04 de junio de 2012
04.06.2012
Opinión

Verdades y mentiras de una efervescencia muy corta

La proliferación de creadores locales y espacios alternativos va camino de ser un sueño con final pesadillesco: muchos jóvenes artistas de la ciudad ya no creen en las promesas eternas del arte

04.06.2012 | 07:00
Un espectáculo en La Noche en Blanco.

Mientras dibujantes, periodistas, gestores culturales y creadores comentábamos la jugada el otro día tras ver a Las Flores No Lloran y su Synth-Ecstesy en el Teatro Echegaray, nos presentaron a una chica de Badalona que había venido a pasar unos días malagueños. Tras las introducciones de cada uno, la visitante exclamó espontánea: «¡Aquí sois todos artistas!».

El comentario me dio qué pensar, hizo que repasara mentalmente la evolución cultural de nuestra ciudad en los últimos diez años; comparado con el páramo de finales de los 90, donde el relevo generacional parecía imposible y los mismos nombres establecidos se repetían ad nauseam, a una actual efervescencia de promesas y talentos por confirmar. Pero esa explosión, con muchas verdades pero también bastantes mentiras, podría tener sus días contados. Es sólo una impresión mía, que conste. Pocas jornadas después de que cerrara La Cripta, uno de los espacios culturales alternativos en los que se había depositado una notable confianza, me cuentan que una pujante creadora de la ciudad las está pasando canutas –serias dificultades económicas: dejémoslo ahí– y que otra está pensando seriamente en exiliarse de Málaga. Son dos casos, pero habrá muchos más; dos ejemplos de que el arte no puede vivir de la promesa eterna.

La lucha por la Capitalidad Cultural, la instauración de expresiones como turismo cultural, industrias culturales o cultura como motor económico y, claro, la crisis favoreció la salida del underground extremo y del desconocimiento público de muchos pintores, compañías de teatro y creadores de todo tipo que operaban hasta entonces casi secretamente en nuestra ciudad. Las instituciones vieron la luz: les contratarían por poco dinero, si es que había euros en los tratos, se ahorrarían los cachés de nombres más rutilantes y, de paso, venderían la historia como una iniciativa para la promoción del arte local.

A los creadores –recordemos: gente joven, en su mayoría, ilusionados por un futuro que quizás comenzaba entonces a caminar– les daba más o menos igual: al fin tenían oportunidades. Paralelamente, brotaban como setas salas de música privadas y espacios culturales autogestionados: aparte de poder entrar, por fin, en el circuito de giras nacionales e internacionales de mediana importancia, las bandas y creadores de aquí tenían múltiples escaparates en los que foguearse y mostrar su evolución. Pero el público seguía siendo el mismo, los mismos. Y así hemos llegado a la burbuja cultural de Málaga, una ciudad donde ya hay más oferta que demanda de cultura.

Tantas iniciativas de supuesto apoyo a la cultura local escondían, además, una letra pequeña inmisericorde: salas que contratan a grupos sólo si éstos se comprometen a vender cierta cantidad de entradas (que venden ellos mismos, puerta por puerta, como si fueran escolares en busca de sufragar su viaje de fin de curso), bares que consienten exponer a un artista si ése trae a cierta cantidad de amigos (clientes) el día de la inauguración, creadores que aportan su talento a cambio siempre de nada (ni siquiera hablamos de dinero, sino, al menos, de una contraprestación, la que sea)... Si cualquiera de estos artistas protesta la discusión suele terminar con frases como: «Si tú no eres nadie, ¿qué te crees?», «Si esto es tu hobby», o, también, «Con lo que aquí estamos haciendo por la cultura de Málaga vienes tú a dar por saco».

Ojo, la actitud de los creadores no siempre ha sido la mejor. Por ejemplo, los que tienen ingresos fijos por sus profesiones y mucho mono por el arte han terminado abaratando el caché (estamos hablando de cifras bastante ridículas como para usar tal expresión) de los que buscan abrirse un camino más profesional en la creación. Persisten grupos culturales que aúpan a sus miembros y cierran las puertas a los ajenos al club, el proverbial aquí en Málaga «para qué sacar la cabeza si hay 20 dispuestos a zurrármela» –lo que suelo comparar con la actitud de los despectivos protagonistas de I vitelloni, de Federico Fellini–; desde siempre, ha habido y hay muchas zancadillas y recelos en la comunidad cultural, que han acabado con algunos recientes intentos de asociacionismo. Y ha faltado y falta autocrítica y autoexigencia en muchos talentos malagueños: no, no todos van a poder vivir de lo que crean porque no, no todos son buenos ni tienen ese algo que llame poderosamente la atención. La promesa eterna del arte tendrá algún día que dar paso a la selección natural.

Algunos de los artistas que han sufrido este panorama han dicho «basta»; otros lo harán pronto, cansados de batallar contra tantos –antes luchaban contra el ninguneo; ahora, me dicen, contra el «mamoneo»– y hastiados de que se les venda la historia del altruismo cuando todo el mundo –el barman, el seguridad, el iluminador– sí cobra lo suyo. Quedarán los supervivientes de siempre, los que estaban antes de esta efervescencia tan corta y que estarán después. Y también seguirán los cincuenta espectadores de siempre en los espectáculos locales, entre amigos, conocidos y acreditados, porque no, no ha habido un relevo efervescente en la demanda de cultura: los malagueños prefieren gastarse quince euros en a ver qué tal el nuevo bar de tapitas que cinco o diez en investigar qué arte se hace aquí, qué arte hacen sus vecinos. Y eso es poca, muy poca base para tanta pirámide.

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