11 de abril de 2012
11.04.2012
Punto y Aparte | José María Merino

"Hay quien piensa todavía que se puede modificar el lenguaje por decreto"

"Lo que más guerra nos está dando ahora a los académicos es el mundo informático", asegura

11.04.2012 | 07:00
José María Merino

Acaba de resucitar junto a Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez el género del filandón. Desde su sillón de la Real Academia de la Lengua reivindica la entrada en el Diccionario de nuevas palabras en uso como «distopía» o «metaficción».

El filandón, un género popular de narrativa oral, que han resucitado tres escritores leoneses –Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino– en forma de microrrelatos ha llegado a tierras germanas. Traducido primero al inglés, el libro que los recoge aparece en el idioma de E. T. A. Hoffmann y los autores, cual tres mosqueteros, han ido a presentar Palabras en la nieve. Un filandón a Berlín y otras ciudades alemanas.

¿Qué es exactamente el filandón, señor Merino?
Es una palabra que se deriva del latín, filum (hilo). Se llamaba así a la costumbre invernal que tenían las mujeres y los hombres de contar cuentos en las largas noches de invierno, cuando la nieve cubría totalmente los pueblos y mientras ellas hilaban y ellos se dedicaban a otras tareas como la de reparar sus utensilios.

Todas sus actuaciones en ciudades españolas y festivales de literatura como el de Hay, la feria de Cartagena de Indias o de Guadalajara (México), en Cuba, el Bronx neoyorquino, Belgrado, y en los institutos Cervantes de distintas ciudades han sido un éxito. La gente ha llenado las salas para escucharles.
Sí, a veces, cuando la gente se acercaba a nosotros, nos sentíamos como los Tres Tenores. Aunque hay que explicar que los nuestros no son cuentos populares, y lo que hacemos se parece más a las veladas literarias ilustradas. Lo cierto es que a la gente le gustan los textos breves que pueden ser fantásticos, sentimentales, de terror, filosóficos. Y en el minuto y medio que dura su lectura se encuentra una historia completa.

Además de narrador, es académico de la Lengua. ¿Qué le parece la actual polémica sobre el supuesto sexismo del lenguaje?
Hay gente que piensa todavía que se puede modificar el lenguaje por decreto. Es como creer que si se elimina del lenguaje la palabra enfermedad o infortunio, ambos van a dejar de existir. Yo a veces comparo a la Academia con el Icona, es una institución dedicada a la conservación del lenguaje. Lo políticamente correcto me parece absurdo. Todo se debe a la confusión entre género y sexo. Es como lo de miembros y miembras. Las piernas son miembros aunque del género femenino. En francés los ríos son del género femenino y en alemán ocurre lo mismo con el sol.

Mientras que la luna en alemán es masculino.
Y ¿qué ocurre entonces con ardillas y truchas y jirafas, donde el género está marcado por el femenino? Hay en todo ello falta de formación cuando no mala fe. La sociedad crea las palabras. Y es cierto que una sociedad menos machista irá matizando y nosotros, la Academia, iremos recogiendo esas afinaciones.

¿Qué ocurre con las palabras que van cayendo en desuso?
El Diccionario de la Real Academia va ya por su vigesimotercera edición y las palabras que llevan tiempo que han dejado de usarse no se esfuman sino que pasan al diccionario histórico. Es durísimo quitarse una de encima. Desde que yo ingresé en la Academia, en 2008, por ejemplo, no se ha eliminado ninguna. Tenemos por ejemplo una palabra como «acercanza» (lo contrario de lontananza), que no se empleaba desde principios del XIX y varios académicos como Mingote, Javier Marías o Pérez Reverte dijeron que no podía desaparecer. Así que todos nos comprometimos a utilizarla en nuestros escritos.

¿Y cómo aborda la Academia el tema de los neologismos?
Algunos proponemos que se recojan en el Diccionario las palabras nuevas, que llevan ya tiempo en uso. Yo mismo he propuesto algunas como distopía, o sea el futuro donde no se cumple la felicidad, o metaficción, que todavía no está, aunque sí figura metaliteratura. Lo que más guerra nos está dando es el mundo informático. Ahora estamos discutiendo la palabra tableta para los iPad. No está tampoco Twitter. Las nuevas tecnologías suelen ir muy deprisa y muchas de esas palabras son efímeras. Hay que dejar que se posen para incorporarlas.

El que se traduzca ahora su libro al alemán no deja de ser un éxito porque, si se exceptúa a un puñado de autores, es muy poca la literatura española actual que se vierte a otras lenguas a diferencia de lo que hacemos aquí, que traducimos como locos lo que se publica en inglés y otros idiomas.
Sí, es como poner una pica en Flandes. Hay una desproporción evidente. Baste decir que Harold Bloom, el gran gurú de la crítica literaria, dedica un solo párrafo a Cervantes. Yo, que estoy al tanto del cuento literario puedo decir que en España éste alcanza una altísima calidad. Hay una cierta colonización y somos de alguna manera un país periférico.

Dice usted que ocurre lo mismo en Latinoamérica.
Somos grandes consumidores y lectores de literatura latinoamericana, pero allí apenas nos leen. Aunque lo mismo ocurre, me parece, entre los propios países latinoamericanos. En la Academia tenemos suerte porque está la Asociación de Academias de la Lengua Española y mantenemos una estupenda relación. Pero no es algo que ocurra sólo en la literatura sino también en las artes plásticas, en las que España ha sido siempre una gran potencia sin que hayamos conseguido penetrar últimamente como deberíamos. No jaleamos a nuestros artistas. Preferimos aplaudir al foráneo.

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