cualquiera.

¿Guardará los negativos como oro en paño?
Lo tengo bien guardado. De eso voy viviendo. Mire [enseña una fotografía] esta foto le costó a José Tomás quinientas mil pesetas. Y eso que reñí con él.

¿Con el maestro, con lo callado que es?
Pues sí, porque un día me preguntó por qué iba yo diciendo por ahí que a Manolete le había matado un error. Le contesté que él mataba toros afeitaos y yo los había matado con cien kilos más y sin afeitar.

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