Pareja de letras
Zenobia, la gran pasión del poeta de Moguer
Recordamos a la mujer que le llevó la paz y el amor a un hombre como Juan Ramón Jiménez
María Jesús Pérez Ortiz
Durante su estancia en Madrid y tras continuos cambios de domicilio, Juan Ramón Jiménez logró vivir en una casa cómoda, pero con el inconveniente de tener unos vecinos tan ruidosos que cuando recibían visitas se reían formando tal estrépito que se veía obligado a tocar en la pared para que se callaran. Pero en medio de tanta algazara el poeta oía una risa tan agradable de mujer, que se propuso averiguar a quién pertenecía; se trataba de la hija de Raimundo Camprubí, ingeniero jefe de Huelva estacionado en La Rábida.
Zenobia Camprubí, la Americanita como la llamaban en Madrid, era una mujer rubia, de ojos azules con un aire gracioso y desenfadado. Cuando la vio el poeta quedó fascinado. En la Residencia de Estudiantes le presentaron a Zenobia en el transcurso de una conferencia, que pronunciaba Cossío. Como hacía meses que Juan Ramón se había fijado en ella, allí mismo se le declaró, a su manera: «Ya ve usted lo que me ha pasado a mí ahora; usted decidirá». A partir de ahí aprovechó la oportunidad para escribirle a Zenobia unos romances que ella contestó, pues también conocía las coplas populares que había aprendido durante su estancia en Andalucía. Sin embargo, a doña Isabel Aymar de Camprubí, madre de Zenobia, parecía inquietarle la amistad que su hija iniciaba con el poeta.
Zenobia, nacida en Malgrat (Cataluña ) el 31 de agosto de 1887, había heredado la sangre extranjera de su madre, hija de un norteamericano y de una puertorriqueña. El padre de Zenobia, español por los cuatro costados, aspiraba a que sus hijos estudiaran en España; sin embargo, su madre deseaba que lo hicieran en EEUU. La obstinación de doña Isabel le permitió llevar a cabo sus planes, y Zenobia cursó sus estudios en el Teacher´s College de la Universidad de Columbia (Nueva York).
A instancias de su madre, Zenobia dejó de asistir a las conferencias que se venían celebrando en la Residencia de Estudiantes madrileña. Juan Ramón se consolaba de su ausencia sentado en un banco del Paseo de la Castellana, situado enfrente de la residencia de los Camprubí, con la esperanza de ver aunque sólo fuera la silueta de Zenobia a través de alguna ventana. La oposición de doña Isabel constituyó un obstáculo que Juan Ramón se propuso vencer, prometiéndole a la madre que sólo procuraría la amistad desinteresada de su hija, a la que trataría como a una hermana. Pero el poeta necesitaba de la presencia palpable de la mujer que amaba con verdadera pasión: verla, hablarle, oírla, olerla. Zenobia no le negó su amistad, con su positiva actitud ante la vida se propuso sacar a Juan Ramón de su habitual tristeza y en su empeño acabó por enamorarse de él.
El poeta, que jamás la hubiera conquistado con sus versos, lo hizo con la prosa de sus cartas. Zenobia empezó a llamarle «Hermano Luna:(tico)» y se firmaba «su hermana La Risa», «su hermana-amiga la alegría del mediodía». Con un fino sentido del humor y una forma levemente burlona Zenobia correspondía a los excesos de apasionamiento del poeta: «Cuando me vuelva a escribir, oh, excelso! Hágame el favor de abandonar el estilo inefable...».
En las cartas de Juan Ramón a Zenobia están todos los matices de la emoción, de su amoroso apasionamiento: «Escríbeme, dame luz y veme sosteniendo hermana risa, ángel de la guarda, tanagra catalana, hermana, madre, hija, pájaro, maravilla de mi vida».
En 1914, al marcharse de veraneo, Zenobia le dejó a Juan Ramón dos pruebas de cariño: un retrato y un vestidito de cuando era niña. Antes de su partida, algo en su mirada le indicó al poeta que su amor era correspondido.
Doña Isabel empezó a tratarlo con cariño, aunque sin admitir que fuera novio de su hija. Pero fue tanto su empeño, que al fin Zenobia le prometió ser su mujer, en el verano de 1915. Ese año fue decisivo para ambos, pues además del cariño que se profesaban, eran conscientes de las satisfacciones intelectuales que se derivarían de su futura unión. Las traducciones de Tagore fueron obra de Zenobia, pues Juan Ramón no conocía el inglés lo suficiente, pero al corregir la versión de ésta le daría a la traducción su propia expresión, con lo que le devolvería el lirismo del original.
Eufórico, pensando en el futuro, Juan Ramón hacía planes para su matrimonio, su labor editorial en la Residencia de Estudiantes le abría caminos impensados y por primera vez en su vida consideró la posibilidad y la necesidad de trabajar a sueldo. Se había olvidado de sus enfermedades y de su temor a la muerte. En una carta de 1915 le decía a Zenobia: «Es preciso que nos casemos pronto(...). La mañana que yo amanezca a tu lado, ¡qué nuevo va a parecerme el mundo!».
Aunque a Zenobia le inquietaba el carácter de Juan Ramón y conocía sus depresiones nerviosas, quería profundamente al poeta, aunque no tan apasionadamente, pues la razón determinaba todas sus acciones y lo que anhelaba era comprensión, franqueza, honradez y valentía al declarar las opiniones.
Al fin llegó para el poeta el momento tan deseado y con el mismo esmero que una novia prepara su ajuar, Juan Ramón preparó el suyo para el viaje a los Estados Unidos a casarse con Zenobia. Llenó un baúl y tres maletas, una sombrerera y una cuellera.
Llegó a Nueva York el sábado 12 de febrero de 1916, aniversario del nacimiento de Abraham Lincoln. La familia norteamericana de Zenobia acogió al poeta con cortesía, y doña Isabel conmovida al fin por la constancia del pretendiente de su hija, consintió en la boda.
La ceremonia, íntima y sencilla, tuvo lugar el 2 de mayo en la iglesia católica de St. Stephen, Nueva York , en presencia de la madre de Zenobia y de los tres hermanos: José, Raimundo y Epi (Augusto).
Desde ese momento se van a suceder los versos de amor dedicados a esa mujer distinta, única, que apareció al fin en su camino para tornar sus ansias y desvelos en amorosa eternidad: «Me he convertido a tu cariño puro/ como un ateo a Dios. /¿Lo otro, qué vale?/como un pasado oscuro y andrajoso/ puede todo borrarse...». O como en este otro poema donde se desgranan los sentimientos del amor consumado: «Ahora que estás dormida/ puedo, solo, adorarte, / sin serme con tu parte, /mi fe correspondida. // ¡Qué bien, dar uno, entero/ su afán, sin recompensa! / Ésta es la vida inmensa, / el amor verdadero!».
*María Jesús Pérez Ortiz es filóloga, catedrática y escritora
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